Cerca del desembarcadero esperaban unos cuantos cabriolés, dispuestos a llevarnos a Sanlúcar. Tomé uno, y echamos a andar lentamente por la playa. El sitio es famoso en las novelas antiguas españolas, del género llamado picaresco, o sea las consagradas a las aventuras de pícaros notorios; el modelo de todas, así como de las del mismo género en cualquier otro idioma, es Lazarillo de Tormes. El propio Cervantes inmortalizó esta playa en la más divertida de sus novelas cortas, La ilustre fregona. En una palabra, la playa de Sanlúcar era en los tiempos antiguos, si no en los modernos, punto de cita de rufianes, contrabandistas y vagabundos de toda laya, que allí anidaban en míseras chozas, hoy desaparecidas. El mismo Sanlúcar siempre fué notado por la inclinación de sus habitantes—los peores de Andalucía—al robo. Aquel ventero del Quijote, tan pícaro, perfeccionó su educación en Sanlúcar. Todos estos recuerdos se agolpaban en mi espíritu según íbamos recorriendo la playa, dorada por el sol de Andalucía, que todo lo hermosea. Llegamos al fin a ponernos próximamente frente a Sanlúcar, que se alza a cierta distancia de la ribera. Allí se nos ofreció un espectáculo muy animado: una multitud de mujeres, vistiéndose o desnudándose, pululaba en la orilla, mientras (calculando con prudencia) centenares de ellas jugaban y retozaban en el agua. Algunas estaban tendidas cuan largas eran al borde mismo de la playa, en un lecho de arena y pedrezuelas, dejando que las minúsculas olas les pasaran sobre el cuerpo; otras nadaban valientemente mar adentro. Había una confusa batahola de gritos, chillidos y agudas risas femeninas; oíase también algunas canciones, cuyo asunto es fácil de adivinar, pues estábamos en la soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni de qué hablar o cantar sus ojinegras hijas más que de amor, amor, que entonces resonaba en la tierra y en las aguas? Prosiguiendo a lo largo de la playa, vimos también una multitud de hombres bañándose; no pasamos junto a ellos, pues torcimos a la izquierda y remontamos un paseo o avenida que conduce a Sanlúcar, como de un cuarto de milla de longitud. La vista desde allí era, en verdad, magnífica: ante nosotros yacía la ciudad, en la falda y en la cúspide de una colina de regular altura, extendiéndose de Este a Oeste; la población me pareció bastante grande; supe después que contaba lo menos veinte mil habitantes. Varios inmensos edificios y murallas la dominaban, de tanta grandeza que difícilmente puede describirse con palabras; pero lo principal era un castillo antiguo, situado hacia la izquierda. Las casas eran blancas del todo, y hubieran brillado esplendorosas de haber estado más alto el sol, pero en hora tan temprana yacían en relativa sombra. El tout ensemble era oriental y morisco en extremo; de hecho, Sanlúcar fué antaño una famosa fortaleza de los moros, y después de Almería, la plaza comercial más frecuentada de España. En estas partes de Andalucía todo tiene un carácter enteramente oriental. Ved los cielos, tan despejados y de azul tan brillante como el de la India; el candente sol, que en un momento curte las más blancas mejillas, y llena el aire de llameantes ráfagas; y ved el paisaje y los productos vegetales. A cada lado del paseo por donde íbamos había una hilera de esa mata o árbol, no sé cómo llamarlo, que en español se conoce por pita y en marroquí por gursean. Alcanza aquí desarrollo casi tan majestuoso como en la costa de Africa. Del cogollo de verdes hojas, que en todas direcciones brotan desde la raíz, se alza un tallo tan alto, ¿necesitaré decirlo?, como una palmera; ¿y necesitaré decir que las hojas, de extraordinario espesor en la base, son en el cabo más agudas que la punta de una lanza, y que infligirían una herida terrible a cualquier animal que por inadvertencia se arrojase contra ellas?
La posada donde paramos está a la entrada de Sanlúcar. Daba frente, con algunas casas más, al paseo por donde habíamos ido. Como aún era muy temprano, me fuí a descansar unas horas, y después visité al vicecónsul británico, Mr. Phillipi, quien ya me conocía de nombre, pues me había recomendado a él, por carta, un pariente suyo de Sevilla. Mr. Phillipi estaba en su escritorio, y me recibió con gran amabilidad y cortesía. Le expliqué el motivo de mi visita a Sanlúcar, y solicité su ayuda para rescatar los libros depositados en la Aduana y poder sacarlos del reino, pues bien conocía yo las dificultades que encuentran cuantos han de tratar algún asunto con las autoridades españolas. El vicecónsul me aseguró que tendría gran placer en serme útil, y, en consecuencia, envió conmigo a la Aduana a su primer oficial, persona muy conocida y respetada en Sanlúcar.
