Un trío singular. — El mulato. — La oferta de paz. — Moros de Granada. — Vive la Guadeloupe! — Los moros. — Pascual Fava. — La argelina ciega. — La retreta.
Cuando entré había tres hombres sentados en el wustuddur de Juana Correa, todos de insólita catadura, aunque quizás nunca se habían juntado otros tres más diferentes entre sí en todos sentidos. El primero a quien le eché la vista era un hombre de unos sesenta años, vestido con una casaca de cachemira gris, de faldones cortos; chaleco amarillo, y calzones anchos de tela basta; se tocaba con un sombrero de paja ancho y muy sucio, y en la mano tenía un recio bastón con puño de marfil; eran sus ojos legañosos, bizcos; la faz rubicunda, y la nariz carbuncosa. Junto a él estaba un negro de buen parecer, que acaso resultaba más negro de lo que realmente era por la circunstancia de ir vestido con chaqueta, chaleco y pantalón de lienzo de inmaculada blancura. Tocábase con una gorra de montero, azul. Sus ojos chispeaban como brillantes, y en su rostro había una indescriptible expresión de buen humor y burla. El otro individuo era mulato, y, con mucho, el tipo más notable del grupo; podía estar entre los treinta y los cuarenta; largo de cuerpo, y aunque mal proporcionado, con todas las apariencias de ser fuerte y vigoroso. Envolvíase en un ferioul de lana roja, especie de vestidura que llega hasta más abajo de las caderas. Sus brazos, largos, velludos, musculosos, mostrábanse desnudos desde el codo, donde las mangas del ferioul terminan; sus extremidades inferiores eran cortas, en comparación con el cuerpo y los brazos; cubríase en parte las piernas con una kandrisa azul que le llegaba a las rodillas; sus facciones eran muy feas, de extremada y repulsiva fealdad, y tuerto de un ojo, velado por una telilla blanca. A su lado yacía en el suelo una cuba grande, de las de llevar agua; y a veces, sosteniéndola con el índice y el pulgar, la hacía dar vueltas sobre su cabeza como si fuera un cuartillo. Tal era el trío que ocupaba el wustuddur de Juana Correa; y apenas había tenido tiempo de observar lo que dejo recordado, cuando la buena mujer entró, de vuelta del corral de la casa, con su doncella Johar, o la perla, muchacha judía, gorda y fea, con un inmenso lunar en la mejilla.
—Que Dios remate tu nombre—exclamó el mulato—, Juana, y también el de tu sirvienta Johar. Hace más de quince minutos que estoy sentado aquí, después de verter en la tinaja el agua que he traído de la fuente, y en vano he esperado una palabra amable de parte de usted o de Johar. Usted no tiene modo, ni Johar tampoco. Esta es la única casa de Tánger donde no se me recibe con el cariño y respeto debidos, a pesar de que he hecho por ustedes lo que por ninguna otra persona. ¿No os he llenado de agua la tinaja, cuando otros se han quedado sin una gota? ¿No tenéis agua bastante para fregar el wustuddur, mientras el cónsul y su intérprete no la tienen para apagar la sed? Y ¿qué pago se me da? Cuando llego aquí, a la hora de más calor, no tienen para mí una palabra amistosa, ni siquiera me ofrecen una copa de makhiah. ¿Necesito recordar todo lo que hago por usted? Sí, por cierto; ya que usted no tiene modo. ¿No vengo todas las mañanas, a las tres en punto, y llamo a la puerta, y usted se levanta y me abre, y amaso luego el pan a su presencia, mientras usted sigue acostada, y no tiene fama el pan de usted de ser el mejor de Tánger porque lo amaso yo? ¿No soy el hombre más forzudo de Tánger y también el más noble?
Al decir esto, blandió la cuba sobre su cabeza y su rostro tomó una expresión casi demoníaca.
—Óyeme, Juana—continuó—; ya sabes que soy el hombre más forzudo de Tánger, y por milésima vez te repito que soy el más noble. ¿Quiénes son los cónsules? ¿Quién es el pachá? Ahora son cónsules y pachá; pero ¿quiénes fueron sus padres? Yo no lo sé, ni ellos tampoco. ¡Pero no ignoro quiénes fueron los míos! ¿No eran moros de Garnata, y no soy, merced a eso, el hombre más considerable de Tánger? Sí; desciendo de los antiguos moros de Granada; mi familia vivió allí hasta que los nazarenos ganaron la ciudad, y ahora soy el único de esa casta que queda en esta tierra, y más noble que el sultán, porque el sultán no tiene sangre de los moros de Garnata. ¿Se ríe usted, Juana? ¿También se ríe Johar? ¿No soy yo Hammin Widdir, el hombre más valido de Tánger? ¿No es verdad que llevo sangre de los moros de Garnata? ¡Niégalo, y os mato a las dos!
—Has comido hsheesh[43] y majoon,[44] Hammin—dijo Juana Correa—y tienes el Shaitan[45] en el cuerpo, como te ocurre demasiadas veces. He tenido mucho que hacer, y Johar también; por eso no hemos venido a hablarte antes; pero ma ydoorshee,[46] ya sé cómo tranquilizarte; ¿quieres un poco de ginebra compuesta o un vaso de makhiah[47] corriente?
—¡Así rebose tu vida, oh Juana—dijo el mulato—, y también la de Johar! Digo que ojalá vivas muchos años, sin trabajos ni amarguras. Tomaré la ginebra, Juana, que es más fuerte que el makhiah, que siempre me parece agua; no me gusta el agua, aunque la porteo. Muchas gracias, Juana. A tu salud y a la de esta buena compañía.
Tomó un gran vaso, lleno hasta los bordes, que le alargó Juana; se lo acercó a las narices, aspiró el aroma, y aplicándoselo a la boca, no lo despegó de ella hasta apurar la última gota. Sus facciones poco a poco se dilataron, perdiendo la expresión colérica, y miró con especial ternura a Juana. Al cabo, dijo:
—Espero que dentro de poco tiempo, oh Juana, te convencerás de que soy el hombre de más fuerza de todo Tánger, y vástago de los moros de Garnata, y que ya ni tú ni Johar os negaréis a tomarme por marido y a haceros moras. ¡Qué gloria para ti, después de haber estado casada con un genoví[48] y dado a luz unos cuantos genovillos, recibir por marido a un moro como yo y darle hijos de la sangre de Garnata! ¡Y qué gloria, además, para Johar! ¡Cuánto mejor que casarse con un vil judío, aun como Hayim Ben Attar, o como Sabio, vuestro cocinero, a quienes puedo estrangular con dos dedos: para algo soy Hammin Widdir, moro de Garnata, el hombre más valido de Tánger!
Dicho esto, se echó la cuba al hombro y fuése.