Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si me gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho; gustar no es la palabra, señor.»

El calor era sofocante, como casi invariablemente ocurre en Gibraltar, donde rara vez sopla un poco de aire, abrigado como está de todos los vientos. Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no encontraba excesivo el calor.

—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para recoger algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina del Sur, señor.

—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será usted propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con levita de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado a tomar un aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres hombres, tan sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted, señor?

—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse: suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar de ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los nigerianos pensaban que era el camino más seguro para volver a su país y librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije que si se ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para no separarme de ellos, y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío. ¿Qué opina usted de esto, amigo?

Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba, dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió. Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado, señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente. Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella ciudad, decidió hacer un viaje (el primero) a Europa en su barco; pues, según decía, todos los estados de la Unión los tenía ya visitados, y visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me describió, de un modo tan original como ingenuo, sus impresiones al pasar frente a Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté la historia de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos intentos hizo para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por más que parecía plenamente convencido de mi condición de americano; entre otras cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en Sevilla. Lo que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento del marroquí y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente con los hamales y la irlandesa, la cual le había dicho, según me declaró el americano, que yo era brujo. Por último, tocó el tema de la religión, y habló con gran desprecio de la revelación, declarándose deísta; tenía vehementes deseos de conocer mis opiniones; pero le esquivé de nuevo, contentándome con preguntarle si había leído la Biblia. Dijo que no, pero que conocía muy bien los escritos de Volney y Mirabeau. No respondí, y entonces añadió que no era su costumbre, ni mucho menos, plantear tales cuestiones, y que a muy pocas personas les hubiese hablado con tanta franqueza; pero que yo le había interesado mucho, aunque nuestro conocimiento fuese tan reciente. Repuse que difícilmente habría hablado en Boston de la misma manera que acababa de hablarme a mí, y que bien se conocía que no era de Nueva Inglaterra. «Le aseguro a usted—dijo—que tampoco se me hubiese ocurrido hablar así en Charleston, pues, con tal conversación, no hubiese tardado en tener que hablar para mí solo.»

Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa. Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar.


CAPÍTULO LIV

Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El Haji. — Nos damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco americano. — Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido.