A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Acababa de ponerse el sol cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un espeso y sombrío pinar que cubre enteramente las montañas por la parte de Castilla la Vieja. La bajada no tardó en hacerse tan rápida y pendiente, que de buen grado nos apeamos de los caballos y los obligamos a ir delante. Cada vez nos hundíamos más en el bosque; los pájaros nocturnos empezaron a graznar, y millones de grillos dejaban oír su penetrante chirrido encima, debajo y alrededor nuestro. A veces percibíamos a cierta distancia, entre los árboles, unas llamaradas como de inmensas hogueras.
—Son los carboneros, mon maître—dijo Antonio—. No debemos acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y robado a muchos viajeros en estas horribles soledades.
Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a la redonda.
—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, mon maître—dijo Antonio.
Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin, a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha, en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche.
Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez. Ambos sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de los soportales.
Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia. Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor parte del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la ciudad.
Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos hombres vendiendo libros.
Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse en camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados de Testamentos. Al anochecer llegué a Abades, y encontré a López, con dos campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo, donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo Abades; pero dos de los tres curas del pueblo se lo estorbaron: con horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada. El tercer cura, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana siguiente, los dos curas facciosos se me metieron en casa; pero en cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy poco.
No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana; baste decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente, logré, con la ayuda de Dios, vender de quinientos a seiscientos Testamentos en los pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en torno de Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se conocían ya en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que se había enviado al alcalde orden de secuestrar cuantos libros hallase en mi poder. Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche, levanté el campo con mi gente, llevándonos más de trescientos Testamentos, porque habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes, nueva provisión de ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana siguiente llegamos a Labajos, pueblo situado en la carretera de Madrid a Valladolid. No vendimos libros en aquel lugar, limitándonos a abastecer desde él de la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos; también vendimos libros por los caminos.