Continuamente estaban pidiéndome Biblias, que no podíamos servir. Los Testamentos gozaban, en comparación, de poca estima. Por este tiempo descubrí un hecho que me hubiera sido muy útil conocer tres años antes; pero viviendo se aprende. Me refiero a la inconveniencia de imprimir Testamentos, y sólo Testamentos, para los países católicos. La razón es clara: el católico, sin hábito de leer la Escritura, encuentra mil cosas ininteligibles en el Nuevo Testamento, cuyo fundamento es el Antiguo. «La Escritura da testimonio de mí», podría decirse con razón en este punto. Se me dirá que en Inglaterra hay gran demanda de Nuevos Testamentos, impresos por separado, y prestan infinita utilidad; pero Inglaterra, gracias sean dadas al Señor, no es un país papista; y de que un labrador inglés pueda leer el Testamento con buen fruto no se sigue que los campesinos españoles e italianos gocen de igual ventaja, porque encontrarán muchas cosas obscuras, que no lo son para aquél, versado en la historia bíblica desde la niñez. Confieso, no obstante, que en mi campaña del verano anterior no hubiera podido hacer con la Biblia lo que la Providencia me permitió realizar con los Testamentos, porque la primera es demasiado voluminosa para andar con ella por el campo.


CAPÍTULO XLIX

La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La librería en Sevilla. — Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. — Proselitismo. — Embargo de Testamentos. — Salida de Sevilla.

Como ya he dicho, alquilé en Sevilla una casa vacía, con el propósito de vivir en ella algunos meses. Ocupaba todo un lado de una plazuela solitaria. Distribuída al modo andaluz, tan agradable, tenía un patio pavimentado con pequeñas losas de mármol azules y blancas. En el centro del patio había una fuente muy abundante en linfa cristalina, y al caer desde una delgada columna al estanque octogonal, el agua hacía un rumor que se oía desde todas las habitaciones. La casa era vasta y espaciosa, de dos pisos, con piezas suficientes, por lo menos, para diez veces el número de personas que en ella morábamos. De ordinario pasaba el día en las habitaciones bajas, por ser muy frescas. En una de ellas había una enorme pila de piedra, siempre rebosante de agua de la fuente, en la que me sumergía todas las mañanas. Tal fué la vivienda a que me retiré con Antonio y los caballos, luego de proveerme de unos pocos utensilios caseros indispensables.

Suerte mía fué poseer aquellos cuadrúpedos, ya que así tuve modo de gozar en grandísima medida las bellezas de la campiña circundante. Pocas cosas hay en la vida más deliciosas que un paseo a caballo, en primavera o verano, por los alrededores de Sevilla. Mi excursión favorita era en dirección de Jerez, por la vasta Dehesa, como la llaman, que se extiende desde Sevilla hasta las puertas de aquella ciudad, casi a cincuenta millas de distancia, sin un pueblo apenas entremedias. El terreno es desigual y quebrado, en su mayor parte cubierto de matorrales de la especie que llaman carrasco, entre los que corre un camino de herradura, no fácil de discernir, trazado principalmente por los arrieros, con sus largas recuas de mulas y borricos. Allí, el aire embalsamado de la hermosa Andalucía se respira en toda su pureza. Las flores y hierbas aromáticas que crecen en abundancia, difunden en torno sus perfumes. Allí la tristeza y la pesadumbre huyen del pecho como por magia, en tanto que los ojos se extasían ante el panorama, iluminado por un sol esplendoroso, sin igual, en cuya luz flotan las mariposas, pintadas de alegres colores, y las salamanquesas, verdes y áureas, despatarradas en el suelo, gozan del voluptuoso calor, o se lanzan a veces de un salto velocísimo, con susto del viajero, a la madriguera más próxima, y allí se le quedan mirando con sus ojillos agudos y brillantes. Es imposible, repito, estar triste en tierras tales, y con razón los antiguos griegos y romanos colocaron aquí sus Campos Elíseos. Son bellísimas, aun en su desolación actual, porque la mano del hombre no las cultiva desde el día funesto en que la expulsión de los moros privó a Andalucía de los dos tercios, cuando menos, de su población.

Todas las tardes salía a caballo por la Dehesa, hasta perder de vista las torres más altas de Sevilla. Entonces volvía, y, apretándole las rodillas a Sidi Habismilk, mi caballo árabe, tomaba el veloz animal, que jamás necesitó látigo ni espuela, el camino de Sevilla con la rapidez de un torbellino, devorando la distancia en una carrera loca; dejada atrás la Dehesa, se precipitaba por el paseo de las Delicias, sombreado de olmos, y a poco el estruendo de sus cascos resonaba bajo la bóveda del arco de la Puerta de Jerez; un momento después, quedábase inmóvil como una piedra ante la puerta de mi casa solitaria, en la silenciosa plazuela de la Pila Seca.

Son las ocho de la noche, y, de vuelta de la Dehesa, estoy en la sotea tomando el fresco. Juan Crisóstomo acaba de llegar del trabajo. No le he hablado; pero oigo cómo, abajo en el patio, cuenta a Antonio los progresos que ha hecho en los dos últimos días. Habla un griego bárbaro, mechado con abundantes vocablos españoles; colijo de sus palabras que ya ha vendido doce Testamentos entre sus compañeros de trabajo. Oigo caer al suelo unas monedas de cobre, y Antonio, que no tiene temple de verdadero cristiano, le reprocha que no haya traído en plata el producto de la venta. Juan Crisóstomo pide luego quince ejemplares más, porque la demanda aumenta, según dice, y podrá sin dificultad venderlos en todo el día siguiente, mientras atiende a sus ocupaciones. Antonio va en busca de los libros, y Juan se queda solo junto a la fuente de mármol, cantando una canción extraña, tal vez un himno de su amada iglesia griega. He ahí uno de los ayudantes que el Señor me ha dado en mis trabajos evangélicos a orillas del Guadalquivir.

Todo el tiempo que pasé en Sevilla viví muy retirado, gastando la mayor parte del día en estudiar, o en ese semisoñoliento estado de inactividad, resultado natural de los climas calurosos. El carácter de la gente entre quien me hallaba no me inducía a buscar su sociedad. Los andaluces de la clase alta son probablemente, en términos generales, los seres más necios y vanos de la especie humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza, y su prodigalidad, en su avaricia. Las clases bajas son un poquito mejores que las de posición elevada; verdad es que no puede alabarse el nivel de su moralidad: son engañosos, camorristas y vengativos; pero son en general más corteses y, con toda seguridad, no más ignorantes.

A los andaluces, en general, los tienen en muy baja estimación los demás españoles, y aun los de mejor posición tropiezan con dificultades para ser admitidos en las tertulias respetables de Madrid, donde si logran entrar, son invariablemente ridiculizados por los gestos y ademanes absurdos en que se complacen, por su inclinación a la jactancia, sus exageraciones, su curioso acento y la manera incorrecta de pronunciar el castellano.