—Ven—dijo el viejo mahasni haciendo una indicación con la mano—, ven y te enseñaré el jardín de un cónsul nazareno.

Crucé la puerta en su seguimiento, y me hallé en un espacioso jardín, dispuesto al modo europeo, y plantado de limoneros, perales y diversos géneros de arbustos olorosos. Era visible, no obstante, que el principal orgullo del propietario eran las flores, de que había muchos macizos. La casa de verano era muy buena; el arte había agotado sus recursos para que allí no faltara nada.

Una cosa, empero, se echaba de menos, y su ausencia era singularmente notable en un jardín en tal época del año: apenas se veía una hoja. La plaga más espantosa de las que devastaron a Egipto, se cebaba entonces en estas partes de Africa: la langosta hacía su obra, y en ningún lugar con tanta furia como en el sitio donde yo me hallaba. Todo estaba arrasado en torno. Los árboles, pelados y negruzcos como en invierno. No había nada verde, salvo las frutas, sobre todo las uvas, que en bravos racimos colgaban de las parras; porque la langosta no toca los frutos mientras queda una hoja por devorar. Conforme recorríamos los paseos, los horribles insectos, volando en todas direcciones, tropezaban con nosotros, y perecían a centenares bajo nuestros pies.

—Mira las ayanas—dijo el viejo mahasni—y óyelas comer. Poderosa es la ayana, más poderosa que el sultán y que el cónsul. Todos sus makhasniah que el sultán enviase contra la ayana, y a mí con ellos, la ayana diría ¡ja, ja! Poderosa es la ayana. No se asusta del cónsul. Hace pocas semanas el cónsul dijo: «Yo puedo más que la ayana, y voy a extirparla del país.» Así, fué proclamando por la ciudad: «Tangerinos, apresuraos a luchar contra la ayana, destruidla en el huevo; sabed que a todo el que me traiga una libra de huevos de ayana le daré hasta cinco reales de España; este año no habrá ayanas.» Así, todo Tánger se precipitó a luchar contra la ayana, y a recoger los huevos que la ayana había dejado a incubar debajo de la arena en las vertientes de los montes, y en los caminos, y en el llano. Mi propio hijo, que tiene siete años, fué a combatir la ayana, y él solo recogió cinco libras de huevos, huevos que la ayana había dejado bajo la arena, y se los llevó al cónsul, y el cónsul pagó el precio. Centenares de personas llevaban huevos al cónsul, quién más, quién menos, y el cónsul pagaba el precio, y en menos de tres días la caja de caudales del cónsul se quedó exhausta. Entonces exclamó: «Cesad, tangerinos; quizás hemos destruído la ayana, quizás hemos acabado con ellas.» ¡Ja, ja! Mira alrededor, y encima de ti, y debajo, y dime si el cónsul ha destruído la ayana. ¡Oh! ¡Es muy fuerte la ayana! Más que el cónsul, más fuerte que el sultán y todos sus ejércitos.

No estará de más hacer notar que de allí a una semana todas las langostas desaparecieron, nadie sabía cómo, y sólo quedaron unas pocas rezagadas. A no ser por esa liberación providencial, los campos y huertos de los alrededores de Tánger habrían quedado por completo devastados. Los insectos eran de inmenso tamaño y de aspecto repulsivo.

Pasamos después al otro lado del soc, donde están las chozas de los guardianes. Allí se abre una especie de calleja que desciende hasta la orilla del mar; es muy pendiente y escarpada, y parece una rambla o barranco. Sus dos márgenes están cubiertas por el árbol que produce el higo espinoso, llamado en marroquí kermous del Ynde. En el aspecto de ese árbol o planta, pues no sé cómo llamarlo, hay algo de grotesco y agreste. Su tronco, aunque a menudo alcanza el grosor del cuerpo humano, no tiene copa, pues a muy corta distancia del suelo se divide en muchas ramas retorcidas que se esparcen en todas direcciones, y echan hojas verdes muy extrañas, con pulgada y media de espesor, que si se parecen a algo es a las aletas anteriores de una foca, y se componen de muchas fibras. El fruto, que se parece un poco a la pera, tiene un áspero tegumento cubierto de menudas espinas, que penetran instantáneamente en la mano que las toca y con dificultad se extraen. No recuerdo haber visto nunca vegetación de más vigorosa lozanía que la de aquellas higueras, ni, en conjunto, un lugar más extraño.

—Sígueme—dijo el mahasni—y te enseñaré una cosa que te va a gustar.

Volvimos hacia la izquierda caminando por un angosto sendero, cuesta arriba, hasta llegar a la cúspide de un cerrillo, separado por un profundo foso de la muralla de Tánger. El terreno estaba densamente cubierto por los arboles ya descritos, que esparcían sus singulares ramas por la superficie, y cuyas gruesas hojas aplastábamos con los pies al andar. Entre ellas descubrí gran número de piedras mohosas tendidas horizontalmente, y con tosquedad grabados en ellas unos caracteres extraños que me bajé a contemplar.

—¿Eres bastante talib para leer esos signos?—exclamó el viejo moro—. Son letras de los malditos judíos; este es su mearrah, como ellos lo llaman, y aquí entierran a sus muertos. Los insensatos confían en Muza en lugar de creer en Mohammed; sus muertos arderán perdurablemente en jehinnim. Mira, sultán mío, qué fértil es el suelo del mearrah de los judíos; mira qué kermous se crían aquí. Siendo yo chico venía muchas veces al mearrah de los judíos a comer kermous cuando estaban maduros. A los chicos musulmanes de Tánger les gustan los kermous del mearrah de los judíos; pero los judíos no los cogen. Dicen que el agua de los manantiales que alimentan las raíces de estos árboles pasa entre los cuerpos de sus muertos, y que por ese motivo es una abominación comer esa fruta. Sea verdad o no, lo cierto es que, aliméntense de lo que se quiera, buenos son los kermous que se crían en el mearrah de los judíos.

Volvimos a la calleja por el mismo sendero que habíamos traído; según bajábamos dijo el moro: