Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios, y quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma es igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso aquellos misteriosos arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué. Sin violencia puede decirse que los dos monumentos están entre sí en la misma relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda es una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con amplitud una investigación laboriosa.
Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un momento y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular pavimentado con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados, sendas galerías con arcos o piazzas, y en el centro una fuente, donde varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca del objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la iglesia pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme en los ojos.
—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una casa de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de Dios debe ser: cuatro muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde se espeja su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No grabarás tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos; a una piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida, Reina de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de días, y del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro conoce al Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que yo.»
Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y una temerosa voz exclamaba a lo lejos: Kapul Udbagh.
Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y distinguí versículos del Corán; era una escuela.
Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a buscar refugio en las olas.
Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo, apenas empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de su ley, y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal libro; mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu ley contiene, ni deseas saberlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu ley propia? Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente: dice que será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de memoria todo el libro de su ley.
Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda, construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba en compañía de un hombre de letras instruidísimo, sobre todo en los clásicos griegos y latinos; también conocía a fondo el imperio berberisco y el carácter moro.
Tras de media hora de conversación, en extremo agradable e instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me había recibido, y el cónsul le dijo en inglés:
—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda mahonesa, y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su regalo; si lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo de ella y aumentará mi inclinación a favorecerla.