Bien sabía yo que estaba jugando una partida muy arriesgada, y que, cuando menos lo pensase, podía verme preso, atado a la cola de una mula y arrastrado a la cárcel de Toledo o de Madrid. Tal perspectiva no me desanimaba lo más mínimo; antes bien, me incitaba a perseverar; puedo decir, sin la más leve intención de engrandecerme, que en aquella época ansiaba ofrecer mi vida en aras de la causa, y no me hubiera importado que la bala de un forajido o una fiebre carcelaria pusiesen fin a mi carrera. Nada me amedrentaba. Mi lema era: «camina con la palabra de la verdad».
La noticia de la llegada del libro de vida corrió por los pueblos de La Sagra de Toledo como una chispa en un reguero de pólvora, y dondequiera que mi gente o yo encaminábamos nuestros pasos, hallábamos a los habitantes dispuestos a recibir nuestra mercancía, y donde no la mostrábamos, nos la pedían. Una noche, según estaba bañándome y bañando el caballo en el Tajo, se reunió un grupo de gente en la orilla y gritó: «Sal del agua, inglés, y danos libros; traemos el dinero en la mano». La pobre gente extendía hacia mí las manos, llenas de cuartos; pero, desgraciadamente, no tenía allí Testamentos que darles. Sin embargo, Antonio, que no andaba lejos, les enseñó uno, y al instante se lo arrancaron de las manos; luego tuvieron los rústicos un altercado, disputándose la posesión del libro. Era cosa frecuente que los pobres labriegos de aquellos contornos, con deseos de adquirir Testamentos, pero sin dinero para comprarlos, nos llevasen a casa, para cambiarlos por libros, varios artículos de valor equivalente; por ejemplo, conejos, fruta y cebada; y yo tenía por regla no desairarlos nunca, ya que nos llevaban cosas útiles para nuestro consumo personal o para el de los caballos.
En Villaseca había una escuela donde aprendían las primeras letras cincuenta y siete niños. Una mañana, el maestro, alto de cuerpo y flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con un puntiagudo sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso, en una larga capa, se presentó en mi casa, y después de tomar asiento, me pidió que le enseñara uno de nuestros libros. Le entregué un ejemplar y estuvo examinándolo casi una hora sin proferir palabra. Al cabo lo dejó, dando un suspiro, y dijo que le contentaría mucho comprar algunos ejemplares para su escuela, pero que su aspecto, sobre todo la calidad del papel y la encuadernación, le hacían temer que estuviesen fuera del alcance de los medios de los padres de sus alumnos, casi desprovistos de dinero, por ser labradores pobres. Entonces comenzó a censurar al Gobierno, que, decía, instalaba escuelas sin proveerlas de los libros necesarios; añadió que en su escuela sólo había dos libros para uso de todos sus alumnos, y ésos contenían poco bueno. Le pregunté cuánto podría pedirse, en su opinión, por los Testamentos. «Hablando con franqueza—dijo—, señor caballero, he pagado otras veces doce reales por libros muy inferiores al de usted; pero le aseguro que mis pobres alumnos no pueden, en modo alguno, pagar ni la mitad de ese precio.» «Pues yo le vendo a usted—repuse—todos los que quiera a tres reales cada uno. Ya sé que el país es pobre, y ni mis amigos ni yo, al procurar al pueblo medios de instrucción espiritual, queremos disminuir su ya escaso pan.» «¡Bendito sea Dios!»—replicó, y apenas podía dar crédito a sus oídos. Al instante compró doce ejemplares, gastando en eso, según me dijo, todo el dinero que poseía, excepto unos pocos cuartos. La introducción de la palabra de Dios en las escuelas rurales de España estaba empezada, y humildemente espero que, con el tiempo, será ese uno de los sucesos que la Sociedad Bíblica podrá con más razón recordar con júbilo y con acciones de gracias al Todopoderoso.
Un labriego viejo está leyendo en el portal. Ochenta y cuatro años han pasado sobre su cabeza, y está casi enteramente sordo; no obstante, lee en alta voz el segundo capítulo de Mateo: tres días antes encargó un Testamento, pero como no disponía del dinero no lo ha pagado hasta este momento. Acaba de traerme treinta cuartos. Al contemplar los cabellos plateados que coronan su semblante quemado por el sol, vienen a mi memoria las palabras del cántico de Simeón: «Ahora, Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa, porque mis ojos han visto tu salvación».
Durante mi estancia en Villaseca recibí de los buenos vecinos del pueblo muchas pruebas de sencilla hospitalidad y honesta fineza. De tal modo conquisté sus corazones por la «formalidad» de mi conducta y de mis palabras, que tengo la firme creencia de que me hubieran defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirme a prisión o de molestarme de cualquier otro modo. Quien desee conocer al español genuino no debe buscarlo en los puertos ni en las grandes ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados, como los de La Sagra. Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca disposición del ánimo que se dan como destruídas por la sátira de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías.
Un enemigo tenía yo en el pueblo: el cura.
—Ese individuo es un hereje y un pícaro—dijo un día en la tertulia—. Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a lo menos echarle del pueblo.
—No haré nada de eso—dijo el alcalde, que pasaba por carlista—. Si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy fino con mi hija y le ha regalado un libro. ¡Que viva! Y si es o no luterano, yo tengo oído que entre los luteranos hay hijos de tan buenos padres como aquí. Me parece todo un caballero. Habla muy bien.
—Eso no puede negarse—dijo el barbero.
—¿Hay quien hable «tan» bien como él?—exclamó el herrador—. ¿Ni quien tenga más formalidad? ¡Vaya! Es un hombre que aprecia el mérito de mi caballo, la flor de España, y me ha dicho que no lo hay mejor en Inglaterra. Un hombre, además, que si tuviera que quedarse en España, me asegura que compraría mi caballo, y me daría por él lo que le pidiese. ¡Echar a un hombre así! Un hombre de mi sangre, rubio como yo. ¿Quién se atrevería a echarlo de aquí, si yo, el tuerto, me opongo?