Lo mejor será contar aquí de una vez lo relativo a esos libros, para no entorpecer más adelante la narración. Consistían en un cajón de Testamentos en español y una caja pequeña de Evangelios de San Lucas, en el lenguaje de los gitanos españoles. Los retiré de la Aduana de Sanlúcar, con una guía para la de Cádiz. En Cádiz estuve ocupado dos días, y otros tantos una persona que tomé a mi servicio, en cumplir todos los requisitos y procurarme los papeles necesarios. El gasto fué grande, pues a cada paso me pedían dinero, si bien yo no hacía más que cumplir sencillamente la orden del Gobierno español de sacar de España los libros prohibidos. Esta farsa no concluyó hasta mi llegada a Gibraltar, donde pagué un duro al cónsul español por certificar al dorso de la guía, antes de devolverla a Cádiz, como era mi obligación, que los libros habían llegado a aquella plaza. No vió los libros, es cierto, ni preguntó por ellos; pero se guardó el dinero, objeto único, por lo visto, de sus ansias.
En la Aduana de Sanlúcar me hicieron dos o tres preguntas respecto de los libros contenidos en las cajas; y eso me dió ocasión de hablar del Nuevo Testamento y de la Sociedad Bíblica. Mis palabras llamaron la atención, y al instante todos los oficiales y dependientes de la casa, grandes y chicos, desde el administrador hasta el portero, se congregaron en torno mío. Como hubo que abrir las cajas para inspeccionar su contenido, salimos todos al patio, y allí, tomando en la mano un Testamento, reanudé mi discurso. No sé a punto fijo lo que dije; pues al recapacitar de qué modo se perseguía la palabra de Dios en tan desventurado reino, me emocioné mucho y me dejé llevar de mis sentimientos. Mis palabras causaron impresión, evidentemente; con gran asombro mío, cada uno de los presentes me pidió un ejemplar. Vendí unos cuantos dentro de la misma Aduana. Lo que más llamaba la atención era el Evangelio en gitano, y lo examinaron con mucho detenimiento, entre sonrisas y exclamaciones de sorpresa, diciendo de vez en cuando: Cosas de los ingleses. Uno de los presentes me preguntó si sabía hablar el lenguaje gitano. Respondí que no sólo hablarlo, pero escribirlo, y en el acto hice un discurso de unos cinco minutos en la lengua de los gitanos, y apenas concluí, todos aplaudieron y exclamaron: ¡Cosas de Inglaterra! ¡Cosas de los ingleses! Vendí algunos ejemplares del Evangelio en gitano, y terminado el asunto que me llevó a la Aduana, me despedí de mis nuevos amigos y me fuí con mis libros.
Volví a casa de Mr. Phillipi, quien, al conocer mi intención de proseguir el viaje a Cádiz en el vapor de la mañana siguiente, que tocaría en Bonanza a las cuatro, envió a este pueblo mis cajas y mi ligero equipaje, aconsejándome que fuese yo también a dormir allí para poder embarcar en hora tan temprana. Me presentó después a su mujer, que era inglesa, y a su hija, muchacha de unos diez y ocho años, amable y linda, a quien ya había visto en Sevilla; había allí de visita otros tres o cuatro señores, que habían ido desde Sevilla a tomar baños de mar. La señora de la casa y yo cambiamos unas pocas palabras en inglés, y luego empezamos todos a charlar en español, único idioma que, al parecer, entendían o apreciaban los demás presentes; en verdad, sería poco razonable esperar que los españoles hablen un idioma distinto del suyo, pues tan armonioso y flexible como es (mucho más, a mi juicio, que ningún otro), se antoja, en ocasiones, del todo insuficiente para expresar los arranques impetuosos de su exuberante imaginación. Dos horas volaron rápidamente en coloquios, interrumpidos de vez en cuando por la música y el canto, hasta que me despedí de tan deleitosa compañía, y me fuí a curiosear por la ciudad.
Era ya más de medio día, y el calor en extremo fuerte; apenas vi alma viviente por las calles; las piedras del pavimento me quemaban los pies a través de las suelas de las botas. Crucé la plaza de la Constitución, que nada de particular ofrece a los ojos del viajero, y remonté la colina para ver el castillo desde más cerca. Es un edificio de piedra, fuerte y pesado, con cubos, y en regular estado de conservación, a pesar de hallarse abandonado.
Me cansé de mirar, y ya desandaba el camino, cuando me abordaron dos gitanos, que se habían enterado de mi llegada. Cambiamos unas palabras en gitano, pero conocían muy mal el dialecto y eran incapaces de sostener una conversación en él. Clamaban por un gabicote, o libro en lengua gitana. Se lo negué, diciendo que no sacarían de él provecho alguno; pero en vista de que sabían leer, les prometí sendos Testamentos en español. Con desdén rechazaron la oferta, diciendo que no se curaban de nada escrito en la lengua de los Busné o gentiles. Insistieron en su demanda, a la que por fin me sometí, no pudiendo resistir sus importunaciones; así que me acompañaron a la posada y recibieron lo que con tanto ardor deseaban.
