CAPÍTULO LII
Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la gloria. — Un retrato. — Los Hamales. — Una excursión. — Labriego y soldado. — Las excavaciones. — Un tirón de la ropa. — Judas y su padre. — Peregrinación de Judas. — La barba frondosa. — Los falsos moros. — Judas y el hijo del Rey. — Vejez prematura.
Quizás fuera imposible escoger lugar más apropiado para observar con toda holgura a Gibraltar y sus moradores que aquel en que me hallé a eso de las diez de la mañana siguiente. Sentado en un banquillo frente por frente del mostrador, pegado a la puerta, en el zaguán de la hostería donde me hallaba alojado temporalmente, abarcaba con la vista la plaza de la Bolsa y cuanto en ella entraba, y con sólo alzar los ojos, contemplaba a placer la estupenda montaña que se yergue sobre la ciudad hasta unos mil pies de altura. Observaba también a cuantas personas entraban en la casa o salían de ella, muy concurrida, por hallarse situada en el punto más frecuentado de la principal arteria de la ciudad. Harta ocupación tenían mis ojos, no menos que mis oídos. Junto a mí estaba en pie mi excelente amigo Griffiths, el jovial hostelero, de quien diré algunas palabras, aprovechando la oportunidad presente, si bien ha sido ya descrito con frecuencia y por plumas mucho mejores. Figúrense los que no le conozcan, un hombre de unos cincuenta años, lo menos de seis pies de alto, de unas diez arrobas de peso, de semblante muy fresco, facciones regulares y ojos vivos y sagaces, pero al mismo tiempo expresivos de un buen natural. Lleva pantalones blancos, levita blanca, sombrero blanco; todo en él es blanco, excepto sus cuidadas patillas y su rubicunda faz. Debajo del brazo lleva un látigo, con que se aumenta prodigiosamente lo que para nosotros hay de familiar en su aspecto, más parecido al de un caballero que tiene una posada en el camino de New-market, «simplemente por amor de los viajeros y del dinero que llevan consigo», que al de un natural del Peñón. Sin embargo, él mismo se confesará lagarto del Peñón, y apenas les cabrá a ustedes duda de ello cuando además del inglés vernáculo e impuro que habla, le oigan expresarse en español o, si es necesario, incluso en genovés, y no es juego de niños hablar este idioma, que nunca he podido dominar. Es muy entendido en caballos, y cuando la ocasión llega, le vende un «bocado de casta» a cualquier aficionado joven, aunque no se niega tampoco a tratar con viejos; porque entre todos esos judíos de Fez, flacos, catarrosos, lívidos, de ojos de lince, no hay ninguno capaz de engañarlo en un trato ni de estafarle una sola de las cincuenta mil libras esterlinas que posee; pero téngase presente que es hombre franco y liberal con quienes se portan con él honradamente, y sépase también que si es usted un caballero cumplido le prestará dinero, si lo necesita; bien entendido que, si se lo niega, es que hay algo en su conducta de usted que no es del todo correcto, porque Griffiths conoce «su mundo» y no se deja tomar por tonto.
Durante la hora escasa que estuve en el banco de la hostería del Peñón se consumió en mi presencia una prodigiosa cantidad de cerveza. Delante del mostrador se agolpaban los oficiales, en demanda de un refresco, asaz gustoso, cuando no necesario con un tiempo de tan sofocante calor; algunos llegaban galopando hasta la puerta en jacas berberiscas, que abundan mucho en Gibraltar. Todos parecían muy amigos del hostelero, con quien discutían a veces los méritos de tal o cual caballo, y cuyas burlas acogían invariablemente con ilimitada aprobación. El aspecto y los modales de aquellos jóvenes, porque, en efecto, en su mayor parte, eran muy jovencitos, me parecieron interesantes y agradables en sumo grado. En verdad, creo que los oficiales ingleses en general, por su buena presencia y por la urbanidad de sus modales, se llevan la palma entre todos los de igual clase en el mundo. Es verdad que los oficiales de la Guardia real de Rusia, especialmente los de los tres hermosos regimientos llamados Priberjensky, Simeonsky y Finlansky polks, pueden, en casi todos los puntos, entrar sin miedo en comparación con la flor del ejército británico; pero es de recordar que la oficialidad de esos regimientos la forman los más selectos individuos de la nobleza eslavona, jóvenes escogidos expresamente por sus prendas personales y por la superioridad de sus dotes intelectuales, mientras que, entre los jóvenes y rubios anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no había quizás uno solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado y soberbio, y lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar el orgullo y aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado indistintamente de una masa de ardientes aspirantes a la gloria militar, y enviádolos, en servicio de su país, a una colonia remota e insalubre. No obstante, eran tales, que su país podía enorgullecerse viéndolos tan sanos y bellos de rostro, pintados el valor en el semblante y la inteligencia en sus ojos azules.
