Persolvamus alacriter.
—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que está rezando a su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la noche antes se ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto una imagen de María Buckra[34], delante de la que suele poner un cirio encendido, y por ella no me permite nunca entrar en la habitación. Una vez me sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde entonces, cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el bolsillo al marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le han traído a vivir entre nosotros.
—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar las curiosidades del país.
CAPÍTULO LVI
El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas judías. — La mansión de los esqueletos. — El mozo de cuadra. — Los caballos de los musulmanes. — Dar-dwag.
Hallábame en la plaza del mercado, contemplando una escena muy parecida a la que ya he descrito, cuando se me acercó un moro y trató de proferir unas pocas palabras en español. Era un viejo alto, de facciones enjutas, pero un poco extrañas, y habría podido llamársele bien parecido a no faltarle un ojo, deformidad muy común en el país. Llevaba envuelto el cuerpo en un inmenso haik. Al ver que yo entendía el marroquí, rompió a hablar con inmensa volubilidad, y no tardé en saber que era mahasni. Ponderó largamente las bellezas de Tánger, de donde era natural, según dijo, y al cabo exclamó: «Ven conmigo, sultán mío, y te enseñaré muchas cosas que alegren tus ojos y llenen tu corazón de claridad; fuera una vergüenza para mí, que tengo la ventaja de ser hijo de Tánger, permitir que un extranjero, llegado de una isla del gran mar, como dices tú que vienes, con propósito de ver esta bendita tierra, se estuviese aquí en el soc sin nadie que le guíe. ¡Por Alá, no será así! Hagan sitio a mi sultán, hagan sitio a mi señor», prosiguió, abriéndose camino a empellones a través de una turba de hombres y chicos reunida en torno nuestro; «a su alteza le place venir conmigo; por aquí, mi señor, por aquí»; y emprendió el camino colina arriba, andando con tremendo compás, y hablando aún más de prisa.
—Esta calle—dijo—es el Siarrin, y no hay en Tánger otra que se le parezca; observa qué ancha es, casi como la mitad del mismo soc; aquí están las tiendas de los mercaderes más importantes, donde se vende toda clase de artículos preciosos. Observa a esos dos hombres: son argelinos, y buenos musulmanes; huyeron de Zair[35] cuando lo conquistaron los nazarenos, no por fuerza de armas, no por su valor, como ya puedes suponer, sino con oro; los nazarenos sólo conquistan con oro. El moro es bueno, el moro es fuerte, ¿quién tan bueno ni tan fuerte como él?; pero no pelea con oro, y por eso perdió a Zair. Repara en esos dos hombres sentados en los bancos junto a esos porches: son makhasniah, cofrades míos. Mira la blancura de sus haiks, la blancura de sus turbantes. ¡Oh, si pudieras ver sus espadas en día de guerra, qué brillo, qué brillo el suyo! Ahora no llevan espadas. ¿Para qué llevarlas? ¿No está la tierra en paz? ¿Ves a ese de la tienda de enfrente? Es el Pachá de Tánger, el Hamed Sin Samani, sotapachá de Tánger; el primer pachá, mi señor, está de viaje; que Alá le otorgue un feliz regreso. Sí; ese es Hamed; ahí está en su hanutz[36] como si no fuera nada más que un comerciante; sin embargo, la vida y la muerte están en su mano. Ahí distribuye justicia, al mismo tiempo que vende esencia de rosa y cochinilla, pólvora de cañón y azufre; pero estos últimos los vende por cuenta de Abderrahmán, el sultán, mi señor, pues nadie puede vender en esta tierra pólvora y azufre en polvo más que el sultán. Si deseas comprar attar del mar, si deseas comprar esencia de rosas, debes ir al hanutz de Sin Samani, pues sólo allí la encontrarás pura; no te la venderá cualquier moro, sino sólo Hamed. ¡Que Alá le bendiga! Mis hermanos los makhasniah esperan sus órdenes, porque dondequiera que el Pachá se instala, hay sala de justicia. Mira, ahora estamos enfrente del bazar; más abajo de esa puerta que ves, está el patio del bazar; ¿qué no encontrarás en el bazar? Sedas de Fez, ahí las tienes; y si deseas sibat, si deseas babuchas para los pies, búscalas ahí, donde también se venden cosas muy curiosas que vienen de las ciudades de los nazarenos. En esas casas grandes a nuestra izquierda, viven los cónsules nazarenos; ya has visto muchas así en tu tierra; por tanto, ¿para qué pararse a mirarlas? ¿No te admira esta calle del Siarrin? Cuanto entra o sale de Tánger por el lado de tierra, pasa por esta calle. ¡Oh, las riquezas que por ella pasan! Mira qué larga hilera de camellos: veinte, treinta, una cáfila completa que baja la calle. Wullah![37] Conozco estos camellos, conozco al conductor. Buenos días, ¡oh Sidi Hassim! ¿Cuántos días habéis tardado desde Fez? Ahora hemos llegado a la muralla, vamos a pasarla por esta puerta. Esta puerta se llama Bab del Faz; ahora estamos en el Soc de Barra.
El Soc de Barra es un espacio abierto, fuera de la muralla de Tánger, en su parte más elevada, sobre la falda de la colina. El terreno es irregular y escarpado; pero hay algunos sitios regularmente nivelados. En aquel sitio se celebra todos los jueves y lunes por la mañana una especie de feria, en razón de lo cual es llamado Soc de Barra o mercado de afuera. Aquí y allá, cerca del foso de la ciudad, hay unas cavidades subterráneas, con pequeños orificios, aproximadamente como el del cañón de una chimenea, cubiertos de ordinario con una losa, o rellenos con paja. Son los graneros, donde se guarda el trigo, la cebada y otros granos destinados a la venta. A una mano hay dos o tres toscas chozas, o más bien cobertizos, debajo de los cuales vigilan los guardianes del trigo. Es muy peligroso pasar por aquella colina de noche, una vez cerradas las puertas de la ciudad, pues a esa hora se da suelta a muchos perros, fieros y grandes, que con toda seguridad derribarían y quizá destrozarían a cualquier desconocido que se acercase por allí. A la mitad de la subida de la colina, se ven cuatro muros blancos, que cierran un espacio como de diez pies cuadrados, donde descansan los huesos de Sidi Mokhfidh, famoso santo que murió hará unos quince años. Allí termina el soc; lo restante del monte se llama El Kawar, o lugar de las tumbas, porque es el sitio donde comúnmente se entierra; los sitios donde reposan los muertos están cuidadosamente señalados por unas pocas piedras que forman un circuito oblongo. Cerca de Mokhfidh duerme Sidi Gali; pero el santo principal de Tánger yace enterrado en lo alto del monte, en el centro de una breve explanada. Una linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su honor, adornada generalmente con banderas de varios colores. El nombre de este santo es Mohammed el Haji, y en Tánger y sus cercanías se tiene su memoria en la mayor veneración. Su muerte acaeció en los comienzos de este siglo.
Estos detalles los recogí en aquel momento o en subsiguientes ocasiones. En el lado norte del soc, cerrado por la ciudad, hay un muro con una puerta.