—¿Es verdad lo que dice ese mulato?—pregunté a Juana—. ¿Desciende de los moros de Granada?

—Siempre que está tomado de aguardiente o de majoon habla de los moros de Granada—interrumpió, en francés bastante malo, el viejo antes descrito, y con la misma voz de rana que por la mañana oí cantar—. Sin embargo, puede que sea verdad; si no hubiera oído decir algo de eso a sus padres, a él no se le hubiera ocurrido tal cosa, porque es muy bestia. Como digo, no es imposible: muchas familias granadinas se establecieron aquí cuando los cristianos se apoderaron de la ciudad, pero la mayoría se fué a Túnez. Cuando estuve allí, me alojé en casa de un moro que se llamaba Zegrí, y no hacía más que hablar de Granada y de las cosas que sus antepasados habían hecho allí. Además se pasaba horas enteras cantando romances, de los que, alabada sea la Madre de Dios, yo no entendía palabra, pero, a creerle, se referían todos a su familia; personas de ese nombre las había en Túnez a centenares; ¿por qué, pues, ese Hammin, ese aguador borracho, no podría ser un moro granadino? ¡Es lo bastante feo para ser emperador de toda la morería! ¡Oh, canaille maldita! Por mal de mis pecados, he vivido con ellos ocho años, en Orán y aquí. Monsieur, ¿no le parece a usted muy dura suerte para un viejo como yo, que soy cristiano, tener que vivir con una raza que no conoce a Dios, ni a Cristo, ni ninguna cosa santa?

—¿Qué significa eso de que los moros no conocen a Dios?—exclamé—. No hay pueblo en el mundo que tenga nociones más sublimes acerca del Dios eterno e increado que el pueblo moro; ni que haya mostrado mayor celo por Su honor y gloria; su mismo celo por la gloria de Dios ha sido y es el principal obstáculo para su conversión al cristianismo. Temen comprometer Su dignidad admitiendo que Dios haya accedido nunca a hacerse hombre. Y sus ideas con respecto al mismo Cristo son mucho más justas que la de los papistas: dicen los moros que es un profeta poderoso, mientras, según los papistas, o es un pedazo de pan o un niño desvalido. En muchos puntos de religión, los moros yerran, yerran pavorosamente; pero los papistas, ¿yerran menos? Una de sus prácticas los coloca inmensurablemente por debajo de los moros, a ojos de cualquier persona sin prejuicios: adoran los ídolos, ídolos cristianos si usted quiere, pero ídolos al fin, objetos esculpidos en madera, o piedra, o metal; y a esos objetos, que no pueden oír, ni hablar, ni sentir, acuden esperanzados en demanda de favor.

Vive la France, vive la Guadeloupe!—dijo el negro, con buen acento francés. En Francia y en Guadalupe no hay superstición, y se hace tanto caso de la Biblia como del Korán; ahora estoy aprendiendo a leer, para poder entender los escritos de Voltaire, quien, según dicen, ha probado que ambos libros fueron escritos con la sola intención de engañar a la humanidad. O, vive la France! ¿Dónde va usted a encontrar país más ilustrado que Francia? ¿Ni más abundante en todo? No hay más que otro en el mundo: la Guadalupe. ¿No es así, Monsieur Pascual? ¿Ha estado usted alguna vez en Marsella? Oh, quel bon pays est celui-là pour les vivres, pour les petits poulets, pour les poulardes, pour les perdrix, pour les perdreaux, pour les alouettes, pour les bécasses, pour les bécassines, enfin, pour tout.

—Dispense, señor, ¿es usted cocinero?—pregunté.

Monsieur, je le suis pour vous rendre service, mon nom c’est Gerard, et j’ai l’honneur d’être chef de cuisine chez monsieur le consul Hollandais. A present je prie permission de vous saluer; il faut que j’aille à la maison pour faire le dîner de mon maître.

