A mediados de abril llevaba ya vendidos tantos Testamentos como, a mi parecer, podían colocarse en Madrid; retiré, pues, mi gente, porque temía saturar el mercado, y desacreditar el libro haciéndolo demasiado común. Me quedaba sólo un millar de ejemplares de la edición que saqué dos años antes; en cuanto a la Biblia, todos los ejemplares se habían vendido; la demanda era mucha todavía, pero no me fué posible atenderla.

Resolví marcharme a Sevilla y llevar los ejemplares del Testamento que me quedaban, porque allí se había hecho muy poca propaganda. Pronto estuvieron terminados mis preparativos. Los caminos estaban entonces peligrosísimos, razón por la que pensé incorporarme a un convoy próximo a partir para Andalucía. Pero dos días antes de ponerse en camino, comprendí que el número de personas dispuestas como yo a utilizar el convoy sería probablemente muy grande; pensé en la lentitud de ese modo de viajar, y recordando además los insultos que los paisanos tenían que soportar con frecuencia de los soldados y subalternos, resolví aventurarme a hacer el viaje en el coche correo. Llevé a cabo mi determinación. Antonio, a quien conservé a mi servicio, y los dos caballos, se fueron con el convoy, y yo salí pocos días después con el correo. Hicimos todo el viaje sin el menor accidente: una vez más me acompañó mi prodigiosa buena suerte. Con razón la llamo prodigiosa, pues iba recorriendo la madriguera de un león; toda la Mancha, con excepción de unos pocos lugares fortificados, estaba una vez más en manos de Palillos y de sus forajidos, quienes, cuando lo tenían a bien, detenían el correo, quemaban el coche y las cartas, asesinaban a la mezquina escolta, y si por casualidad iba algún viajero, se lo llevaban al monte, poniéndole luego en la alternativa de rescatarse por un precio enorme o de pegarle cuatro tiros en la cabeza, como dicen los españoles.

La parte alta de Andalucía caía rápidamente en tan mala situación como la Mancha. La última vez que había pasado el correo, seis ladrones a caballo le atacaron en el desfiladero del Rumblar; la escolta se componía de otros tantos soldados; pero los ladrones se lanzaron de súbito al galope desde detrás de una venta solitaria, los cogieron de sorpresa, porque los cascos de los caballos no hacían ruido en el suelo arenoso, y los arrojaron al suelo. Los soldados, menos dos que se escaparon por entre las peñas, fueron desarmados en el acto y atados a los olivos. Allí los escarnecieron y atormentaron los ladrones, o más bien asesinos, porque a la media hora los fusilaron; al cabo le volaron la cabeza de un trabucazo. Entonces los ladrones quemaron el coche, pegando fuego a las cartas con la mecha de encender los cigarros. Al correo le salvó la vida uno de la cuadrilla, que había sido en otro tiempo postillón suyo; pero le robaron, dejándole desnudo. El infeliz, al pasar de nuevo por el lugar de la carnicería, lloraba, y, aunque español, maldecía a España y a los españoles, diciendo que pensaba irse muy pronto a Morería, confesar a Mahoma y seguir la ley de los moros, porque cualesquiera país y religión eran mejores que los suyos. Nos indicó el árbol donde había muerto el cabo; a pesar de lo mucho que había llovido, el suelo estaba todo alrededor saturado de sangre; un perro roía un pedazo del cráneo de aquel desventurado. Hizo con nosotros todo el viaje desde Madrid a Sevilla un fraile misionero que iba a las islas Filipinas, para conquistar, tales eran sus palabras, supongo que quería decir para predicar a los indios. Durante el viaje entero dió muestras de un miedo abyecto; tan impresionado iba, que se puso a la muerte y tuvimos que detenernos dos veces en el camino y tenderlo entre los verdes trigos. Decía que si los facciosos le echaban mano, era clérigo muerto, pues tras de hacerle decir una misa, le volarían con pólvora. Había sido, según me dijo, profesor de Filosofía en un convento de Madrid, me parece que el de Santo Tomás, antes de que los suprimieran; pero estaba en la mayor ignorancia respecto de las Escrituras, confundiéndolas con las obras de Virgilio.

Paramos en Manzanares, como de costumbre; era la mañana de un domingo, y la plaza estaba llena de gente. Me reconocieron al momento, y veinte pares de piernas salieron corriendo en el acto en busca de la profetisa, que no tardó en presentarse en la casa donde habíamos entrado a almorzar. Nos saludamos con gran efusión, y luego, en su latín, fué dándome cuenta de todo lo sucedido en el pueblo desde mi última visita, y oí las atrocidades cometidas por los facciosos en las cercanías. La convidé a almorzar y la presenté al fraile, a quien se dirigió en estos términos: Anne Domine Reverendissime facis adhuc sacrificium? El fraile no la entendió, y, encendido en cólera, la anatematizó por bruja y la mandó marcharse. La ciega no se desconcertó, y se puso a cantar en versos castellanos improvisados las alabanzas de los frailes y de los conventos. Al marcharnos le di una peseta, con lo que rompió en llanto y me suplicó que no dejase de escribir si llegaba en salvo a Sevilla.

Llegamos a Sevilla sin novedad, y me despedí del fraile, diciéndole que esperaba encontrarle de nuevo en Filipinas. Como pensaba quedarme en Sevilla unos meses, decidí alquilar una casa, para vivir con más independencia y economía que en la posada. No tardé en encontrar una que por todos conceptos me convenía. Estaba en la plazuela de la Pila Seca, barrio apartado, en las inmediaciones de la catedral, y a corta distancia de la Puerta de Jerez. Pocos días después llegó Antonio con los caballos y me instalé en mi casa.

Una vez más me encontraba en la hermosa Sevilla, con tiempo y comodidad bastantes para gozar de sus encantos y de sus deliciosos alrededores. Por desgracia, al tiempo que llegué y durante la quincena siguiente el cielo de Andalucía, tan radiante de ordinario, se cubrió de negras nubes que descargaron chaparrones tremendos, tales como muy pocos sevillanos recordaban haberlos visto nunca.

El temporal causó no pocos daños en la campiña, y el Guadalquivir, que durante la estación lluviosa es un río muy rápido e impetuoso, se salió de madre y amenazó con una inundación. Es verdad que a ratos escampaba, y el sol, manifestándose en su tabernáculo de nubes, animaba todas las cosas con sus rayos de oro e incitaba a la mariposa a salir de su madeja, y al lagarto, de la cavidad del árbol; yo me aprovechaba sin falta de esas claras para dar un rápido paseo.

¡Oh, cuán placentero es, sobre todo al venir la primavera, vagar por las márgenes del Guadalquivir! No lejos de la ciudad, río abajo, hay un parque llamado Las Delicias. Fórmanlo árboles de varias especies, pero los álamos y olivos predominan. Largos senderos umbríos lo atraviesan. Ese parque es el paseo favorito de los sevillanos; en él se congrega en ocasiones cuanta belleza y bizarría encierra la ciudad. Allí las ojinegras damas andaluzas se pasean con el gracioso prendido de las mantillas de encaje; allí los jinetes andaluces galopan en sus corceles de sangre mora, de luenga cola y espesa crin. Cuando el sol se pone, el panorama que ofrece la ciudad, mirada desde ese sitio, es de inefable hermosura. A lo lejos se yergue la corpulenta Torre del Oro, empleada ahora como aduana, principal defensa de la ciudad en tiempo de los moros. Se alza al borde del río, como gigante centinela, y es el primer edificio que atrae la mirada del viajero cuando remonta el río hacia Sevilla. En la otra margen, frente a la Torre, se halla el hermoso convento de agustinos, gala del barrio de Triana, y entre ambos edificios fluye el Guadalquivir, en cuyas ondas se mecen las naves de Cataluña y Valencia. Más lejos se ve el puente de barcas que atraviesa el cauce. El principal objeto del panorama es, con todo, la Torre del Oro, donde los rayos del sol poniente parecen concentrarse como en un foco, de modo que semeja fabricada de oro puro, y es probable que a tal circunstancia deba su nombre. Yerto, yerto debe de estar el corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio mismo. ¡Cuántas veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo, y escuchado a los mirlos y ruiseñores modular en la arboleda sus cantos melodiosos, y respirado las brisas cargadas con el aroma de los naranjales de Sevilla!

«Kennst du das Land wo die Citronen blühen?»

El interior de Sevilla no corresponde en casi nada al exterior. Las calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de suciedad y mendigos. Las casas, construídas casi todas conforme el patrón moro, tienen en el centro un patio cuadrangular, donde una fuente de mármol surte de continuo agua cristalina. En la estación del calor, los patios se cubren con un toldo, bajo el cual pasa la familia la mayor parte del día.