—Los vecinos de Villaseca—observó el herrero—saben portarse como gente seria. Vergüenza les daría abrigar sospecha alguna contra un caballero tan cortés y bien hablado.

Pero yo sabía que su negativa no significaba nada, por ser tan sólo una parte del ceremonial de su urbanidad; presenté por segunda vez el pasaporte y lo tomaron con avidez; en un momento, todos los presentes clavaron en él los ojos con intensa curiosidad. Lo examinaron de arriba abajo, lo volvieron y revolvieron, y aunque no es probable que ninguno de los presentes entendiese palabra de él, por estar escrito en francés, produjo, sin embargo, universal contento; cuando el alcalde, doblándolo con cuidado, me lo devolvió, todos observaron que no habían visto en su vida otro pasaporte mejor, o que hablase de su portador en términos más elogiosos.

¿Quién ha escrito que «La mofa de Cervantes ahuyentó de España el heroísmo»? No lo sé[14]; el autor de esa línea apenas merece recordación. La tentación de emborronar papel es tan violenta en nuestros días, que muchos se ponen a escribir de pueblos y países de los que no saben nada, o menos que nada. ¡Vaya! El haber visto una corrida de toros en Madrid o en Sevilla, o gastado un puñado de onzas en una posada en cualquiera de esos dos puntos, regida acaso por un genovés o un francés, no da competencia para escribir acerca de una gente como los españoles, ni para decir al mundo cómo piensan, cómo hablan y cómo proceden. ¡Ahuyentar con burlas el espíritu caballeresco de España! Cuando todas las probabilidades son de que la gran masa de la nación española habla, piensa y vive exactamente como sus antepasados hace seis siglos.

Por la tarde, el herrero, o como le llamaban en el pueblo, El Herrador, se presentó a caballo ante la puerta de López.

Vamos, don Jorge—exclamó—. Venga conmigo si su merced está dispuesto a montar. Voy a bañar el caballo en el Tajo, por el puente de Azeca.

Al instante ensillé mi jaca cordobesa, y juntos salimos del pueblo, dirigiéndonos a través de la llanura hacia el río.

—¿Ha visto usted alguna vez un caballo como el mío, don Jorge?—preguntó—. ¿Verdad que es una alhaja?

El caballo era, en efecto, un animal de gran estampa, garboso, de diez y seis palmas de alzada cuando menos, ancho de pechos, pero muy fino y limpio de remos. Engallaba soberbiamente el cuello y erguía la cabeza como un cisne. De pelo alazán claro, tenía las crines y la cola casi negros. Al expresarle mi admiración, el herrador se animó, y apretando con las rodillas los flancos del caballo y soltándole las riendas, se lanzó por el campo en prodigiosa carrera, al mismo tiempo que profería el antiguo grito español: ¡Cierra! En vano quise competir con él.

—Le llamo «flor de España»—dijo el herrador al reunirse conmigo—. Cómprelo usted, don Jorge, lo doy en tres mil reales. No lo vendería ni por el doble; pero los ladrones carlistas le han echado el ojo y temo que el día menos pensado crucen el río y se metan en Villaseca para apoderarse de mi caballo, la «flor de España».

No estará de más hacer notar aquí que, pasado un mes, mi amigo el herrador, no pudiendo hallar un buen comprador para su corcel, entró en tratos con los susodichos bandoleros, y acabó vendiéndoselo a su cabecilla, no por los tres mil reales que pedía, sino a cambio de una punta de ganado, robada probablemente en las llanuras manchegas. Por ese trato, caso de alta traición, ni más ni menos, le metieron en la cárcel de Toledo; pero no debió de estar allí mucho tiempo, porque en una breve visita que hice a Villaseca en la primavera del siguiente año me lo encontré de alcalde de aquella «república».