—Es usted un bribón, embustero, mal intencionado—replicó el alcalde—. Usted pretende ahorcarse para perdernos a todos, porque nos echarían la culpa de su muerte. Deme la soga.—El mayor insulto que puede hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El pobre Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al alcalde varios nombres poco corteses, sacó la soga de las alforjas y se la tiró a la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su propio cuello.
Al fin, los dueños de la posada se apiadaron del preso, percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues, darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía, y le mandaron plumas y tintero dentro de un pan, y un pedazo de papel diciendo que este último era para cigarros.
Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de enviarla a su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a ningún precio. Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido, de otro pueblo, que por ventura estaba en Fuente la Higuera en busca de trabajo, para que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le pagarían bien. El hombre, aprovechando una ocasión, recibió la carta de Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la entregó sin contratiempo en Madrid.
Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor acerca de la conclusión del asunto. Al instante fuí a ver a un amigo, con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara, provincia a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dió cartas para el gobernador civil de Guadalajara y para las principales autoridades; estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó encargarse del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero a Fuente la Higuera, donde, encontrándose en casa del alcalde, le dijo resueltamente a lo que iba. El alcalde, creyendo que yo estaría para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al preso, se alarmó mucho, y al instante envió a su mujer a convocar la escolta; pero al asegurarle Antonio que no había propósito de emplear la violencia, se tranquilizó algo. A poco, Antonio fué citado ante el cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio quisieron asustarle alzando mucho la voz, y hablando de la necesidad de matar a todos los extranjeros, y en especial al aborrecido don Jorge y sus dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para dejarse intimidar tan fácilmente, se burló de sus amenazas, y, enseñándoles las cartas que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió que era súbdito turco, y que si se atrevían a cometer con él la más leve desconsideración escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese, en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la posada. El cónclave quedó deliberando a solas, y resolvió enviar el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del gobernador civil.
No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron dos hombres armados a la puerta de la posada donde vivía Antonio, como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj daba la hora, exclamaban: «¡Ave María! ¡Mueran los herejes!» Por la mañana temprano, el alcalde se presentó en la posada; pero antes de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que había en la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos individuos han venido a robarnos nuestra religión.» Entró luego en el aposento de Antonio, y tras de saludarle con gran cortesía le invitó a ir con él a la iglesia a oír la misa mayor, que estaba para empezar. A esto, Antonio, aunque ciertamente no era un traga-misas, se levantó y fué con él, y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo durante todo el tiempo.
Después de la misa almorzó y se fué a Guadalajara. Victoriano había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dió un ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido. Victoriano fué puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima, excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de esos menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en España.
CAPÍTULO XLVII
Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El bastón de mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en Inglaterra. — La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero.
Proseguimos la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario, hasta mediados de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver si era posible hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por tanto, en aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano. Al paso nos detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas al Oeste de Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano a las aldeas circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La Providencia, que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable en nuestras expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo a terminarlas de repente, porque en todos los lugares donde poníamos a la venta los escritos sagrados eran en el acto embargados por personas que, al parecer, estaban en acecho; eventos que me obligaron a variar el propósito de ir a Talavera y a regresar sin dilación a Madrid.