Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres reales le arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la mano.

Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes posible. Volvió, pues, precipitadamente a la posada, pagó el pienso de su caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a las costillas se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron el alcalde del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más, algunos armados con escopetas. En el acto prendieron a Victoriano, embargáronle libros y caballo, y con muchos denuestos llevaron al preso a la que llamaban cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una pequeña ventana enrejada, donde le dejaron encerrado. A los tres cuartos de hora volvieron y se lo llevaron a casa del cura, donde estaban reunidos en cónclave; el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán oficiaba de secretario. El barbero formuló su acusación contra el preso, a saber: que le había sorprendido en el acto de vender una versión de las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a Victoriano, preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió que se llamaba Victoriano López, y que era natural de Villaseca, en la Sagra de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión profesaba, y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que católico romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante listo, era un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel momento no había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura se enojó, le llamó tunante, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un hereje; hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de su amo. Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la cárcel de Villalos, en la provincia de Avila. Deseo de todas veras que intente hacer aquí la misma cosa.»

«¡Sí, sí!—exclamaron los demás del cónclave—: que se atreva a venir y regará con su sangre esas piedras». Así estuvieron hablando cerca de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo a Victoriano a su encierro.

Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque llevaba algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la posada, donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces pidió permiso al alcalde, que le visitaba a diario mañana y noche con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas, proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo más allá de las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen.

Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada, envió a decir a la gente de la posada que le mandasen las alforjas. En ellas había por casualidad una cuerda que en España llaman soga, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca. Los chicos, al ver colgar de las alforjas la punta de la cuerda, corrieron a decírselo al alcalde.

Ya entrada la noche, el alcalde visitó al prisionero, a la cabeza de sus doce hombres, como de costumbre.

Buenas noches—dijo el alcalde.

Buenas noches tenga usted—contestó Victoriano.

—¿Para qué ha mandado usted buscar una soga esta tarde?—preguntó el funcionario.

—Yo no he mandado por la soga—respondió el preso—. Mandé por las alforjas para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro por casualidad.