Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los libros, el corregidor se dió por satisfecho y repentinamente se mostró por demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que dejaba por completo a mi resolución lo de devolver los libros o no.

—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países la tolerancia religiosa plena, y dejar que cada sistema religioso perezca o se sostenga según sus propios méritos.

Tales fueron las últimas palabras del corregidor de Madrid, que no sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó terminado.

Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con dificultad los hubiese creído.

El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz. Creo modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las expensas causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el Evangelio en España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto que a mí me recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos pasados. Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese obligado a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría sin murmurar, lleno el corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a mí, vaso inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que durante dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del interior de España.

Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino, me cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos permitió llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una edición copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el centro mismo de España, a despecho de la oposición y del clamor furibundo de un clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz; y germinaba el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o temprano llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos frutos de bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido en aquellas partes de España era el de Martín Lutero, a quien en general se le consideraba como un demonio, primo hermano de Belial y Beelzebub, que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y predicado blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular, se hablaba de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas señales de respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano, personas que con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los escritos del gran doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún vivo.

No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia, con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco. El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con tino.


CAPÍTULO XLVIII

Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. — El fraile. — Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y flores. — Murillo. — El Angel de la guarda. — Dionysius. — Mis coadyuvantes. — Demanda de Biblias.