—Estoy al servicio de un cónsul—dijo—, y mi amo obtuvo permiso para que pudiera vestirme de este modo; y en cuanto a hablar el francés, he estado en Marsella y en Nápoles en un viaje que hice a esta última ciudad para llevar unos caballos regalo del sultán. Además del francés hablo el italiano.
Entonces se apeó, y teniendo el caballo firmemente por la brida con una mano, empezó a desnudarse, y, habiéndolo hecho, montó de nuevo y se metió a caballo en el agua. La piel de su cuerpo era de color muy semejante a la de una rana o de un sapo; pero su forma era la de un joven titán. El caballo entró en el agua de muy mala gana, y a corta distancia de la orilla empezó a luchar con el jinete, a quien tiró dos veces; pero el mozo, agarrado a la brida, retuvo al animal. Como todos sus esfuerzos resultaban inútiles para llevarlo más adentro, se puso a lavarlo vigorosamente con sus propias manos, y después, guiándolo a tierra, se vistió y fuése por el camino que había traído.
—Los caballos de los musulmanes son buenos—dijo mi amigo el viejo—. ¿Dónde los encontrarás iguales? Son capaces de bajar al galope por una montaña pedregosa sin caer ni tropezar; pero has de ser precavido con los caballos de los musulmanes y tratarlos con bondad, porque los caballos de los musulmanes son orgullosos, y no les gusta ser esclavos. De potros, al montarlos por primera vez, no los maltrates la boca con el freno, pues si tal haces, de seguro te matarán; tarde o temprano perecerás bajo sus cascos. Buenos son nuestros caballos y buenos nuestros jinetes; sí por cierto; excelentes son los musulmanes montando a caballo. ¿Quién hay que se les parezca? Una vez vi yo a un jinete franco competir con un musulmán en esta playa, y a lo primero el franco sacó mucha ventaja y pasó al musulmán; pero la carrera era larga, muy larga, y el caballo del franco, que era franco también, jadeaba; pero el caballo del musulmán no jadeaba, porque era también musulmán, y al cabo el jinete musulmán lanzó un grito y el caballo se lanzó adelante y alcanzó al caballo franco, y entonces el jinete musulmán se puso cabeza abajo sobre la silla, que en verdad estos ojos lo vieron, y cabeza abajo sobre la silla iba al pasar al jinete franco, y gritaba ¡ja, ja! cuando pasaba al jinete franco, y el caballo musulmán gritaba ¡ja, ja! al pasar al corcel franco, y el franco perdió por mucha distancia. Buenos son los francos, buenos sus caballos; pero mejores son los musulmanes y mejores los caballos de los musulmanes.
Dirigimos después nuestros pasos hacia la ciudad; pero no por el sendero que habíamos traído; volviendo hacia la izquierda, por bajo de la colina del mearrah, y a lo largo de la playa, no tardamos en llegar a un camino toscamente empedrado, de áspera subida, que costeaba los muros de la ciudad hasta llegar a una puerta, delante de la cual, a un lado, había algunos hoyos pequeños, como tumbas, llenos de agua o cal.
—Este es el Dar-dwag[41]—dijo el mohasni—; esta es la casa de la corteza, y a esta casa se traen las pieles; todas las que se preparan para usarlas en Tánger se traen a esta casa, y aquí las curten con cal, corteza y hierbas. En este Dar-dwag hay ciento cuarenta fosas; yo mismo las he contado; y había más, que ya no existen, porque esto es muy antiguo. Estas fosas las alquila, no una ni dos personas, sino mucha gente, y todo el que se pone en lista puede arrendar una de las fosas y curtir las pieles que necesite; pero el propietario de todo es un hombre solo, llamado Cado Ableque. Y ahora, sultán mío, que has visto la casa de la corteza, no te enseñaré nada más por hoy, porque hoy es Youm al jumal,[42] y las puertas van a cerrarse dentro de un momento, mientras los musulmanes cumplen sus devociones. De modo que acompañaré a mi sultán a su alojamiento, y allí le dejaré por el momento.
Traspusimos, por consiguiente, una puerta, y, remontando una calle, nos encontramos ante la mezquita junto a la que yo había estado por la mañana; y uno o dos minutos más tarde estábamos a la puerta de Juana Correa. Entonces le ofrecí a mi guía una moneda de plata en pago de sus servicios; pero, irguiéndose, exclamó:
—No tomaré la plata de mi sultán, porque considero que no he hecho nada que lo merezca. Aún no hemos visitado todas las maravillas de esta bendita ciudad. En un día futuro llevaré a mi sultán al palacio del gobernador, y a otros sitios que mi sultán se alegrará de ver; y cuando hayamos visto todo lo que se puede ver, y mi sultán esté contento de mí, si alguna vez me ve en el soc una mañana con la canasta en la mano, y no ve nada en la canasta, entonces mi sultán estará en libertad, como amigo, para poner en mi canasta unas uvas, o pan, o pescado, o carne en mi canasta. Eso no lo rehusaré de mi sultán cuando haya hecho por él más de lo que hasta ahora he hecho. Pero la plata de mi sultán no la tomaré ahora ni nunca.
Luego me hizo un gracioso saludo con la mano, y fuése.