En una palabra: los andaluces, en todas las cualidades del carácter, se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el país que aquéllos habitan es superior en belleza y fertilidad a las demás provincias de España.
Pero no vaya a creerse ni por un momento que mi intención es negar que entre los andaluces haya individuos estimables y excelentes: uno descubrí yo a quien sin vacilar proclamo como el carácter más extraordinario que he conocido; pero no era un retoño de una familia noble, ni «portador de suaves vestidos», ni personaje lustroso y perfumado, ni uno de los románticos que vagaban por las calles de Sevilla adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras que, en rizos exuberantes, les llegaban hasta los hombros, sino uno de aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman la hez del populacho; un hombre miserable, sin casa, sin dinero, harapiento, destrozado. Aludo a Manuel, a quien no sé por qué oficio nombrar: si vendedor de billetes de lotería, o auriga del carro de los muertos, o poeta laureado en poesía gitana. Maravilla será que aún estés vivo, amigo Manuel; tú, de condición natural tan noble, honrado, de corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas todavía por los patios de la bella Safacoro[17], o por la margen del Len Baro[18], con la mirada perdida en el espacio y esforzándote por recordar alguna copla de Luis Lobo medio olvidada? ¿O descansas ya, fuera de la Puerta de Jerez, en el Camposanto, adonde en tiempo de epidemia acostumbrabas llevar a tantos, así gitanos como gentiles, en tu carro de tintineante campanilla? Muchas veces en las réunions de los sabios y escritores de este país de tantas letras, harto de sus alardes de pedantería y egotismo, he recordado gustoso nuestros recitados de poesías gitanas en la casona de Pila Seca. Muchas veces, asqueado ante las ostentosas profesiones de fe de los que pasean la cruz en doradas carrozas, te he recordado a ti y tu fe tranquila, sin pretensiones; tu paciencia en la miseria, tu fortaleza en la adversidad. Y cuántas veces, al meditar en la muerte, que con rapidez se aproxima, he deseado poder reunirme contigo otra vez, y que tus manos ayuden a llevarme al campo de los muertos, allá en la soleada planicie, ¡oh Manuel!
Mi visitante más asiduo era Dionisio, que por raro caso dejaba de ir a verme alguna tarde: el pobre hombre iba en busca de simpatía y conversación. Es difícil concebir situación más desamparada y aislada que la de aquel griego en Sevilla, sin un amigo apenas, pendiente, para subsistir, de la mísera pitanza que podía producirle la venta de unos pocos libros, ofrecidos en su mayoría de puerta en puerta.
—¿Qué pudo inducirle a usted en un principio a dedicarse a vender libros en Sevilla?—le pregunté cuando, cierta tarde calurosa, llegó, sofocado y cansado, con un paquete de libros atado con una correa.
Dionisio.—A falta de empleo mejor, Kyrie, adopté este oficio, que está muy despreciado y no da para vivir. Cuántas veces he lamentado que no me enseñasen a zapatero, o no haber aprendido, de mozo, cualquier oficio manual útil; ahora lo hubiese seguido muy contento. Eso me hubiera procurado, al menos, el respeto de mis semejantes, pues me necesitarían; mientras que ahora todos me huyen y me miran con desprecio. Vendo una mercancía que aquí no le importa a nadie. ¡Libros en Sevilla, donde nadie lee, como no sean novelas nuevas, traducidas del francés, y obscenidades! ¡Libros! ¡Ojalá fuese gitano, que entonces, vendiendo burros, sería al menos independiente y más respetado que ahora!
Yo.—¿En qué género de libros comercia usted principalmente?
Dionisio.—En el menos adecuado al mercado de Sevilla, Kyrie: en libros de valor substancial, fundamentales; muchos en griego viejo, adquiridos por mí al disolverse los conventos, cuando los fondos de sus bibliotecas, arrojados a los patios, se vendían a tanto la arroba. Al principio creí hacer fortuna, y, en realidad, con esos libros la hubiera hecho en cualquier otra parte; pero aquí he llegado a ofrecer por medio duro un Elzevir, en vano. Si no fuera por los forasteros, que me compran algo, me moriría de hambre.
Yo.—Pero en Sevilla hay una gran catedral con muchos curas y canónigos; de seguro irán a verle a usted algunos para comprar obras clásicas y libros de literatura eclesiástica.
