Muchas casas, y sobre todo las de los ricos, tienen en el patio arbustos, naranjos, toda clase de flores, y a veces una pajarera pequeña, de suerte que no es concebible mayor delicia que la de tenderse allí a la sombra, oyendo el canto de los pájaros y el rumor de la fuente.

Nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como atisbar los patios desde la calle, a través de las verjas. Muchas veces me paraba a contemplarlos, y otras tantas lamentaba que mi destino no me permitiera vivir en tal edén el resto de mis días. Ya he hablado en otra ocasión de la catedral de Sevilla; pero con brevedad y a la ligera. Es quizás la catedral más suntuosa de España, y aunque de estructura no tan regular como las de Toledo y Burgos, es mucho más digna de admiración considerada en conjunto. No es posible recorrer sus largas naves y alzar la vista a la techumbre, sostenida por columnas colosales y decorada con suntuosidad, sin sentirse sobrecogido de sagrado pavor y de profundo asombro. Cierto que el interior, como el de la generalidad de las catedrales españolas, es un poco obscuro y triste; pero nada pierde con eso; al contrario, aumenta la grandiosidad del efecto. Nuestra Señora de París es un edificio hermoso; pero a quien ha visto las catedrales españolas, y en particular la de Sevilla, se le antoja casi mezquino y sin importancia, y más parecido a una casa consistorial que a un templo del Eterno. La catedral de París está desprovista en absoluto de la solemne obscuridad y sombría pompa, tan intensas en la de Sevilla, con lo que le falta el requisito más importante de una catedral.

Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los mejores de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las obras maestras de Murillo, hijo de Sevilla. De todos los cuadros de este hombre extraordinario, el que más impresión me ha hecho siempre es uno de los menos famosos. Aludo al Angel de la Guarda, cuadrito colocado al fondo de la iglesia, mirando a la nave principal. El ángel, empuñando con la diestra una espada flamígera, guía al niño, que es, a juicio mío, la creación más prodigiosa de Murillo. La figura es como de un niño de cinco años, y la expresión del rostro, completamente infantil; pero su andar es el de un conquistador, el de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece temblar bajo tanta majestad.

Al culto de la catedral asisten muchos fieles, en especial cuando hay sermón. Los sermones son improvisados; hay algunos muy edificantes, fieles a las Escrituras. He oído muchos con gusto, aunque me sorprendía bastante observar que cuando los predicadores citaban la Biblia, tomaban las citas, casi invariablemente, de los libros apócrifos. Ante los principales altares no faltan, por lo general, fieles, en su mayoría mujeres, animados muchos de ellos de ardentísima devoción.

Antes de salir de Madrid me había forjado la ilusión de encontrar pocas dificultades para la difusión del Evangelio en Andalucía, al menos por cierto tiempo, ya que el campo de operaciones era nuevo, y mi persona y mis propósitos, menos conocidos y temidos que en Castilla la Nueva. Pero resultó que el Gobierno de Madrid había cumplido su amenaza y enviado por toda España la orden de secuestrar los libros dondequiera que se hallasen. Los Testamentos llegados de Madrid embargáronlos en la aduana, adonde se llevan todas las mercancías, aunque procedan del interior, para la exacción de un impuesto. Gracias a los manejos de Antonio recuperé una de las cajas, mientras la otra fué enviada a Sanlúcar, para expedirla fuera del reino tan pronto como se me presentara oportunidad de hacerlo.

No me dejé desanimar por este ligero contretemps, aunque sentí de corazón la pérdida de los libros embargados, pues ya no podría repartirlos por aquella región, donde hacían tanta falta; pero me consolé pensando que aún me quedaban unos cientos de ejemplares, cuya distribución podía dar, placiendo a Dios, muy santos frutos.

Tardé algún tiempo en empezar los trabajos, porque me hallaba en terreno desconocido y no sabía qué camino tomar. No contaba con más ayuda que la del pobre Antonio, tan ignorante del lugar como yo. La Providencia, empero, no tardó en enviarme un colaborador, en forma bastante singular. Estaba yo en el patio de la Posada de la Reina, adonde solía ir a comer algunas veces, cuando entró un hombre de talla gigantesca, vestido de un modo extraño. Excitada mi curiosidad, pregunté al posadero quién era el desconocido. Díjome que un extranjero, griego a su parecer, que había vivido mucho tiempo en Sevilla. Oído esto, me fuí a él y le abordé en griego, pues aunque lo hablo muy mal, puedo darme a entender en ese idioma. Me contestó en la misma lengua, y halagado por el interés que un extranjero como yo demostraba por su nación, no tardó en contarme su propia historia. Llamábase, según me dijo, Dionysius, natural de Cefalonia; educado para hacerse de iglesia, abandonó esa carrera, mal avenida con su temperamento, para seguir la profesión de navegante, por la que había sentido temprana inclinación. Tras muchas aventuras y alternativas de la fortuna, naufragó en las costas de España, y avergonzándose de volver pobre a su país, se quedó en la Península, y residió principalmente en Sevilla, donde ahora sostenía un modesto comercio de libros. Era de la religión griega, y muy apegado a ella; y en descubriendo luego que yo era protestante, manifestó su aborrecimiento sin límites por el sistema papista, y aun por sus secuaces en general, a quienes llamaba latinos, achacándoles la ruina de Grecia, vendida por ellos al Turco.

En el acto se me ocurrió que aquel individuo podía prestarme excelente ayuda en la obra que me había llevado a Sevilla, o sea la propagación del Evangelio eterno; por tanto, tras algo más de conversación, en la que mostró una instrucción muy sólida, me franqueé con él. Adoptó mis planes con mucho calor, y en adelante no tuve motivo para lamentar mi confianza, pues el griego repartió gran copia de Nuevos Testamentos, y aún acertó a enviar cierto número de ejemplares a dos ciudades pequeñas a alguna distancia de Sevilla.

También me ayudó en la propagación del Evangelio un profesor de música, ya viejo, muy etiquetero y estirado, pero con excelentes cualidades. Este venerable individuo me trajo, no más que a los tres días de conocernos, el precio de seis Testamentos y de un Evangelio en gitano, vendidos por él soportando el candente sol andaluz. ¿Qué motivo le impulsaba? Uno muy cristiano. Decía que sus infortunados compatriotas, entregados a la sazón a la matanza y al saqueo recíprocos, se corregirían probablemente leyendo el Evangelio, sin que en ningún caso pudiera seguírseles de su lectura daño alguno. Añadía que si muchos hombres han reformado su vida merced a las Escrituras, nadie se ha vuelto todavía ladrón o asesino por leerlas.

Pero mi agente más extraordinario fué uno que en ocasiones empleé para repartir el Evangelio entre las clases bajas. Si llego a tener mayor cantidad de libros a mi disposición, hubiera podido sacar gran partido de los servicios de aquel individuo; pero como el repuesto disminuía con rapidez y no tenía esperanzas de renovarlo, me mostraba casi avaro de los pocos libros que me quedaban. El agente era un albañil griego, llamado Juan Crisóstomo, que me presentó Dionisio. Nacido en Morea, llevaba más de veinticinco años en España, de suerte que había casi olvidado su lengua natal. Con todo, tenía tal apego a su patria, que cuanto no fuese griego le parecía malo y en extremo bárbaro. Carecía de toda instrucción; pero su fuerza de carácter y cierta ruda elocuencia que poseía le granjearon tan gran ascendiente en el ánimo de las clases trabajadoras de Sevilla, que aceptaban casi todo lo que les decía, no obstante chocar a cada paso con sus prejuicios. De tal modo, que, a pesar de su condición de extranjero, hubiera podido ser en cualquier momento el Masaniello de Sevilla. No he conocido criatura más honrada, y pronto comprendí que, empleándolo a mi servicio, no obstante sus rarezas, podía tener plena seguridad de que sus actos no desdecirían del libro que vendía.