Tan pronto como me instalé en mi antiguo hospedaje, uno de mis primeros cuidados fué visitar a Lord Clarendon. Díjome, entre otras cosas, que había recibido una comunicación oficial del Gobierno, participándole el embargo de los Testamentos en Ocaña, en las circunstancias ya contadas por mí, y haciéndole saber que, a menos de tomar disposiciones urgentes para llevárselos fuera del reino, serían destruídos en Toledo, donde estaban depositados. Contesté que no me preocupaba el asunto; y que si las autoridades de Toledo, civiles o eclesiásticas, resolvían quemar los libros, mi único deseo era que los entregasen a las llamas con toda la publicidad posible, porque así no harían más que manifestar su diabólico rencor y hostilidad a la Palabra de Dios.

Ansioso de reanudar mis trabajos, apenas llegué a Madrid escribí a López el de Villaseca, para saber si se hallaba pronto a cooperar en la tarea, como en otras ocasiones. Me contestó que estaba muy ocupado en las faenas de la labranza; para llenar su puesto, empero, me envió un labriego viejo, llamado Victoriano López, lejano pariente suyo.

¿Qué es un misionero en el corazón de España, sin caballo? Tal consideración me indujo a comprar uno árabe, de mucha raza, traído de Argel por un oficial de la legión francesa. El corcel, lo mejor que, a juicio mío, ha producido jamás el desierto, se llamaba Sidi Habismilk.


CAPÍTULO XLVI

Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en Cobeña. — El poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente la Higuera. — El contratiempo de Victoriano. — La cárcel del pueblo. — La cuerda. — Un recado de Antonio. — Antonio, en misa.

En el capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar a Madrid, comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones en los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente mis trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años, todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente.

En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay dentro de un radio de cuatro leguas al Este de Madrid, y vendimos cerca de doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy pequeños; algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más bien chozas miserables. Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca, en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por caminos diferentes.

El primer pueblo en que intenté alguna cosa fué Cobeña, a tres leguas de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías de Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie de capacete de piel o montera, y el chaquetón y los calzones del mismo material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los sesenta y los setenta años; delante de mí llevaba un borrico, con un saco lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras del pueblo encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer, que llevaba un niño de la mano. A punto de cruzarme con ella, dirigiéndole la habitual salutación de ¡Vaya usted con Dios!, la mujer se detuvo, y, tras de mirarme un momento, dijo:

—¡Tío!, ¿qué lleva usted en el borrico? ¿Es jabón?