Dionisio.—Si cree usted eso, Kyrie, conoce usted mal a los eclesiásticos de Sevilla. Yo trato a muchos y puedo asegurarle que es difícil encontrar una caterva de gentes con más declarada aversión a los trabajos intelectuales de toda especie. No leen más que periódicos, y los toman sólo por la esperanza de saber que su amigo don Carlos está ya reinstalado en Madrid; pero prefieren el chocolate y los bizcochos y dormir la siesta antes de comer a toda la filosofía de Platón y a la elocuencia de Tulio. Algunas veces van a mi casa, pero sólo para matar una hora de aburrimiento charlando de cosas sin sustancia. Una vez fueron a verme tres de ellos con la esperanza de convertirme a la superstición latina. «Signor Donatio (así me llamaban), ¿cómo usted, persona tan libre de prejuicios, y con ciertas pretensiones de saber, sigue aferrado a una religión tan absurda? Tras de residir tantos años en una tierra civilizada, como esta de España, harto tiempo es ya de que abandone usted su culto medio pagano e ingrese en el seno de la Iglesia. Siga nuestro consejo y no le irá mal.» «Gracias, señores—repliqué—, por el interés que mi felicidad les inspira; yo no me niego a razones: discutamos el asunto. ¿Cuáles son los puntos de mi religión que a ustedes les parecen mal? Porque claro es que ustedes conocerán perfectamente nuestros dogmas y ceremonias.» «Nada sabemos de su religión de usted, signor Donatio, salvo que es muy absurda, y, por tanto, está usted obligado, ya que es hombre bien instruído y sin prejuicios, a renunciar a ella.» «Pero, señores, si no conocen ustedes mi religión, ¿cómo la llaman absurda? No es propio de personas imparciales despreciar lo que se desconoce.» «Pero, signor Donatio, la religión de usted no es la Católica, Apostólica, Romana, ¿verdad?» «Podría serlo, señores, juzgando por lo que ustedes saben de ella; para que se enteren, les diré que no; mi religión es la Apostólica Griega. No la llamo católica por ser absurdo llamar católico a lo que no está admitido universalmente.» «Pero, signor Donatio, ello mismo lo dice: ¿qué va a entender de religión una cuadrilla de griegos bárbaros e ignorantes? Si niegan la autoridad de Roma, ¿dónde van a buscar ideas religiosas razonables? ¿De dónde les va a venir el Evangelio?» «¿El Evangelio? Señores, permítanme que les enseñe un libro: aquí está. ¿Qué opinan ustedes?» «Signor Donatio, ¿qué significa esto? ¿Qué son esos diabólicos caracteres? ¿Son moriscos? ¿Quién es capaz de entenderlos?» «Supongo que siendo ustedes sacerdotes de la Iglesia romana sabrán algo de latín; pues si examinan la portada del libro leerán en la lengua de su Iglesia: Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en su original griego», del cual la Vulgata es una mera traducción, y no muy correcta por cierto. Respecto a la barbarie de Grecia, ignoran ustedes, al parecer, que hubo una ciudad, llamada Atenas, famosísima, siglos antes de que a la primera choza de Roma le pusieran su techo de bálago y de que los vagabundos que primero la poblaron se hubieran escapado de manos de la justicia.» «Signor Donatio, es usted un hereje ignorante y, además, un insolente. ¡Qué desatinos son esos!...» Pero no quiero cansarle los oídos, Kyrie, con los absurdos que los pobres papas[19] latinos me dispararon; su estribillo era: ¡qué disparates son esos!, muy aplicable, por cierto, a lo que ellos decían. Viendo que no podían conmigo en la controversia religiosa, denigraron a mi país con rabia: «España es mejor país que Grecia»—dijo uno. «Antes de venir a España no había usted probado el pan»—exclamó otro. «Y bien poco desde entonces»—pensaba yo. «Nunca había usted visto una ciudad como Sevilla»—añadió el tercero. Pero entonces comenzó lo más divertido de la comedia; mis visitantes eran naturales de tres puntos diferentes: uno era de Sevilla, otro de Utrera, y el tercero de Miguelturra, pueblo miserable de la Mancha. Al oír mentar a Sevilla, empezaron los otros dos a cantar las alabanzas de sus cunas respectivas; surgieron las comparaciones, y el resultado fué una disputa violenta. Rociáronse de ultrajes; mientras, yo me mantuve apartado, encogiéndome de hombros, y decía tipotas[20]. Al fin, cuando se marchaban, dije: «¿Quién hubiese creído, señores, que la polémica de las iglesias latina y griega estaba tan estrechamente relacionada con los méritos comparativos de Sevilla, Utrera y Miguelturra?»
Yo.—¿Hay aquí gran espíritu de proselitismo? ¿Qué clase de gente se convierte?