Era ya cerca del obscurecer, por tercera vez lo digo, y atravesábamos la bahía de Gibraltar. ¡La bahía! No semejaba tal, sino un mar interior, rodeado por todas partes de mágicas barreras: tan sorprendente, tan prodigioso era el aspecto de las costas. Delante de nosotros, la inexpugnable montaña; a la derecha, el continente africano, con su Gibil Muza, gris, y el derrumbadero de Ceuta, hacia el que llevaba rumbo una barca solitaria; detrás de nosotros, el pueblo que acabábamos de dejar y su barrera montañosa; a la izquierda, la costa de España. Ni una ola rizaba la superficie del mar, y como nos deslizábamos sobre ella velozmente, el singularísimo objeto a que íbamos acercándonos se hacía a cada momento más visible y distinto. Al pie de la montaña, y en una pequeña porción de la falda, yace la ciudad, con las murallas guarnecidas de cañones negruzcos, asestados de modo significativo contra las dársenas y muelles; encima, en cada risco, en cada hueco útiles para la defensa y el estrago, asoman las baterías, aparición siniestra y sepulcral, como presagio ominoso de la suerte que aguarda a cualquier enemigo intruso; mientras, al Este y al Oeste, hacia Africa y España, en los puntos elevados, se alzan castillos, torres o atalayas, que dominan el conjunto, y toda la región circunyacente, por tierra y por mar. Las fortificaciones son fuertes, amenazadoras y, vistas en cualquier otro sitio, ellas solas embargarían el ánimo y absorberían la admiración; pero la montaña, la pasmosa montaña, reaparecía por todas partes y sobrepujaba su efecto como espectáculo. ¿Quién, al contemplar un elefante enorme que, blandiendo la trompa, se arroja impetuosamente en la pelea, mira el castillete levantado en su lomo, o teme las jabalinas de sus ocupantes, por diestros y valerosos que sean? Nunca se nos representa mejor el poder y la grandeza de Dios que al contrastar las obras de sus manos con los trabajos del hombre. Contemplad El Escorial: es una obra soberbia, pero no sé si podréis admirarla en viendo la montaña que se mofa de él a sus espaldas; contemplad aquel orgullo de los reyes moros, contemplad a Granada desde la vega; pero no sé si podréis admirarla, pues veréis detrás, mofándose, las Alpujarras. ¡Oh! ¿Qué son las obras del hombre comparadas con las del Señor? Lo que el hombre comparado con su Creador. El hombre construye pirámides; también Dios las construye: las pirámides del hombre son montones de cascote, mezquinos montículos en una planicie arenosa; las pirámides del Señor son los Andes y las montañas de la India. El hombre construye murallas; también su Dueño; pero las murallas de Dios son los negros precipicios de Gibraltar y de Horneel, eternos, indestructibles, inaccesibles; las del hombre se escalan o las destruyen las olas, o el rayo o la pólvora las pulverizan. Si el hombre quiere desplegar victoriosamente su poder o su grandeza, ha de ser lejos de las montañas; sobre sus cimas flotan las nubes, enseña del Creador; allí es más patente la majestad de Dios. Llámese, si se quiere, a Gibraltar montaña de Tarik o de Hércules; pero contempladla un instante, y la llamaréis montaña de Dios. Tarik y el semidiós antiguo pueden haber edificado sobre ella; pero ni todo aquel pueblo de bronceada tez de que Tarik era retoño, ni todos los gigantes en lo antiguo famosos, entre los que se contaba Hércules, hubieran podido construir sus riscos ni cincelar en su enorme masa la forma que ahora tiene.

Echamos el ancla no lejos del muelle. Como esperábamos oír de un momento a otro el cañonazo vespertino, después del cual no se permite a nadie entrar en la ciudad, estaba yo sobresaltado, temiendo verme obligado a pernoctar en el sucio vapor catalán, que, pues ya no había de proseguir en él mi viaje, sentía mucha prisa por abandonar. Se nos acercó un bote, con dos individuos en la popa, y uno de ellos, puesto en pie, preguntó con tono autoritario el nombre del barco, su destino y carga. Dada respuesta, subieron a bordo. Hablaron un poco con el capitán, y se disponían a partir, cuando pregunté si podía acompañarlos a tierra. La persona a quien interrogué era un joven alto, con levita de fustán. Era carilargo, y larga su nariz, ancha la boca, los ojos grandes, vivarachos. Guiñaba el rostro con una mueca al parecer imborrable, y si no hubiese sido por su tez bronceada, le hubiera tomado por un vagabundo de las calles de Londres. Pero no era tal, sino lo que llaman «un lagarto del Peñón», o sea una persona nacida en Gibraltar de padres ingleses. Al oír mi pregunta, hecha en español, gesticuló aún más que de ordinario y, con extraño acento, me preguntó si era hijo de Gibraltar. Respondí que no tenía tal honor, pero que era súbdito británico; luego se mostró dispuesto a desembarcarme. Entramos en el bote, tomaron los remos cuatro marineros genoveses y nos impelieron velozmente hacia tierra. Mis dos compañeros charlaban en un español muy raro; el de la levita de fustán volvía hacia mí la cara de cuando en cuando, y cada vez su mueca era más desagradable. No tardamos en llegar al muelle; exhibí el pasaporte, anotaron mi nombre y me dejaron pasar.

