—Si no pasáis ahora mismo a la derecha del camino, os pateamos con los cascos de los caballos.
Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son cobardes y a la menor señal de energía se someten.
Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota obscena:
—¿Tiramos?
Pero otro dijo:
—¡No, no! ¡Hay peligro!
Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana siguiente temprano, y nos volvimos a Madrid.
Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo, vendió veintisiete en menos de diez minutos.
A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones al otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen, y será difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás el enemigo duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mucha buena simiente en los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a Castilla la Vieja.» Por consiguiente, el día después de mi regreso despaché varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía visitar, y envié por delante a López, con su burra bien cargada, y orden de esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco del acueducto de Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas personas quisieran cooperar en la distribución de las Escrituras y pareciesen útiles para el caso. Imposible hallar un colaborador más valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro lado de la sierra, y me aseguró que en sus casas nos recibirían siempre muy bien. Partió con grandes bríos, exclamando:
—Tenga buen ánimo, don Jorge; antes de que volvamos habremos vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo los frailes! ¡Abajo la superstición! ¡Viva Inglaterra! ¡Viva el Evangelio!