En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y de bondad.

Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó, y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas. «Paciencia»—dije, y me volví a tierra.

Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del muchacho judío que ya he mencionado.

El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones; éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa. Se encuentra cerca de la cúspide del monte, a muchos cientos de yardas sobre el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos árboles, y también por junto a muchas casitas, agradablemente colocadas entre jardines y ocupadas por los oficiales de la guarnición. Es erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca desnuda y estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados, frescos, vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde.

El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra espalda las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había cesado por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol del mediodía brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde trepábamos se mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que llovía de nuestras sienes; al cabo llegamos a la caverna.

La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas. Lo más notable de la caverna es una columna natural, que se alza como tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para sostener el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a la parte visible de la cueva cierto aspecto bravío y raro, que de otro modo no tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas, y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora. No así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no hay la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que de nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos han dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como templo del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó la singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña que hay enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que anunciasen a los tiempos venideros que había estado allí sin pasar más adelante. Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos, no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene también otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en todas direcciones. De lo que he oído he sacado la opinión de que el interior de la montaña de Gibraltar es como un panal, y apenas me cabe duda de que si la tajaran aparecería llena de abismos tan infernales como las galerías de la cueva de San Miguel. Muchas vidas valiosas se pierden todos los años en tan horribles lugares; pocas semanas antes de mi visita dos sargentos, hermanos, perecieron en la sima del lado derecho de la caverna por haber resbalado a un precipicio cuando estaban a gran profundidad.

El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está pudriéndose en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y asquerosos gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de tan horrible accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna para impedir que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se abandonasen a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó en ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba perezosamente sobre sus goznes.

Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando oyó la voz que decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?»

—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando, contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad.

Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural de Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque estaba alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto. Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja, y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había estado explorando desde muy temprano.