No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto, cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería, hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja, arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz. En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales por su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado; al cabo supe que estaba preso en Villalos[15], pueblo distante tres leguas de allí. Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en una comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William Hervey, a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir Jorge Villiers, ya conde de Clarendon.
«Labajos (provincia de Segovia),
23 de agosto de 1838.
Señor: Con su venia me permito llamar su atención sobre los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de Villalos, provincia de Avila, por orden del cura del pueblo. El crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento. Estaba yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la división del cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las inmediaciones. El día 22 monté a caballo y fuí a Villalos, distante tres leguas. A mi llegada encontré que López había sido trasladado desde la cárcel a una casa particular. Había llegado una orden del corregidor de Avila mandando poner en libertad a López y retener tan sólo los libros que se hallaran en su poder. Sin embargo, en abierta oposición a esa orden (de la que le envío copia), el alcalde de Villalos, por instigación del cura, no permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con dirección a Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron a entender que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se proponían denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran. Teniendo en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como cristiano y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas manos, y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, aunque inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. Al salir del pueblo grité: ¡Viva Isabel segunda!
Como creo que el cura de Villalos es capaz de cualquier infamia, ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud al Gobierno español una copia del anterior relato.
Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso servidor de V.E.
Jorge Borrow.
Al muy honorable señor William Hervey.»
Libertado López, proseguimos la obra de distribución. Pero de pronto sentí los primeros síntomas de una enfermedad, que me obligaron a volver con premura a Madrid. Ya de vuelta, me atacó una fiebre que me retuvo en el lecho unas semanas. Tuve varios ataques de delirio; durante uno de ellos me imaginé que estaba en la plaza de Martín Muñoz empeñado en una lucha a muerte con el cabecilla Balmaseda.
Apenas me vi limpio de fiebre, se apoderó de mí una melancolía profunda que me imposibilitaba para todo trabajo. Me recomendaron un cambio de lugar y de aires, y me volví a Inglaterra.