turcos y moros,
Estrella del mar
Dulce María,
¡ampárame!»
A eso de las tres cruzamos frente a Tarifa, tantas veces mencionada en la historia de moros y cristianos. ¿Quién no ha oído hablar de Alonso de Guzmán el Bueno[23], que dejó sacrificar a su hijo único delante de los muros de la ciudad por no sufrir la ignominia de entregar las llaves al monarca marroquí, quien, con su ejército, muy cercano, según cuentan, a medio millón de hombres, había desembarcado en las costas de Andalucía y amenazaba poner de nuevo a España bajo el yugo musulmán? Pues, en verdad, si hay un país y un lugar donde apenas se nombre a tan buen patriota, ni se canten sus proezas, ese país y ese lugar son España y Tarifa modernas.
He oído cantar en danés el romance de Alonso Guzmán a un pastor en las soledades de Jutlandia; pero una vez hablé del «Fiel» a unos habitantes de Tarifa, y me dijeron que nunca habían oído mentar a Guzmán el Fiel de Tarifa, pero que conocían a Alonso Guzmán el tuerto, uno de los más miserables arrieros del camino de Cádiz.
El viaje por aquellos angostos mares no puede por menos de interesar al más apático, dado el panorama que por uno y otro lado se presenta ante los ojos. Las costas son muy bravas y altas en extremo, sobre todo la de España, que parece dominar a la de Africa; pero frente a Tarifa, el continente africano, girando hacia el Suroeste, toma un aspecto de grandeza sublime. Una montaña blanquecina horada las nubes con su cumbre: es monte Abyla, llamado en lengua mora Gibil Muza, o montaña de Muza, porque en ella está el sepulcro de un profeta de ese nombre. Es una de las dos excrecencias naturales llamadas en la antigüedad columnas de Hércules; sus vertientes y estribaciones ocupan muchas leguas de la costa marroquí en varias direcciones; pero su parte más ancha y escarpada mira de frente al punto del continente europeo donde yace Gibraltar como un enorme monstruo tendido en las aguas. De las dos montañas, o columnas, la más notable, vistas desde lejos, es la africana, Gibil Muza. Es la más alta, la más corpulenta y se ve desde mayor distancia; pero miradas desde cerca, la columna de Europa absorbe nuestra admiración. Gibil Muza es una inmensa masa informe, un amontonamiento de rocas agrestes, con algunos pocos árboles y arbustos aquí y allá asomados a los bordes de los precipicios; sus únicos moradores son los lobos, jabalíes y monos, a los que debe su nombre español de Montaña de las monas. Gibraltar, por el contrario—y sin hacer cuenta de la extraña ciudad que en parte lo cubre, habitada por hombres de todas las naciones y lenguas, ni de sus baterías y excavaciones, todas prodigios de arte—, es la montaña de más insólita apariencia del mundo, indescriptible por el pincel ni por la pluma, que los ojos no se hartan de mirar.
Cerca ya del anochecer, cruzábamos la bahía de Gibraltar. Habíamos tocado en Algeciras, en la costa española, para desembarcar al viejo gobernador y tomar y dejar cartas.
Algeciras es una antigua ciudad mora, como denota su nombre, palabra árabe que significa «el lugar de las islas». Hállase al borde del mar, con una cadena de altas montañas a la espalda. Hasta donde puede juzgarse a la distancia de media milla, el lugar me pareció triste y abandonado. Sin embargo, en la bahía estaban una fragata española y un bergantín francés. Al pasar junto a aquélla, algunos españoles a bordo de nuestro vapor empezaron a echar roncas a costa de los ingleses. Parece que pocas semanas antes, un barco inglés, sospechoso de contrabandista, fué visto por la fragata española, abrigada en una bahía de la costa andaluza, junto con una fragata inglesa, el Orestes. La fragata española estuvo en acecho, y una mañana, al observar que el Orestes había desaparecido, arboló los colores ingleses e hizo señales al mercante para que se acercara; engañado por la bandera británica, el mercante se acercó y al instante fué cañoneado y abordado: resultó ser, en efecto, barco contrabandista, y fué llevado a un puerto, donde lo entregaron a las autoridades españolas. A los pocos días el capitán del Orestes se enteró del caso, e, irritado por el injustificable empleo del pabellón británico, destacó un bote con un mensaje para la fragata española, pidiendo la devolución inmediata del barco apresado, o, de lo contrario, lo rescataría por la fuerza; añadiendo que llevaba 40 cañones a bordo. El capitán de la fragata española respondió que el mercante estaba ya en poder de los empleados de la Aduana y no disponía de él; pero que el capitán del Orestes era muy dueño de proceder a su antojo, y que si tenía 40 cañones, él llevaba 44; el Orestes tuvo a bien responder marchándose. Tal fué, al menos, el relato que apareció en los periódicos españoles. Al observar cuánto les regocijaba a los españoles la idea de que un compatriota suyo hubiese amedrentado a un inglés, exclamé: «Señores, si algunos de ustedes suponen que un capitán inglés ha desistido de atacar a un buque español, temiendo una superioridad de cuatro cañones, recuerden, si lo tienen a bien, la suerte del Santísima Trinidad, y no olviden tampoco, se lo ruego, que casi resuenan todavía los cañonazos de Trafalgar.»
Era cerca del obscurecer, repito, y cruzábamos la bahía de Gibraltar. De pie en la proa del barco, llevaba los ojos clavados en la montaña-fortaleza; no obstante haberla ya visto viadas veces, me interesaba mucho, llenándome de admiración. Desde donde yo la contemplaba, si se parece a algún ser de la naturaleza animada, es a un león acurrucado, terrible, cuya estupenda cabeza amenaza a España. En alas del ensueño, quizás habría llegado a la conclusión de que el Genio del Africa, bajo la forma de aquel monstruo, el más poderoso de cuantos cría, había cruzado de un salto el mar, desde el país de la arena y del sol, con ánimo de destruir el continente rival; imagen robustecida por el color de sus flancos de roca, del espinazo y de la cerviz, tan curtidos como la piel del rey del desierto. Y en realidad ese monte ha sido casi siempre para España un león enemigo, al menos desde que empezó a sonar en la historia, o sea cuando Tarik lo tomó y fortificó. La mayor parte del tiempo ha estado en poder de extranjeros: primero, en poder de los hombres del turbante, de los atezados moros; ahora, en el de una raza pelirrubia venida de una isla lejana. Aunque es parte de España, parece renegar toda conexión con ella; colocado al final de un largo y angosto istmo de arena, casi a nivel con el mar, yergue verticalmente su abrasada cima para denunciar los crímenes que afean la historia de una tierra tan bella y majestuosa.