Más de una vez durante la noche me despertaron los gatos, y creo que también las ratas, al saltar sobre mi cuerpo. Al despertar la última vez, me levanté y, acercándome a la mariposa, consulté el reloj: eran las tres y media de la mañana. Abrí la puerta y salí a mirar; entraron unos pescadores pidiendo el aguardiente; el viejo se levantó en seguida a servirlos. Uno de aquellos hombres me dijo que si pensaba marcharme en el vapor, debía mandar cuanto antes mis equipajes al embarcadero, porque había sentido el ruido del barco que venía río abajo. Expedí los bultos y pregunté al del gorro colorado cuánto debía. Un real, respondió; tales fueron las dos únicas palabras que oí de su boca; en verdad, era hombre apegado al silencio, y acaso a la filosofía, poco cultivados en Andalucía. Me fuí presuroso al embarcadero. Aún no había llegado el vapor, pero el fragor de su marcha por el río oíase cada vez más cerca. La niebla cubría la faz tenebrosa de las aguas, y sentí cierto pavor al oír aproximarse al invisible monstruo rugiendo en el silencio de la noche. Al fin estuvo a la vista, se adelantó revolviendo el agua, se detuvo, y a poco me encontré a bordo. Era el Península, el mejor barco del Guadalquivir.

¡Qué prodigiosa obra de la industria humana es el barco de vapor! Sin embargo, ¿cómo llamarla prodigiosa si se toma en consideración su historia? Han pasado más de quinientos años desde que surgió por vez primera la idea de construirlo, y sólo a fines del siglo pasado se logró por completo el intento, surcando las aguas de un río escocés el primer vapor digno de tal nombre. Durante ese largo período de tiempo, inteligencias perspicaces y hábiles manos se empleaban de vez en vez en el intento de corregir aquellas imperfecciones de la maquinaria que eran el único obstáculo que se oponía a que el barco fuese su propio propulsor contra las olas y el viento. Esos intentos, abandonados unos tras otros, perdida la esperanza, no fueron por completo estériles: cada inventor dejaba tras de sí alguna nueva mejora, fruto de sus trabajos, y sus continuadores la aprovechaban, hasta que sólo faltó encontrar dos o tres ideas felices, y un artilugio más perfecto. Llegaron los tiempos, y, por fin, ahora surcan el mismo Atlántico arrogantes vapores. Mucho se ha ponderado, en mi opinión con justicia, la utilidad del vapor para difundir por doquiera la civilización. Cuando los primeros barcos de vapor aparecieron en el Guadalquivir hará unos diez años, los sevillanos corrieron a las orillas del río, gritando ¡brujería! ¡brujería!, idea robustecida por el hecho de ser inglesa la Compañía, y de llevar los barcos, construídos en Inglaterra, maquinistas ingleses, como todavía los llevan; porque no se encontró ningún español capaz de entender la maquinaria. Sin embargo, no tardaron en habituarse a los vapores, que van generalmente abarrotados de pasajeros. Fanáticos y vanidosos como son todavía, y apegados con pasión a sus costumbres antiguas, los sevillanos saben que, en un caso al menos, puede venir algo bueno de tierra extranjera, y de herejes por añadidura; sus prejuicios inveterados han sufrido un rudo golpe, y es de esperar que éste sea el alborear de su civilización.

Mientras surcábamos la bahía de Cádiz, iba yo reclinado en uno de los bancos de la cubierta, cuando acertó a pasar el capitán en compañía de otro hombre; se detuvieron cerca de mí, y oí al capitán preguntarle al otro cuántas lenguas sabía hablar. «Una tan sólo», replicó. «Esa única—dijo el capitán—es, claro está, el cristiano», nombre que los españoles dan a su propio idioma, para contraponerlo a todos los demás. «Ese individuo—continuó el capitán—que va echado en el banco, habla también el cristiano, cuando le conviene; pero habla además otros que no son el cristiano, ni mucho menos: sabe hablar inglés, y le he oído charlotear gitano con los de Triana; ahora va a tierra de moros, y si fuese usted allí, le oiría hablar con ellos en su jerigonza con tanta facilidad como en cristiano, y aún mejor, porque él tampoco es cristiano. Le he tenido ya muchas veces a bordo, pero el sujeto me gusta poco, porque lleva consigo una cosa nada buena.» Tan digna persona me había estrechado la mano a mi llegada a bordo, diciéndome lo mucho que le contentaba verme de nuevo.


CAPÍTULO LI

Cádiz. — Las fortificaciones. — El cónsul general. — Anécdota característica. — Un vapor catalán. — Trafalgar. — Alonso Guzmán. — Gebel Muza. — La fragata Orestes. — El león hostil. — Las obras del Creador. — Un lagarto del Peñón. — El gentío. — La reina de los mares. — Oración por mi país.