Por la tarde me visitó Mr. Phillipi; me dijo que por encargo suyo un cabriolé iría a buscarme a la posada al ser las once para llevarme a Bonanza, y allí, un individuo, dueño de una tabernucha, a quien de antemano se habían remitido mis cajas y otros bártulos, me alojaría por aquella noche, si bien tendría probablemente que dormir en el suelo. Fuímos después de paseo a la playa, donde había muchos bañistas, todos varones. Algunos eran muy buenos nadadores, en particular dos, que se habían metido muy adentro en el abra del Guadalquivir, una milla cuando menos. Al decirme que eran frailes, me pregunté asombrado en qué época de su vida habrían podido adquirir tanta destreza en la natación. Supuse que no sería en los tiempos en que, conforme a sus votos, sólo podían vivir para la oración, el ayuno y las mortificaciones. La natación es un ejercicio muy bueno, pero en manera alguna encaminado a la mortificación de la carne ni del espíritu. Al anochecer volvimos a la ciudad, y mi amigo se despidió de mí con mucho cariño. Me retiré después a mi aposento, y pasé unas horas en meditación.
Se hizo de noche; dieron las diez, las once; el cabriolé se detuvo a la puerta. Monté, y echamos paseo abajo y luego a lo largo de la playa, desierta. Las olas resonaban tristemente; todo parecía cambiado desde por la mañana. Hasta me pareció que las pisadas de los caballos sonaban de distinto modo al avanzar al trote corto por la arena compacta y húmeda. Pero el cochero no estaba triste, ni mucho menos, ni con ganas de permanecer callado mucho tiempo: no tardó en empezar a hacerme una infinidad de preguntas respecto de mi procedencia y de mi destino. Le respondí lo que me pareció oportuno, y, en cambio, le pregunté si no le daba miedo pasar con el coche a tales horas por un sitio de tan mala fama como aquella playa. Oído esto, miró en torno, y al no ver a nadie, soltó una exclamación burlona, y dijo que un hombre con tales patillas como las suyas no se asustaba de todos los ladrones de la playa juntos, y que ni doce hombres de Sanlúcar se atreverían a dar el alto a un viajero sabiendo que iba bajo su protección. Era un buen ejemplar de andaluz fanfarrón. A poco percibimos el débil fulgor de una o dos luces delante de nosotros: eran las de unas lanchas y otros barquichuelos embarrancados en la arena, debajo y muy cerca de Bonanza; entre los barcos percibí la obscura silueta de dos o tres hombres. Estábamos al final del viaje y nos detuvimos ante la puerta de la casa donde había de albergarme por aquella noche. Se apeó el cochero y llamó fuerte un buen rato, hasta que un hombre, como de sesenta años, de extraordinaria corpulencia, abrió la puerta; llevaba en la mano una luz mortecina, e iba vestido con una camisa de rayas, sucia, y gorro de dormir encarnado. Sin proferir palabra nos dejó entrar en una pieza muy vasta, con piso de tierra. A un lado, cerca de la puerta, se alzaba una especie de mostrador; detrás, un par de barriles, y en anaqueles, contra la pared, frascos de diversos tamaños. Había un olor muy fuerte a vino y licores. Arreglé la cuenta con el cochero y le di una propina; luego me pidió para echar un trago a mi salud. Díjele que pidiera lo que quisiese, y pidió una copa de aguardiente, que el amo de la casa, plantado detrás del mostrador, le sirvió sin pronunciar palabra. El cochero se la echó al coleto de un trago, pero hizo una porción de muecas después de beberla, y, tosiendo, dijo que sin duda alguna el aguardiente era bueno, porque le abrasaba el gaznate de un modo terrible. Luego me abrazó, salió de la casa y, montando en el cabriolé, fuése.
El viejo del gorro colorado se acercó entonces muy despacio a la puerta, echó el cerrojo y la atrancó; después, empujó dos bancos y los juntó, señalándomelos con el gesto, como para notificarme que allí tenía la cama; sopló la luz y se retiró al fondo de la habitación, donde le oí tumbarse con muchos suspiros y resoplidos. No quedó más luz que la de una cazuelilla de barro puesta en el suelo, llena de agua y aceite, donde flotaba un pedacito de cartón con un pábilo encendido en el centro: esta lámpara tan sencilla se llama mariposa. Puse mi saco de noche sobre el banco, a modo de almohada, y me eché; me hubiese dormido en el acto, a no ser porque el del gorro colorado empezó a roncar de modo pavoroso; esto me hizo recordar que aún no me había encomendado a mi Amigo y Redentor: hice, pues, mis oraciones, y luego me sumí en el descanso.