—¡Sí!—repliqué—. ¡Jabón para limpiar las almas!

Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba, para vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y, manifestando un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué. Al instante comenzó a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos, exclamando de vez en cuando: «¡Qué lectura tan bonita, qué lectura tan linda!» Por último, como le dije que iba de prisa y no podía aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que, con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás de mí, gritando, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el libro!» Me dió alcance, pagó los tres reales en monedas de cobre, y, apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía de ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran júbilo.

En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno de cuya puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría. Desempaqueté los libros, y, picada al instante su curiosidad, no tardaron en tener cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían en voz alta; pero aunque esperé casi una hora, sólo pude vender un ejemplar, quejándose todos amargamente de lo malos que estaban los tiempos y de la casi total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que los libros eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y cristianos. Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de pronto se presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen rato con gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al saber que era sólo tres reales, replicó que la encuadernación valía más, y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizás su deber era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los libros eran buenos libros, comoquiera que los hubiese adquirido, y acabó comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición.

En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela; pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fué, y a poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos; entonces, enseñándole al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a propósito para su hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal pregunta, y dijo que conocía el libro muy bien, y que no lo había igual en el mundo.

Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando no tener más dinero, «que a tenerlo—dijo—compraría toda la partida». Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche.

En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito. En algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que carecía literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las arreglábamos para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada y otras especies. Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vió detenido por el cura, quien, enterado de lo que vendía, le intimó a marcharse en el acto, ó de lo contrario le haría prender y escribiría a Madrid denunciando sus idas y venidas. La excursión duró unos ocho días. En cuanto volví, envié a Victoriano a Carabanchel, pueblo inmediato a Madrid, el único que por la parte Oeste dejé de visitar el año anterior. En una hora que estuvo allí, vendió veinte ejemplares, y se volvió a Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de tropezar con los ladrones que por las noches infestaban el camino.

Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizás haga sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como muestra de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados pueblos de España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de las acciones singulares que a veces cometen las autoridades rurales y los curas, sin el más leve temor de que les llame a cuentas; pues como viven completamente aparte del resto del mundo, se tienen por personas de insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un poder superior al suyo propio.

Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y los pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas; en realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fechada en la cárcel de Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid, en la campiña de Alcalá: en esta carta me decía Victoriano que ya llevaba ocho días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle, permanecería en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual ocurriría, sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero. De mis averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de Alcalá, empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto consistía en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de Arganza[16] vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción, veinticinco; los pobres labriegos le cubrían de bendiciones por proveerles de libros tan buenos a tan bajo precio.

Ya sólo le quedaban diez y ocho libros cuando tomó el camino de Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo cacharras. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó su caballejo en la posada, fué a ver al alcalde y le pidió permiso para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó en el acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo en otra. Animado por el éxito entró en una tercera, al parecer la del barbero del pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el zaguán sentado en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano. Era hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y bárbaro. Tomó un Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a examinarlo; pero en cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír, exclamando:

¡Ja, ja, don Jorge Borrow! ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos esperándoles, y al fin han llegado.