Dionisio.—Le diré a usted, Kyrie: la generalidad de los conversos se compone de protestantes alemanes o ingleses, aventureros, que vienen a establecerse aquí, y al cabo del tiempo se casan con españolas, para lo cual es necesario el previo ingreso en la Iglesia latina. Unos pocos son judíos vagabundos de Gibraltar o de Tánger, delincuentes huídos a España, y que renuncian a su fe para no morir de inanición. Pero a tan ilustre gente hay que pagarla, y los curas se encargan de buscarles padrinos, generalmente entre las devotas ricas sometidas a su influencia, que tienen a gloria y por acto meritorio cooperar en la reconquista de almas perdidas para la Iglesia. El neófito se deja convencer mediante la promesa de una peseta diaria, que los padrinos pagan de ordinario durante el primer año; pero rara vez más tiempo. Hace unos cuarenta años, sin embargo, lograron una conversión más notable. En Marruecos se encendió una guerra civil por las opuestas pretensiones de dos hermanos al Trono. Vencido uno de ellos, huyó a España, implorando la protección de Carlos IV. Pronto le dedicaron los curas atención especial, que no anduvieron tardos en convertirle, y consiguieron que el rey le señalase una pensión de un duro diario. De allí a pocos años murió en Sevilla hecho un vago, despreciado de todos. Dejó un hijo, hoy notario, muy devoto exteriormente. Pero es el hipócrita y picarón más grande que existe. Quisiera que le viera usted la cara, Kyrie: es la de Judas Iscariote. Tal sería también, creo yo, la opinión de usted, que es fisonomista. Vive en la puerta inmediata a la mía, y a pesar de su religiosidad ostentosa, le dejan vivir en la mayor pobreza.

Y nada más por ahora acerca de Dionisio.

A mediados de julio, nuestros trabajos en Sevilla llegaron a término por la muy eficaz razón de que ya no tenía más Testamentos que vender; desde mi llegada se habían puesto en circulación algo más de doscientos.

Unos diez días antes de esa fecha me visitaron varios alguaciles acompañados de una especie de alcalde de barrio, y se apoderaron de unos pocos Testamentos y Evangelios en gitano que por casualidad encontraron esparcidos por el suelo. La visita no me desagradó, ni mucho menos, porque era prueba satisfactoria del efecto de nuestros trabajos en Sevilla.

No puedo por menos de referir aquí un sucedido: Uno o dos días después del secuestro fuí a casa del alcalde de barrio con motivo de mi pasaporte, y le encontré echado en la cama, por ser la hora de siesta, leyendo con atención uno de los Testamentos que se llevó de mi casa, todos los cuales, si hubiera obedecido las órdenes que tenía, debió haber depositado en el Gobierno civil. Tan absorto estaba en la lectura, que al pronto no se dió cuenta de mi llegada; cuando la advirtió, saltó de la cama muy confuso y guardó el libro en su bufete; yo, sonriendo, le dije que se tranquilizara, pues me alegraba verle ocupado en cosa de tan gran provecho. Ya más sereno, manifestó que había leído casi todo el libro, sin hallar nada malo en él; por el contrario, todo le parecía digno de loa. Añadió que los curas debían de estar endemoniados para perseguirlo con tal saña.

Hicieron el embargo en domingo, y me encontraron leyendo la liturgia. Uno de los alguaciles hizo notar al marcharse el diferente modo que protestantes y católicos tenían de guardar las fiestas: los primeros, en sus casas leyendo buenos libros; los segundos, en los toros, mirando cómo las fieras arrancan las entrañas ensangrentadas a los pobres caballos. La plaza de toros de Sevilla es la más hermosa de España, y todos los domingos (único día en que se abre) se llena invariablemente de una multitud entusiasta.

Comencé ya los preparativos para ausentarme de Sevilla por unos meses con destino a la costa de Berbería. Antonio, que no quiso salir de España, donde estaban su mujer y sus hijos, se volvió a Madrid muy contento con una buena gratificación que le di. Como me proponía volver aún a Sevilla, dejé la casa y los caballos al cuidado de un amigo de confianza, y me marché. En los capítulos siguientes se verán las razones que tuve para visitar Berbería.


CAPÍTULO L

Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. — Bonanza. — La playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — Historia de una caja. — Cosas de los ingleses. — Los dos gitanos. — El cochero. — El gorro de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma cristiano.