—Permítame usted que le ofrezca un aperitivo—dijo—. Ya sospechaba que era usted de los nuestros, antes de oírle hablar con los hamales. Señor, me llena de alegría ver a un caballero tan bien portado como usted, que no tiene a menos hablar con sus hermanos pobres. Así lo hago yo también no pocas veces, y que Dios borre mi nombre, que es Salomón, si alguna vez los desprecio. No tengo pretensiones de saber mucho árabe, pero le entendí a usted bastante bien y me gustó en extremo lo que dijo. Debe usted de estar muy fuerte en shillam eidri; pero me dejó usted parado cuando le preguntó al hamál si había leído la Torah; por supuesto, querría usted decir con los meforshim; siendo tan pobre, no le creo bastante becoresh para leer la Torah sin comentarios. Usted dirá si acierto: me parece que usted ha de ser un judío de Salamanca; he oído que aún quedan por allí algunas de nuestras familias antiguas. Y en Tudela, no lejos de Salamanca, a lo que creo, ¿verdad? Un pariente mío vivió allí en otros tiempos: era gran viajero, como usted, señor; recorrió todo el mundo en busca de judíos, y estuvo hasta en la cima del Sinaí. ¿Puedo hacer algo por usted en Gibraltar? ¿Algún encargo? Lo haré tan bien y más de prisa que nadie. Me llamo Salomón. Soy bastante conocido en Gibraltar, y en Crooked Friars, y en la Neuen Stein Steg de Hamburgo. Pero sáqueme de una duda: creo que le he visto a usted otra vez en la feria de Brema. ¿Habla usted alemán? Por supuesto, sí lo habla. Permítame que le ofrezca unos aperitivos. Quisiera que por ser para usted fuesen mayin hayim; no lo dude, señor, quisiera que fuesen aguas vivas. Y ahora dígame su opinión acerca de este asunto (añadió bajando la voz y golpeando el periódico). ¿No le parece a usted muy fuerte cosa que un Yudken haga traición a otro? Cuando pongo un secretito en beyad peluni[24]—¿me entiende usted?—; cuando entrego un pobre secreto mío a la custodia de un individuo, y ese individuo es judío, Yudken, no quiero, ni espero, verme engañado. En una palabra, ¿qué piensa usted de este robo de polvo de oro, y qué le harán a esa infortunada gente que, según veo, está convicta?

Aquel mismo día me puse a buscar los medios de trasladarme a Tánger, pues aunque Gibraltar ofrece sumo interés al viajero observador, no quería prolongar mi estancia en un lugar donde ningún asunto especial me retenía. Por la tarde fué a verme un judío, natural de Berbería, y me dijo que era secretario del patrón de una barca genovesa que hacía el viaje entre Tánger y Gibraltar. Afirmó que el barco partiría sin falta a la tarde siguiente para Tánger, y ajusté con él mi pasaje. Dijo que como el viento soplaba de Levante, la travesía sería muy rápida. Deseoso de aprovechar del mejor modo posible el corto tiempo que esperaba permanecer aún en Gibraltar, resolví visitar las excavaciones, que nunca había visto, al día siguiente por la mañana, para lo cual pedí y obtuve con facilidad el permiso necesario.

A eso de las seis de la mañana del martes partí para esta expedición acompañado de un muchacho judío, de rostro inteligente, que con su hermano desempeñaba en la hostería el oficio de valet de place.

La mañana era obscura y brumosa, pero hacía algo de calor. Subimos una calle en pendiente, y siguiendo en dirección al Este no tardamos en llegar a las proximidades de lo que generalmente se conoce con el nombre de Castillo Moro, vasta torre, tan maltratada por las balas de cañón disparadas contra ella en el famoso asedio, que al presente es poco más que una ruina. Centenares de boquetes redondos se ven en sus muros, donde aún están incrustadas, a lo que se dice, las balas. Allí, en una especie de choza, se unió a nosotros un sargento de artillería, que iba a servirnos de guía. Después de saludarnos nos llevó a una enorme roca, donde abrió la puerta de entrada a un pasadizo abovedado y obscuro, que corría por debajo del peñasco, y al salir del corredor nos encontramos en un escarpado sendero, o más bien escalera, con muros a cada lado. Subimos muy despacio, porque en tal lugar de nada hubiese servido apresurarse, como no fuese para quedarnos sin aliento en un minuto. El soldado, perfecto conocedor del terreno, avanzaba con paso uniforme, puestos los ojos en el suelo.

Miraba yo tanto a ese hombre como el insólito lugar donde a la sazón nos hallábamos, y que a cada momento era más sorprendente. El guía era un hermoso ejemplar del labrador transformado en soldado; el Cuerpo a que pertenecía está compuesto, casi enteramente, de esa clase. Hele ahí, con su mesurado andar, alto, fuerte, colorado, de pelo castaño, inglés hasta la coronilla; contempladle en su marcha, silencioso, grave y cortés: un soldado inglés auténtico. Aprecio la obstinación del escocés; me gustan la osadía y el ímpetu del irlandés; admiro todas las diversas razas que constituyen la población de las Islas Británicas; pero he de decir que, en general, los mejor dotados para desempeñar el duro oficio de soldado son los hijos del campo de la vieja Inglaterra, tan fuertes, tan fríos; pero, al propio tiempo, animados por tanto fuego oculto. Recórrase la historia de Inglaterra, y se pondrá de manifiesto lo que son capaces de hacer tales hombres; aun en los remotos y obscuros tiempos de la batalla de Hastings, contra todas las desventajas posibles, debilitados por un conflicto reciente y terrible, sin disciplina, comparativamente hablando, e inferiores en armamento, estuvieron a punto de vencer a la caballería normanda. Trazad sus hazañas en Francia, dos veces subyugada; y seguidlos hasta España, donde vibrando las ballestas y empuñando el hacha de armas, dejaron tras sí un nombre glorioso en Inglés Mendi, nombre que ha de durar hasta que el fuego consuma los montes cántabros. Y en los tiempos modernos, seguid las hazañas de esos bravos por todo el mundo, especialmente en Francia y España, y admiradlos, como yo admiré a aquel hombre, tan grave, tan silencioso, tan marcial, que iba enseñándome las maravillas de una montaña fortaleza enclavada en tierra extranjera, arrancada por sus compatriotas más de un siglo antes a una nación poderosa y altiva, y de la que era él a la sazón eficaz y fiel guardián.

