Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber: la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer en alta voz el Nuevo Testamento.
Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor. Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas.
Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana, habíamos enviado por delante a López con doscientos o trescientos Testamentos. Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a través de agrestes cerros, y por terreno quebrado y pendiente.
Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa de ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un hombre se destacó del hueco de la puerta.
Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante del caballo, cerrando el camino, y dijo: Schophon, que en hebreo significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme. Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido un lazo. El corregidor de Toledo, en quien toda maldad tiene cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al rostro, ha ordenado a los alcaldes, escribanos y corchetes de estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren, y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A su criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo, cuando iba vendiendo libros por la calle, y ahora le esperan a usted en la posada; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el alcalde le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo.
No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que, secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares. Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda, tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero llevaban sendas escopetas. Eran rateros, o salteadores de caminos. Hicimos alto y gritamos:
—¿Quién va?
—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante.
Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera imposible errar.
Gritamos de nuevo: