Voy a contar una anécdota, relacionada con la circulación de las Escrituras, que no deja de ser rara.

Ya he hablado del molino del puente de Azeca. Trabé amistad con el arrendatario, conocido en el país por don Antero. Un día me llevó aparte, y con gran asombro mío me preguntó si no querría venderle un millar de Testamentos, al mismo precio que los daba a los lugareños, mostrándose dispuesto a pagarlos al contado. Al decir esto, hundió una mano en un bolsillo y extrajo un puñado de onzas. Le pregunté qué motivo le impulsaba a una compra tan importante; dijo que tenía un pariente en Toledo, y, deseando establecerlo, le había parecido lo mejor alquilarle una tienda en la ciudad y que se dedicase a vender Testamentos. Le contesté que no debía pensar en cosa semejante, porque lo más probable era que secuestraran los libros al pretender introducirlos en Toledo, dado lo muy opuestos que eran los curas y canónigos a su difusión.

El hombre no se arredró. Díjome que su pariente podía viajar, lo mismo que yo, y vender libros a los campesinos, con alguna ganancia. Confieso que al principio estuve inclinado a aceptar su ofrecimiento, pero al cabo rehusé, porque no quería exponer a un buen hombre al riesgo de perder dinero y bienes, y acaso la libertad y la vida. También era yo opuesto a vender los libros a precio más elevado, sabiendo que los campesinos no podían pagarlo, y que en tal caso perderían los libros mucha parte de la influencia de que gozaban; su baratura producía impresión en el ánimo del pueblo, y casi la tenían allí por milagrosa, como los judíos al maná que cayó del cielo cuando perecían de hambre, o a la fuente que brotó súbitamente de la dura roca para saciar su sed en el desierto.

Durante todo este tiempo, un labriego iba y venía continuamente entre Villaseca y Madrid, llevando cargas de Testamentos en un borrico. Proseguimos nuestros trabajos hasta que la mayor parte de los pueblos de La Sagra estuvieron provistos de libros, sobre todo, Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler. Supimos, por último, que nuestras andanzas eran conocidas en Toledo, donde producían gran alarma, y regresamos a Madrid.


CAPÍTULO XLIV

Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en la cárcel. — Liberación de López.

El buen éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo me incitó prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné encaminarme a La Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos de aquella provincia. López, que ya había prestado tan importantes servicios en La Sagra, nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte en la nueva expedición. Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde esperaba obtener algunas noticias útiles para regular nuestros movimientos ulteriores; Aranjuez está a corta distancia de la raya de La Mancha, y lo cruza la carretera que lleva a esa provincia. Partimos, pues, de Madrid, y en cada pueblo del camino vendimos de treinta a cuarenta Testamentos, hasta llegar a Aranjuez, adonde habíamos enviado por delante un buen repuesto de libros.

Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió, en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de señoras guapas y de toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias: «Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de las guitarras en sus arboledas y jardines.

Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo no dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más bien se mofaban de ella y la ridiculizaban.