Llegamos al borde del estupendo precipicio que se alza abrupto sobre el istmo llamado zona neutral y hace una vista pavorosa y fatídica por la parte de España, e inmediatamente entramos en las excavaciones. Consisten en galerías talladas en la roca viva, a unos doce pies de distancia del borde exterior, detrás del cual recorren toda la anchura de la montaña por aquel lado. En esas galerías, a cortas distancias, hay boquetes abiertos por la mano del hombre, donde está el cañón, sobre un limpio basamento de pedrezuelas de pedernal, ligeramente elevado, cada uno con su pirámide de balas a un lado, y al otro una caja donde se guardan los útiles que el artillero necesita para ejercer su oficio. Cada cosa estaba en su sitio, en hermosísimo orden inglés, todo dispuesto para desbaratar y dominar en pocos momentos a toda hueste, por numerosa y soberbia que sea, que por el lado de tierra aparezca marchando en son de guerra contra esa singular fortaleza.

El sitio es poco variado, ya que una gruta se parece a otra, y un cañón a otro. Los cañones no eran de gran calibre, por cierto; aquí no se necesitan, pues un guijarro disparado desde tan gran altura bastaría para dar la muerte. Sin embargo, al descender a una profunda cueva, observé en una cavidad de importancia excepcional dos enormes carronadas, asestadas con notable malicia y picardía contra una roca en pendiente, que acaso, pero no sin dificultad tremenda, podía ser escalada. El simple rebufo de aquellos gruesos cañones bastaba para barrer a un millar de hombres. ¡Qué impresión de miedo y horror se ha de despertar en el pecho del enemigo cuando esta montaña hueca, en días de asedio, emite llamas, humo y truenos por un millar de bocas; horror igual al que siente el campesino de las inmediaciones cuando Mongibello[25] expele por todos sus orificios llamaradas sulfúreas!

Al salir de las excavaciones visitamos algunas baterías. Pregunté al sargento si, tanto él como sus compañeros, estaban diestros en el uso de los cañones. Replicó que los cañones eran para ellos lo que la escopeta para el cazador, que los manejaban con igual facilidad, y, a su parecer, los apuntaban con mayor precisión, pues rara vez, o nunca, marraban un blanco al alcance del tiro. El hombre aquél no hablaba si no se le preguntaba, y sus respuestas estaban llenas de buen sentido, y en general bien dichas. Terminada la excursión, que duró lo menos dos horas, le hice un pequeño regalo y me despedí con un cordial apretón de manos.

Por la tarde me preparaba para ir a bordo del barco destinado a Tánger, confiando en lo que el judío secretario me había dicho respecto de su salida. Pero habiéndole encontrado por casualidad en la calle, me dijo que hasta la mañana siguiente no saldría, aconsejándome al mismo tiempo que estuviese a bordo desde muy temprano. Entonces vagué por las calles hasta que fué haciéndose de noche, y al sentirme cansado me disponía a enderezar mis pasos hacia la posada, cuando sentí que me tiraban suavemente de la ropa. Estaba entre un golpe de gente reunida en torno de unos soldados irlandeses que disputaban, y no hice caso; pero me dieron otro tirón más fuerte que el anterior, y oí que me hablaban en un idioma que tenía medio olvidado, y que casi no esperaba volver a oír jamás. Miré en torno y vi junto a mí un individuo alto que me miraba a la cara, de hito en hito, con ojos escrutadores y ansiosos. Tocábase con el kauk, o gorro de pieles de Jerusalén; pendiente de los hombros, y casi arrastrando por tierra, llevaba un ancho manto azul; mientras una kandrisa, o calzones turcos, envolvían sus remos inferiores. Le escudriñé con tanta atención como él me miraba a mí. Al pronto sus facciones me parecieron totalmente desconocidas, y ya iba a exclamar: «No le conozco a usted», cuando uno o dos rasgos me hirieron, y grité, no sin cierta vacilación: «De seguro es Judas Lib.»

Hallábame en un vapor en el Báltico, el año 1834, si no me equivoco. Lloviznaba, había mar gruesa, cuando observé que un joven, de unos veintidós años, estaba recostado en melancólica actitud contra la borda del barco. Por su rostro conocí que era de raza hebrea, no obstante lo cual había en su aspecto algo muy singular, algo que rara vez se encuentra en esa casta: un cierto aire de nobleza que me interesó grandemente. Me acerqué a él, y a los pocos minutos estábamos en animada conversación. Hablaba polaco y judeo-alemán, indistintamente. La historia que me contó era extraordinaria en sumo grado; pero rendí crédito a todas sus palabras, que salían de su boca con tal acento de sinceridad que prevenía toda duda, y, sobre todo, ningún motivo tenía para engañarme. Una idea, un objeto, le absorbía enteramente.