Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de azúcar, jabón, manteca y otros artículos varios. Dentro de cada caja, frente al mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba un ser humano con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en la cabeza, y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla, aunque me parece que algunos prescindían por completo de ellos. Empuñaban sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta, agitándolos sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros el millón de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban de posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había pilas de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin cesar: Shrit hinai, shrit hinai[33]. Tales son los tenderos de Tánger, tales sus tiendas.

En medio del soc, sobre las piedras, había pirámides de melones y sandías, y también banastas llenas de otras clases de frutas, expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas, los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban por completo el rostro, mientras el tronco aparecía envuelto en una manta, de la que a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran mujeres moras, todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar por las ojeadas que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban las alas de los sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por pisarles el pan. Todo el soc estaba lleno de gente y abundaban los gritos, bullicios y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía muy temprano, brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que escena tan animada rara vez la habría visto nunca.

Cruzando el soc, entramos en una angosta calle con el mismo género de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada, que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado, una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del cual consistía en un terrado con vistas al patio; por encima de sus bajos muros se descubría un panorama del mar y gran parte de la ciudad. Lo restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada para mí, y que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada extremo del cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la habitación, con el pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres sillas concluían el mobiliario.

Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al pronto puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al terrado donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de cuarenta y cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos habrían sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás las penas, habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes, pero aún era negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para mí: si es verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y apacible. En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis semanas que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia, si antes hubiese dudado de ella.

No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen natural, aunque algo nubladas por la melancolía.

Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un falucho que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al morir, hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el mayor de los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con graves dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos desde la muerte de su marido; pero que la Providencia le había suscitado unos pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul británico; que, además de alquilar habitaciones a viajeros tales como yo, amasaba pan, muy estimado por los moros, y tenía sociedad con un genovés viejo para la venta de licores. Añadió que este último vivía en una de las habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de gran saber, pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo llevándose un dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular las rarezas de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para disponer, según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que me había acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado, fuése.

Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del minúsculo wustuddur; el trato era excelente: te, pescado frito, huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía un mozo judío, alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba Hayim Ben Attar, y que era natural de Fez, de donde sus padres le habían llevado siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la mayor parte de su vida principalmente al servicio de Juana Correa, asistiendo a los que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la comida, hallábame sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación opuesta a la en que me había desayunado varios suspiros, seguidos de muchos lamentos; luego vino un Ave María, gratiâ plena, ora pro me, y finalmente una voz como un graznido cantó:

Gentem auferte perfidam

Credentium de finibus,

Ut Christo laudes debitas