El corregidor.—Ese lenguaje no es propio de un caballero. ¿Olvida usted dónde está y con quién habla? ¿Es este un lugar adecuado para hablar de gitanos y de ladrones?
Yo.—No conozco, a la verdad, otro más a propósito, no siendo la cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y ansío saber para qué me han llamado, si por delitos leves o enormes, como decía el emisario.
Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado corregidor las noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja de Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada por las autoridades locales, y después de retenerla allí unos días la devolvieron a Madrid consignada al corregidor. Estando la caja en las mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció, y en el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi almacén después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al suceso, que no me habló de él. Pero el pobre corregidor estaba convencido de que todo ello era una profunda maquinación para robarle y burlarnos de él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética, y pateaba el suelo, exclamando:
—¡Qué picardía! ¡Qué infamia!
—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y de imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado.
Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran en el acto, aunque era mía propia.
—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que se pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros.
Me miró un instante como si dudase de mi sinceridad, y luego, tirándose otra vez de las patillas, me atacó en otro terreno:
—Pero ¡qué infamia, qué picardía! Venir a España a cambiar la religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen a Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido allí?
—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos; el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma.