Llegamos al puente de Azeca, situado como a media legua de Villaseca; junto a él hay un gran molino, sobre una presa que corta el río. Apeándose del corcel, el herrador le quitó la silla, le hizo entrar en la represa y lo llevó, guiándolo con una cuerda, a un sitio dado, donde el agua le llegaba a la mitad del cuello; una vez allí, ató la cuerda a un poste hincado en la orilla y dejó al caballo metido en el río. Me pareció lo mejor seguir su ejemplo: pedí una cuerda en el molino, y metí mi caballo en el agua.

—Esto les refresca la sangre, don Jorge—dijo el herrador—. Que se estén así una hora; mientras, iremos por ahí nosotros a entretenernos.

Cerca del puente, en la orilla donde estábamos nosotros, había una especie de cuerpo de guardia, y en él tres carabineros que cobraban el pontazgo. Trabamos conversación con ellos.

—Este puesto, tan inmediato al campo faccioso—dije a uno de los carabineros, que resultó ser catalán—será muy peligroso. Con seguridad que a una partida de carlinos o de bandoleros no le costaría gran trabajo atravesar el puente y hacerles prisioneros a todos ustedes.

—Eso puede ocurrir en cualquier momento, caballero—contestó el catalán—. Pero todos estamos en manos de Dios, y hasta ahora nos ha protegido, y quizás siga protegiéndonos. Es verdad que el otro día, un compañero nuestro de los cuatro que estábamos aquí cayó en manos de la canaille. Se le ocurrió ir a la otra orilla con el fusil, a ver si mataba algo en el soto, y de pronto, tres o cuatro facciosos cayeron sobre él y le dieron una muerte horrible. ¡Hay que tener paciencia! Todos hemos de morir. Puede ser que mañana me degüellen esos malvados, pero eso no me quitará el sueño esta noche. Caballero, yo soy de Barcelona, y allí he visto a los marinos de su nación; esta tierra no es tan buena como Barcelona. ¡Paciencia! Caballero, si desea un vaso de agua, entre en nuestra casa. Tenemos agua fresca, porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el suelo; está fría, como le digo; pero el agua de Castilla no es como la de Cataluña.

La luna había salido cuando tomamos los caballos para volver al pueblo; los rayos del bello luminar rebrillaban alegremente en las impetuosas aguas del Tajo, plateaban la planicie por donde íbamos, y bañaban en ondas de claridad las escarpadas vertientes del cerro calcáreo de Villaluenga y las ruinas antiguas que coronan su cumbre.

—¿Por qué llaman a ese sitio el Castillo de Villaluenga?—pregunté.

—Porque al otro lado del cerro hay un pueblo de ese nombre, Don Jorge—respondió el herrador—. Ese castillo es un lugar muy raro, ¡vaya! Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, a Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizás lo haya, Don Jorge.

La magna obra de difundir la Escritura comenzó sin dilación en La Sagra. A pesar del sofocante calor, recorrí a caballo todos aquellos contornos. No fué corta fortuna que el calor me siente bien; en otro caso no hubiera podido hacer nada en aquella estación, pues con frecuencia hasta los arrieros se caían de las mulas muertos de insolación. Antonio me prestó excelente ayuda; despreciaba como yo el calor, y sin temor a nada visitó varios pueblos con éxito notable. «Mon maître—decía—tengo empeño en demostrarle que sirvo para todo.» Pero quien nos hizo avergonzarnos de nuestros trabajos fué mi huésped, Juan López, a quien el Señor quiso inclinar a favor de la causa. «Don Jorge—dijo—, yo quiero engancharme con usted; soy liberal, enemigo de la superstición; voy a echarme al campo, y, si es preciso, le seguiré a usted al fin del mundo. ¡Viva Inglaterra, viva el Evangelio!» Así diciendo, puso un buen fardo de Testamentos en las aguaderas, cargó con ellas a su rucia y gritó: ¡Arre, burra!, y se fué a más andar. Yo me senté a escribir mi diario.

Antes de concluir mi tarea oí a la burra roznar en el corral; suspendí la escritura, fuí allá y hallé de vuelta a mi huésped. Había vendido toda la carga, veinte Testamentos, en el pueblo de Bargas, distante una legua de Villaseca. Ocho pobres agosteros, que se refrigeraban a la puerta de una taberna, compraron sendos ejemplares, y el maestro de escuela adquirió los restantes para los pequeñuelos que tenía a su cuidado, lamentándose al propio tiempo de la dificultad con que tropezaba para adquirir libros religiosos, a causa de su rareza y de su exorbitante precio. Muchas otras personas deseaban también comprar Testamentos, pero López no pudo suministrárselos; al marcharse le rogaron que no tardara en volver.