A las cuatro fuí a comer con el cónsul británico. Otros dos caballeros ingleses estaban presentes, llegados a Tánger desde Gibraltar unos diez días antes para una excursión breve, y que se veían detenidos más de lo que deseaban por el viento Levante. Conocían ya las principales ciudades de España, y se proponían pasar el invierno en Sevilla o Cádiz. Uno de ellos, Mr. ——, me produjo la impresión de ser uno de los hombres más notables con quien había hablado en mi vida; no viajaba por divertirse, ni movido por la curiosidad, sino meramente con la esperanza de hacer el bien, sobre todo mediante la conversación. El cónsul me preguntó en seguida mi parecer sobre los moros y el país. Díjele que cuanto llevaba visto de unos y otro me agradaba en extremo. Repuso que si viviera diez años entre ellos, como él había vivido, ya cambiaría de opinión; que no había en el mundo pueblo más falso ni cruel, ni Gobierno más abyecto, con quien era casi imposible que ninguna Potencia extranjera mantuviese relaciones amistosas, por la constante mala fe de su proceder y su desprecio de los Tratados más solemnes; que las propiedades e intereses británicos sufrían a diario expoliaciones y destrozos, y los súbditos británicos vejaciones inauditas, sin la más ligera esperanza de satisfacción como no se recurriese a la guerra, único argumento asequible a los moros. Añadió que a fines del año anterior se perpetró en Tánger un asesinato horrible: una familia genovesa, compuesta de tres individuos, súbditos británicos, y con derecho a la protección de la bandera inglesa, fué exterminada. Fueron descubiertos los asesinos, y el principal de todos estaba preso; pero todos los esfuerzos hechos para que se le impusiera el castigo correspondiente habían sido hasta entonces inútiles, porque era moro, y las víctimas, cristianos. Por último, me advirtió que no saliera de la ciudad sin que me acompañase un soldado, y se ofreció a proporcionarme uno cuando lo deseara, porque de otro modo corría grave peligro de ser maltratado o asesinado por los moros del interior; me citó el ejemplo de un oficial británico asesinado en la playa, no mucho tiempo antes, por la sola razón de ser nazareno y de ir vestido a la europea. Al cabo, llevó la conversación a la propaganda del Evangelio, y oí con satisfacción que, durante su permanencia en Tánger, había distribuido considerable cantidad de Biblias entre los naturales que hablaban árabe, y que muchos hombres doctos, o talibs, habían leído con gran interés el volumen sagrado, y que esa propaganda, hecha, es cierto, con mucha precaución, no había suscitado ningún sentimiento de disgusto ni enojo. Me preguntó, finalmente, si me proponía difundir la Biblia entre los moros.

Contesté que no tenía medio de hacerlo, porque no poseía ni un solo ejemplar de la Biblia en lengua o en caracteres árabes, y que los pocos Testamentos que llevaba conmigo estaban en español y los destinaba a los cristianos de Tánger, a quienes podían ser útiles, porque todos entendían ese idioma.

Por la noche estuve sentado en el wustuddur de Juana Correa en compañía de Pascual Fava, el genovés. El tema favorito de la conversación del viejo era la religión; profesaba amor sin límites al Salvador, y profunda gratitud por su milagrosa expiación de las culpas de la Humanidad. Le hubiera escuchado con gusto a no ser porque olía mucho a alcohol, y porque ciertas incoherencias de lenguaje y violencia en las maneras denotaban que era víctima de la bebida. De pronto aparecieron en la puerta dos individuos: uno era un muchacho moro, como de diez años de edad, desnudas las piernas y la cabeza, vestido con una gelaba. Guiaba por la mano a un viejo, en quien reconocí en el acto a uno de los argelinos, uno de los musulmanes buenos que el mahasni[49] había elogiado tanto aquella misma mañana mientras remontábamos la calle de Siarrin. Era muy bajito, y sucio en el vestir; hirsuta barba blanca cubríale la parte inferior del rostro; usaba gafas, muy anchas, que debían de serle poco útiles, pues no podía dar un paso sin la ayuda del guía. Ambos avanzaron un poco en el wustuddur, y se detuvieron. En cuanto los vió Pascual Fava se levantó con presteza y aire jovial, y apoyándose en el bastón, porque tenía una pierna impedida, se acercó cojeando a un anaquel, tomó una botella y llenó un vaso de vino, mientras cantaba en el español corrompido que usan los moros de la costa:

Argelino,