¿Quién se detiene ahora frente a la puerta, sin entrar, y hace una pregunta al hostelero, que se acerca saludándole respetuoso? No es hombre vulgar, o mucho engaña su aspecto. Va vestido con bastante sencillez: sombrero español, de copa puntiaguda y anchas alas sombrosas—el verdadero sombrero—, pantalones de cutí y chaquetilla azul de húsar; pero ¡qué bien le sienta ese vestido a su dueño, uno de los hombres de más noble apostura que he visto! Le contemplé con insólito respeto y admiración, mientras bondadosamente sonreía y bromeaba en buen español con un descarado pilluelo del Peñón, empeñado en venderle un enorme bogamante o langosta ordinaria, ya en putrefacción, que llevaba en la mano.
Aquel hombre era de estatura casi gigantesca, y sobresalía cerca de tres pulgadas por encima del corpulento hostelero; pero bien conformado, como un atleta, y derecho como un pino de Dovrefeld. Podía tener once lustros, y eso añadía cierta expresión de madura dignidad a su rostro, que se dijera cincelado por un escultor griego; sus cabellos eran aún negros como la pluma del cuervo de Noruega, y negro también el bigote que se rizaba sobre su bien dibujado labio. Con atavío griego, y en el campamento frente a Troya, le hubiera tomado por Agamenón.
—Ese hombre ¿es un general?—dije a un individuo bajito, de extraña catadura, que, sentado junto a mí, se empapaba en la lectura de un periódico.
—Ese caballero—susurró con acento ceceoso—es el gobernador de Gibraltar.
A cada lado de la puerta, por la parte de afuera, tendidos en el suelo o apoyados indolentemente contra las paredes, había media docena de hombres de aspecto bastante raro. La prenda principal de su vestido era una especie de túnica azul, algo parecida a la blusa que llevan los campesinos del Norte de Francia, pero menos larga; llevábanla ceñida a la cintura por una correa y les caía hasta la mitad de los muslos. Tenían las piernas desnudas, lo que me permitió observar la anchura descomunal de sus pantorrillas. Tocábanse con gorritos de lana negra. Al más atlético de todos, tipo de atezado rostro, de unos cuarenta años, le pregunté quiénes eran.—Hamales—me respondió.—Esta palabra es árabe y significa porteador; en efecto, un instante después vi atravesar la plaza a un individuo semejante tambaleándose bajo una inmensa carga, suficiente casi para romperle el espinazo a un camello. Me dirigí otra vez a mi amigo el negro, y preguntándole de dónde procedía, me respondió que era natural de Mogador, en Berbería, pero había pasado la mayor parte de su vida en Gibraltar. Añadió que era capataz de los hamales que estaban a la puerta. Entonces le hablé en árabe de Oriente, aunque con pocas esperanzas de hacerme entender, sobre todo por el mucho tiempo que el hombre había estado fuera de su país. Me respondió, empero, muy atinadamente, chispeantes los ojos de alegría y temblándole los labios de ansia, aunque con facilidad se percibía que el árabe, o más bien el marroquí, no era la lengua en que acostumbraba hablar o pensar. Sus camaradas se agruparon en torno nuestro y escucharon con avidez; a veces, cuando decíamos algo que merecía su aprobación, exclamaban: Wakhud rajil shereef hada, min beled del scharki. Por último, les enseñé el «shekel» que invariablemente llevo en el bolsillo, y pregunté al capataz si había visto nunca aquella moneda. Estuvo un buen rato examinando el incensario y el ramo de oliva, con señales evidentes de no saber lo que era; al fin, se le ocurrió examinar los caracteres que por ambos lados rodean la moneda, y lanzando un grito exclamó dirigiéndose a los otros hamales: «Hermanos, hermanos, éstas son las letras de Salomón. Esta plata está bendita. Besemos la moneda.» Púsola sobre su cabeza, la apretó contra sus labios y, por último, la besó con entusiasmo; lo mismo hicieron sucesivamente sus hermanos. Luego, recuperando la moneda, me la devolvió, con una profunda reverencia. Después supe por Griffiths que durante el resto del día el individuo aquél se negó a trabajar, y no hizo más que sonreír, reír y hablar solo.
—Permítame usted ofrecerle un aperitivo, señor—dijo aquel tipo raro antes mencionado: era un hombre corpulento, muy pequeño, con las piernas extremadamente cortas. Vestía una grasienta casaca de color de tabaco, calzón blanco, bastante sucio, y medias más sucias todavía. Llevaba un sombrero de copa alta, cuyas alas tendían a levantarse por delante y por detrás de la cabeza. Había yo observado que durante mi conversación con los hamales, aquel hombre alzaba repetidas veces los ojos del periódico que leía, y al exhibir la moneda sonrió de un modo significativo y la examinó cuando estaba en manos del capataz.