Cádiz se alza, como es bien sabido, en una larga y angosta lengua de tierra que se adentra en el mar, de cuyo seno parece salir la ciudad; las ondas salinas bañan sus muros por todos lados, menos por el Este, donde un istmo de arena la une con la costa de España. La ciudad, en su estado actual, es de construcción moderna, y, a diferencia de todas las demás ciudades de la Península, está edificada con gran regularidad y simetría. Muchas son sus calles, y se cortan, por lo general, en ángulo recto. Son muy estrechas, en comparación de la altura de las casas, y, por tanto, impenetrables a los rayos del sol, excepto en la hora del mediodía. Pero la calle principal es una excepción, y tiene cierta anchura. En esta calle está la Bolsa, las casas de los comerciantes más fuertes y de la nobleza, y es, durante la primera parte del día, punto de reunión de los ociosos y de los hombres de negocios, por lo que recuerda a la Puerta del Sol de Madrid. Desemboca en la plaza principal, no muy grande, pero con muchas pretensiones de magnificencia: circúyenla grandes edificios de aspecto imponente, y está plantada de hermosos árboles, a cuyo pie hay bancos de mármol, para comodidad del público. Pocos edificios públicos hay en Cádiz dignos de gran atención: cierto que la catedral pasaría en otros países por un monumento hermoso; pero en España, tierra de catedrales gigantescas, magníficas, sólo puede ser considerada como lugar de culto decoroso; todavía está sin acabar. Hay un paseo público, o alameda, en las murallas del Norte, atestado de gente, por lo general, las tardes de verano: el verdor de los árboles, mirados desde la bahía, presta agradable descanso a los ojos, deslumbrados por el resplandor del caserío, todo blanco, porque Cádiz es también una ciudad radiante. En otro tiempo fué la más rica de España, pero ha decaído malamente de su prosperidad en estos últimos años, y sus habitantes lamentan de continuo la ruina de su comercio; por tal razón, a diario emigran muchos a Sevilla, donde, al menos, es más barato vivir. Aún hay, sin embargo, mucha vida y mucho ruido en sus calles, adornadas con numerosas y espléndidas tiendas, bastantes de ellas en el estilo de las de París y Londres. Su población actual se calcula en 80.000 habitantes.

No sin razón tiene Cádiz nombre de plaza fuerte; las fortificaciones por el lado de tierra, en parte obra de los franceses durante el imperio napoleónico, son muy dignas de admiración, y parecen inexpugnables; por el lado del mar, la naturaleza la defiende tanto como el arte, porque el agua y las rocas sumergidas no son parapetos despreciables. Con todo, las defensas de la ciudad, salvo las del lado de tierra, ofrecen tristes pruebas de la apatía y abandono españoles, aun teniendo en cuenta las circunstancias, harto desfavorables, en que ahora se halla el país. En las fortificaciones, que van arruinándose con rapidez, apenas se ve un cañón, excepto unos pocos desmontados; así esa fortaleza aislada se halla hoy casi a merced de cualquier nación extranjera que, con un pretexto, o sin pretexto alguno, pretendiese arrancarla del poder de sus legítimos dueños y convertirla en colonia.

A las pocas horas de llegar, visité a Mr. B.[21], cónsul general británico en Cádiz. Su casa, muy vasta y suntuosa, hace esquina a la entrada de la alameda, y tiene hermosas vistas sobre la bahía. Por de contado, de tiempo atrás conocía yo de oídas a Mr. B. Sabía que llevaba bastantes años desempeñando con provecho para su país natal y no poca honra suya el cargo, tan señalado como lleno de responsabilidades, que ocupaba en España. Conocíale también por cristiano bueno y pío, y, además, como amigo seguro e inteligente de la Sociedad Bíblica. Sabía yo eso, pero no se me había presentado nunca ocasión de conocerle personalmente. Le vi entonces por vez primera, y su aspecto exterior me causó gran impresión. Es un hombre alto, atlético, muy bien formado, entre cuarenta y cinco y cincuenta años; la grave dignidad de su semblante se dulcifica por una expresión de buen humor muy atractiva. Sus modales son abiertos y afables en extremo. No entraré a referir con detalles nuestra entrevista, para mí asaz interesante. Conocía Mr. B. los puntos capitales de mi historia desde mi llegada a España, y sobre ellos hizo diversos comentarios que demostraban un conocimiento íntimo de la situación del país, tocante a los asuntos eclesiásticos, y del estado de la opinión respecto a innovaciones religiosas.

Me agradó descubrir que sus ideas coincidían en muchos puntos con las mías; ambos teníamos la opinión decidida de que a pesar de las persecuciones y el alboroto promovidos últimamente contra el Evangelio, la batalla no estaba, ni mucho menos, perdida, y que la santa causa aún podía triunfar en España si los llamados a defenderla desplegaban, junto con su celo, discreción, y humildad cristiana.