Era ya noche cerrada, y sin perder tiempo crucé el puente levadizo y entré en el largo corredor abovedado que por debajo de las fortificaciones comunica con la ciudad. En el pasadizo, dos centinelas de casaca roja iban y venían, fusil al hombro, marcando el paso. No se detenían un momento, no ganduleaban, no reían ni bromeaban con los transeuntes; su porte era el propio de soldados británicos, conscientes de los deberes de su situación. ¡Diferencia va de ellos a los abandonados haraganes que montan la guardia a la puerta de cualquier ciudad española con guarnición!

Remonté la calle principal, que corre en suave pendiente a lo largo de la base de la montaña. Acostumbrado desde hacía varios meses al melancólico silencio de Sevilla, el ruido y la animación reinantes en torno mío casi me ensordecieron. Era noche de sábado, y todos los negocios estaban, claro es, interrumpidos; pero arriba y abajo pasaba un copioso gentío. Allí avanzaba un pelotón de guardias, aquí se paseaba un grupo de oficiales, más allá un corro de soldados hablaba y reía. Casi todos los paisanos eran españoles, pero había una buena rociada de judíos, vestidos como los de Berbería, y algún que otro moro con turbante. También había bandas de marineros, genoveses, a juzgar por su «patois», si bien percibía alguna vez el sonido tou logousas, que me reveló la proximidad de griegos, y dos o tres veces vislumbré el gorro encarnado y las chaquetillas de seda azul de los marineros de las islas romaicas. Continué presuroso hasta llegar a cierta hostería muy nombrada, inmediata a una plazuela donde está la Bolsa de Gibraltar. Me precipité en la hostería, pedí habitación, y el geniecillo del lugar, que estaba en pie detrás del mostrador, me dió alegremente la bienvenida; quizás tendré ocasión de describirlo más adelante. Todas las habitaciones del piso bajo estaban llenas de gente del Peñón, hombres corpulentos por lo general, de tez morena y facciones inglesas, con sombreros blancos y trajes de cutí, también blancos. Fumaban pipas y cigarros, bebían cerveza, vino y otros líquidos, y hablaban en español del Peñón o en inglés del Peñón, según les tomaba la fantasía. Muy denso era el humo del tabaco, y grande el ruido de las voces; con mucho gusto subí presuroso a un cuarto desocupado, donde me sirvieron un refrigerio que me estaba haciendo mucha falta.

Al poco rato, los sones de una música militar, muy próxima a mis ventanas, atrajeron mi atención. Bajé, y me asomé a la puerta. Una banda militar, en la plazoleta delante de la Bolsa, se preparaba para tocar retreta. Después del preludio, admirablemente ejecutado, el mayor, un buen mozo, hizo unos floreos con el bastón y echó calle arriba, seguido de toda la banda, tan airosa y apuesta, y de una multitud de oyentes admiradores. Batían los platillos, lanzaban las trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne; despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de la ciudad retumbaban con aquel estrépito conmovedor.

¡Plán! ¡Rataplán! Así hacen los tambores.

¡Tra! ¡Tralará! ¡Ya vienen los ingleses!

¡Oh Inglaterra! ¡Mucho tiempo ha de pasar aún antes de que el sol de tu gloria se abisme en las ondas tenebrosas! ¡Aunque sobre ti se amontonan nubes sombrias, pavorosas, todavía, todavía querrá el Omnipotente dispersarlas, y concederte un porvenir de más duración, y más brillante aún, que tu pasado! ¡Y si tu fin está próximo, que sea un fin noble, digno de la renombrada Reina de los mares! ¡Húndete, si has de hundirte, entre sangre y llamas, con pavoroso estruendo, arrastrando a más de una nación en tu caída! ¡Plegue al Señor preservarte, sobre todo, de una decadencia lenta y oprobiosa, en la que serías, antes de extinguirte, la mofa y escarnio de aquellos mismos enemigos que ahora te envidian y aborrecen, pero te temen; más aún, te admiran y respetan contra su voluntad! ¡Alzate, mientras es tiempo aún, y disponte para un combate a vida o muerte! ¡Arroja de ti la inmunda costra que llevas pegada a tus robustos miembros, que amortigua tu fuerza, y la entorpece y debilita! ¡Arroja de ti a tus falsos filósofos, que con tanto gusto desacreditan lo que, después del amor a Dios, se ha tenido hasta aquí por más sagrado, el amor a la tierra materna! ¡Arroja de ti a los falsos patriotas, que, so pretexto de enderezar los entuertos que sufren los pobres y los débiles, tratan de suscitar discordias internas, de suerte que tu poder sólo sea terrible para ti misma! ¡Expulsa a los falsos profetas, que divinizan la mentira; que han puesto en tus muros argamasa que no fragua, y se caerán; que ven visiones de paz, donde la paz no existe; que han robustecido los brazos de los malvados y entristecido el corazón de los justos! ¡Oh, hazlo, y no temas el resultado, porque o tu fin será grandioso y envidiable, o Dios perpetuará tu reinado sobre los mares, oh tú, su ya antigua Reina!

Lo que antecede es parte de una plegaria por mi país natal, que, después de mi acción de gracias habitual, balbucí, ofreciéndosela al Todopoderoso antes de entregarme al descanso, aquel sábado por la noche en Gibraltar.