La mayor parte de aquel día y del siguiente estuve ocupado en la Aduana, tratando de obtener los documentos necesarios para exportar los Testamentos. El sábado por la tarde comí con Mr. B. y su familia, grupo interesante formado por su esposa, sus hijas, muy bellas, y su hijo, joven apuesto e inteligente. A la siguiente mañana, temprano, el vapor Balear zarpaba de Cádiz con rumbo a Marsella, y escalas en Algeciras, Gibraltar y otros puertos de España. Tomé pasaje a su bordo hasta Gibraltar, pues ya nada tenía que hacer en Cádiz; mis asuntos en la aduana estaban al cabo concluídos gracias a Mr. B., sin cuya bondadosa asistencia creo que nunca los hubiera dado fin. Ya tarde, me despedí con pesar de hombre tan excelente y de mis otros encantadores amigos; creo que sus votos más fervientes me acompañaron, y en cualquier lugar del mundo donde, pobre peregrino por la causa del Evangelio, pueda encontrarme, no dejaré de ofrecer a menudo sinceras oraciones por su ventura y bienestar.

Antes de despedirme de Cádiz, referiré una anécdota del cónsul británico, que le caracteriza, y pinta también su feliz manera de cumplir los más penosos deberes del cargo. Estaba yo de conversación con él en una sala de su casa, cuando nos interrumpió la llegada de dos visitantes inesperados: eran el capitán de un barco mercante de Liverpool y uno de la tripulación, rudo marinero del país de Gales, que apenas sabía expresarse en inglés. Ambos se miraban con indecible desconfianza y rencor. Resultó que el marinero se había negado a trabajar, y se obstinaba en abandonar el barco; su jefe llevábale a presencia del cónsul, a fin de que, si persistía en su actitud, le notificasen las consecuencias, o sea la pérdida de sus sueldos y ropas. Así se hizo; pero el marinero mostrábase cada vez más arisco, negándose a volver a pisar la misma cubierta que el capitán, quien le había llamado «griego, griego poltrón y holgazán», y eso no podía tolerarlo. La palabra «griego» se le había enconado al marinero en el ánimo y le lastimaba el corazón. Mr. B., buen conocedor, por lo visto, del carácter de los galeses en general—cuya testarudez, cuando se les lleva la contraria, es proverbial—y que desde luego vió los motivos triviales y necios de donde la disputa había surgido, le dijo sonriendo al marinero que, para salirse con la suya frente a todos y conservar sus sueldos y ropas, había un medio: irse a bordo de un barco de guerra de su majestad, anclado a la sazón en la bahía. No lo ignoraba el marinero, según dijo, y así se proponía hacerlo. Con todo, su torvo semblante se dilató un poco, y miró con menos fiereza al capitán. Entonces, Mr. B., dirigiéndose al último, hizo algunas observaciones sobre la inconveniencia de llamar «griego» a un marinero británico, sin olvidarse de mencionar al propio tiempo la absoluta necesidad de disciplina y obediencia a bordo. Sus palabras produjeron tal efecto, que muy poco tiempo después el marinero tendía la mano al capitán, mostrándose dispuesto a volver con él a bordo y a cumplir sus obligaciones, añadiendo que el capitán, después de todo, era el hombre mejor del mundo. Así se separaron contentos unos de otros; habiéndoles arrancado el cónsul la promesa de asistir al día siguiente al oficio divino en su casa.

Llegó la mañana del domingo, y a las seis me encontraba a bordo. Al trepar por la escala, me hirió los oídos el áspero acento del dialecto catalán. El barco era, en efecto, de construcción catalana, y el capitán y los tripulantes pertenecían a aquel pueblo; la mayor parte de los pasajeros ya a bordo, o llegados después, eran catalanes, y parecían rivalizar unos con otros en emitir sonidos desagradables. Pero quien con toda evidencia se llevaba la palma era un comerciante gordo, de rostro colorado, barba en punta, ojos penetrantes y nariz corva; hablaba con asombrosa vehemencia por los motivos al parecer más fútiles, o sin motivo alguno; el sonido de su voz hubiese sido exactamente igual al ruido de un molinillo de café, a no ser por cierta nasalidad gangosa; no cesó de eyacular su catalán en todo el trayecto hasta Gibraltar. Esas gentes no se marean nunca, aunque con frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás.

No zarpamos hasta después de las ocho, en espera del gobernador de Algeciras, y en cuanto llegó a bordo nos pusimos en marcha; era hombre de unos setenta años, alto, delgado, rígido, de rostro grave, alargado y rugoso; en suma, la propia imagen de un antiguo grande de España. Nos echamos fuera de la bahía rodeando el ingente faro erguido sobre el arrecife, e hicimos después rumbo al Sur, en dirección de los estrechos. La mañana era esplendorosa; el cielo y el mar, de un azul radiante, o más bien, como en ocasión análoga hizo notar mi amigo Oehlenschlaeger[22], parecían dos cielos y dos soles, uno arriba y otro abajo.

Aunque el tiempo era bueno, el barco andaba poco, tal vez por sernos contraria la corriente. A las dos horas pasamos frente al castillo de Santa Petra, y al mediodía estábamos a la vista de Trafalgar. El viento refrescó y nos daba de proa; nos arrimamos mucho a la costa para evitar en lo posible el duro y fuerte mar que desembocaba del estrecho. Pasamos a muy corta distancia del Cabo, escarpado promontorio de no muy considerable altura.

No hay inglés que pase por tales lugares—teatro de la batalla naval más famosa que se recuerda—sin emoción. Allí las flotas de Francia y España, unidas, fueron aniquiladas por una fuerza muy inferior; pero era una fuerza británica y la dirigía uno de los hombres más notables de su época, quizás el héroe más grande de todos los tiempos.

Enormes despojos de naufragios emergen aún con frecuencia del golfo, cuyas olas se estrellan contra las rocas de Trafalgar: son reliquias de las gigantescas naves incendiadas y hundidas en aquel día terrible, cuando el heroico campeón de Bretaña, concluída su obra, murió. A un solo individuo le he oído aventurar palabras en desdoro de la gloria de Nelson: era un americano insolente, quien reputaba por demás exagerada la fama del almirante británico.

—¿Cabe exagerar el aprecio de un hombre—replicó un desconocido—cuyos pensamientos todos se encaminaron al honor de su país, que apenas combatió una vez sin dejar un pedazo de su cuerpo en la refriega, y, para no hablar de otros triunfos menores, vencedor en dos batallas tales como Abukir y Trafalgar?

Poco después estábamos a la vista de la costa de Africa. El cabo Espartel se dibujaba borrosamente entre la niebla por nuestra derecha. El Levante comenzó a soplar, y el barco cabeceaba mucho; sin embargo, el gobernador y yo resistimos valientemente; sentados en un banco, entramos en conversación acerca de los moros y de su país. El propio Torquemada no habría hablado de ellos con más aborrecimiento. Me dijo que había estado bastantes veces en las principales ciudades moras de la costa, describiéndomelas como montones de ruinas; a los moros los llamaba cafres y bestias feroces. Siempre, aun en Tánger, donde la gente está más civilizada, le habían insultado: tan grande es el odio de los moros a cuanto huele a cristiano. Sin embargo, a los ingleses los trataban con relativa cortesía, y circulaba entre ellos un dicho según el cual ingleses y mahometanos son unos y lo mismo; el semblante del gobernador tomó por un momento una expresión más grave; el hombre se santiguó y guardó silencio. Adiviné lo que pasaba por su ánimo:

«De bárbaros herejes,