—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos. No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso.
—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho de mi señor el corregidor de esta villa de Madrid, para que con la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que sus delitos, leves o enormes, merezcan. Tenez, compère—añadió en perverso francés—, voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous dire.
En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida.
Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas del corregidor. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di mi nombre me llevaron a presencia del corregidor, personaje de unos cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo:
—Escuchad: tengo que hacerle a usted una pregunta.
—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a tomarme la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para que a un hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media noche unos duendes con el requerimiento de presentarse en una oficina pública como si fuese un delincuente?
—No dice usted la verdad—exclamó el corregidor—. La persona que fué a requerirle a usted no es un duende, sino uno de los empleados más antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad.
—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo mismo que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las doce menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero lo parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa, como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de muecas horribles, de estornudos y aspavientos.
El corregidor.—Es usted un... ¡No sé lo que iba a decir! ¿Ignora usted que puedo mandarle a la cárcel?
Yo.—Tiene usted veinte alguaciles que acudirán a la primera señal, y, por tanto, es claro que puede usted prenderme, como hizo su antecesor, que casi perdió el puesto por eso; pero usted sabe perfectamente que no tiene derecho para hacerlo, porque no estoy bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán general. Si he obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha curiosidad de saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa. En cuanto a lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con mi pleno consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra en Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que mucho corretea encuentra hueso».