Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra campaña al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante el Gobierno, quien envió inmediatamente órdenes a los alcaldes de los pueblos, grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que secuestrasen los Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero amonestándoles, al mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado en no detener ni maltratar a la persona o personas que intentasen venderlos. Una puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes, y se exhortaba a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a tener mucho cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque, como el documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana siguiente en otro distante del primero veinte leguas.

Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de sorpresa. Resolví, con todo, variar de campo de acción y no exponer los libros sagrados a un secuestro a cada paso que diera para difundirlos. En mis últimas tentativas consagré mi atención exclusivamente a los pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le era muy fácil al Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan.

Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en el Señor.

Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde residen los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es, en efecto, la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser un lugar favorito de los paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de San Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo mismo puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones, cada habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas, adquirió un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese barrio; es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en muchos casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión de la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil trescientos Testamentos por lo menos.

Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por recomendación, cosa rara, del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos en la propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la calle sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que le parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres.

Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de costumbre, sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo sueño unas horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la puerta del cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar en el cuarto a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus facciones, notables por su calma y placidez habituales, parecían un tanto alteradas.

—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa?

Señor—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—, es cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara, que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo el aire de un duende y me ha asustado. Ya sabe usted que yo no soy miedosa, don Jorge; pero confieso que cada vez que veo a uno de esos malvados polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado bien y sé de lo que son capaces.

—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea alguacil o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada.

La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que, por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de un hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía yo preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí se detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir una sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta entonces tuvo oculta bajo la capa, y me apuntó al rostro con una especie de bastoncillo con remate de metal, como si fuese a empezar un exorcismo. Pareció que iba a hablar; pero las palabras, si quiso decir alguna, fueron ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto se le escapó, tan violento, que la patrona se echó para atrás, exclamando: «¡Ave María purísima!», y a poco deja caer la luz con el susto.