—Has de saber, sultán mío, que este sitio donde estamos, y que tanto te gusta, se llama Dar-sinah[38]. Me preguntarás por qué lleva tal nombre, pues no ves aquí ni casa ni ser humano, musulmán, nazareno o judío, fuera de nosotros dos; yo te lo diré, sultán mío; ¿quién mejor? Sabe, si no lo llevas a mal, que no siempre ha sido Tánger lo que es ahora, ni ha ocupado el lugar que ahora ocupa. Estuvo allá lejos (señalando hacia el Este), en aquellos cerros sobre la costa, y aún se ve allí ruinas de casas, y el sitio se llama Tánger la Vieja. De suerte que en tiempos antiguos, según tengo oído contar, este Dar-sinah era una calle, no hace al caso si dentro o fuera de los muros, donde residía gente de todos los oficios: orífices, plateros, herreros, hojalateros y artesanos de todas clases. Si deseabas encargar una obra, no tenías más que ir al Dar-sinah y al instante encontrabas un maestro del oficio que buscabas. Dice mi sultán que le gusta la vista de Dar-sinah tal como hoy está; no sé por qué, la verdad, sobre todo no estando maduros todavía los kermous, que no se pueden comer. Si ahora le gusta Dar-sinah, ¿cómo le hubiera gustado a mi sultán en otros tiempos, cuando esto estaba lleno de oro y plata, de hierro y estaño, del estruendo de los martillos y de maestros y gentes entendidas en sus oficios? Ahora llegamos al Chali del Bahar[39]. Ten cuidado, mi sultán; andamos sobre huesos.

Habíamos salido del Dar-sinah y teníamos delante la costa; en un instante nos hallamos en medio de una multitud de huesos de toda clase de animales, y aparentemente de todas fechas; algunos blanqueados por el tiempo y la exposición al sol y al aire, mientras otros conservaban aún carne fresca adherida; había allí esqueletos enteros, caballos, asnos, y hasta los restos, menos conocidos, de un camello. Perros flacos andaban allí atareados gruñendo, royendo, desgarrando; en medio de ellos, sin intimidarse, avanzaba con majestad el buitre, cebándose, ansioso, en los despojos, y hasta disputándoselos a las bestias; mientras los cuervos revoloteaban sobre ellos y graznaban ávidamente, o se posaban a veces sobre alguna costilla enhiesta.

—Mira—dijo el mahasni—el kawar de los animales. Mi sultán ha visto el kawar de los musulmanes y el mearrah de los judíos, y aquí ve el kawar de los animales. Todos los animales que mueren en Tánger por mano de Dios—caballo, perro o camello—se traen a este sitio, y aquí se pudren o los devoran las aves del cielo y los animales fieros que merodean en el chali. Ven, sultán mío; no es bueno detenerse en este lugar.

Nos disponíamos a marcharnos cuando oímos un galope por el Dar-sinah, y al momento un caballo y un jinete se precipitaron a toda velocidad de la boca de la calleja y aparecieron en la playa; el caballero, cuando nos vió, refrenó con trabajo el corcel y vino a nosotros. El caballo era pequeño, pero bonito: alazán, con crines y cola largas; si le hubiesen tenido con los ojos vendados, quizás se le hubiera confundido con una jaca cordobesa; era ancho de pechos, redondo de grupa, tan corpulento y lustroso como los caballos de esa raza; pero bastaba mirarle a los ojos para salir al instante del error; sus inquietas pupilas despedían impetuoso e indómito fuego, y lejos de mostrar la docilidad de aquel noble y leal animal, manoteaba a veces furiosamente, y apenas si el duro freno y un brazo recio bastaban para impedir que emprendiese de nuevo su precipitada carrera. El jinete era un joven de unos diez y ocho años, vestido a la europea, con una gorra de montero en la cabeza; era de constitución atlética, pero con extremidades en exceso largas, pues tal como iba a caballo, sin estribos ni silla, los pies casi le llegaban al suelo; su tez era casi tan morena como la de un mulato, y hermosas sus facciones, sobre todo los ojos, pero llenos de una expresión audaz y perversa, y había en su boca una desagradable mueca sensual. Dirigió algunas palabras al mahasni, a quien parecía conocer mucho, preguntándole quién era yo. El viejo respondió:

—Oh, judío: mi sultán entiende nuestra lengua; lo mejor será que te dirijas a él.

Entonces el joven me habló en árabe; pero casi al momento abandonó esa lengua y pasó a hablar en regular francés.

—Supongo que será usted francés—dijo con mucha familiaridad—. ¿Estará usted mucho tiempo en Tánger?

Oída mi respuesta, continuó:

—Siendo usted inglés, tendrá, sin duda, afición a los caballos; por tanto, cuando desee dar un paseo yo le acompañaré a usted y le procuraré caballos. Me llamo Ephraim Fragey; soy mozo de cuadra del cónsul napolitano, que se jacta de poseer los mejores caballos de Tánger; montará usted el que más le guste. ¿Le gustaría a usted probar este pequeño aoud?[40]

Le di las gracias; pero rehusé su oferta por el momento, y le pregunté cómo había adquirido el idioma francés, y por qué, siendo judío, no vestía como sus hermanos.