Eppie se había estremecido con violencia y se puso intensamente pálida. Silas, por el contrario, se sintió aliviado por la respuesta de Eppie del terrible temor de que sus intenciones fueran opuestas a las de su hija. Sintió que el espíritu de resistencia se había pronunciado en él, no sin provocar, sin embargo, un ligero movimiento de cólera paternal.

—Entonces, señor—respondió con un acento de amargura que había quedado callado en su alma desde el día memorable en que habían quedado destruidas las esperanzas de su juventud—; entonces, señor, ¿por qué no dijisteis eso hace diez y seis años? ¿Por qué no la reclamasteis antes de que llegase a quererla, en lugar de venir a tomármela en este momento? Lo mismo podríais quererme arrancar el corazón del pecho. Dios me la dio porque vos la abandonasteis como hija; no tenéis ningún derecho sobre ella. Cuando un hombre aleja un bien de su puerta, ese bien es de los que lo recogen en su casa.

—Tenéis razón, Marner: hice mal, me he arrepentido de mi conducta a ese respecto—dijo Godfrey, que no pudo menos que sentir el filo de las palabras de Silas.

—Me alegro de saberlo—dijo Marner, cuya agitación aumentaba—; pero el arrepentimiento no puede modificar lo que ha durado diez y seis años. Viniendo a decir ahora «yo soy su padre», no destruís los sentimientos de nuestros corazones. A mí es a quien ha llamado padre desde que pudo pronunciar esta palabra.

—Me parece que podríais considerar el asunto de un modo más justo, Marner—dijo Godfrey, a quien las palabras verdaderas y formales del tejedor acababan de sorprender y de infundir un sentimiento respetuoso—. No es como si os la fuese a quitar por completo y no debierais volverla a ver. Estará muy cerca de vos y vendrá aquí muy a menudo. Tendrá siempre para vos los mismos sentimientos.

—Exactamente los mismos sentimientos—repuso Marner con más amargura que nunca—. ¿Cómo podría tener los mismos sentimientos que hoy cuando comemos los mismos bocados, bebemos en la misma copa y pensamos en las mismas cosas desde el principio hasta el fin del día? Exactamente los mismos sentimientos. ¡Esas son vanas palabras! Nos cortaríamos en dos.

Godfrey, a quien la experiencia no había preparado para comprender todo el alcance de las sencillas palabras de Marner, volvió a ser presa de una gran irritación. Le pareció que el tejedor era muy egoísta, juicio que fácilmente forman aquellos que no han puesto nunca a prueba su fuerza de renunciamiento al oponerse a un acto que, sin duda alguna, debía de hacer la felicidad de Eppie, y sintió que tenía el deber de manifestar su autoridad, por amor a su hija.

—Yo hubiera pensado, Marner—dijo con tono severo—, que vuestro afecto por Eppie os haría ver con regocijo una cosa de que depende su felicidad, aunque eso os obligara a hacer algún sacrificio. Debierais acordaros de que vuestra vida es incierta y que Eppie ha llegado ahora a una edad en que su suerte puede pronto resolverse de una manera muy distinta de lo que sucedería en casa de su padre. Si llega a casarse con algún humilde obrero, entonces, haga lo que hiciera por ella, ya no dependerá de mí el hacerla feliz. Vos le cerráis el camino del bienestar, y aunque me sea penoso ofenderos después de lo que vos habéis hecho y yo no hice, comprendo que ahora tengo la obligación de insistir en velar por mi hija. Quiero cumplir con ese deber.

Es difícil decir quién se sintió más profundamente agitado: si Silas o Eppie, con las últimas palabras de Godfrey. Los pensamientos de Eppie se habían sucedido muy activos, mientras que oía la discusión entre el padre a quien amaba desde hacía mucho tiempo y aquel nuevo padre desconocido, aquel nuevo padre que bruscamente había venido a ocupar el sitio de la sombra negra e indecisa que había puesto el anillo nupcial en el dedo de su madre.

Su imaginación se había transportado al pasado y al porvenir y se había entregado a conjeturas y a previsiones para comprender lo que significaba aquella paternidad revelada. Además, en las últimas palabras de Godfrey había algunas que contribuían a definir claramente aquellas previsiones. No era que sus pensamientos sobre el pasado o el porvenir hubieran tenido una influencia decisiva sobre la resolución de Eppie, porque esa resolución había sido fijada por los sentimientos que vibraban al sonido de cada una de las palabras proferidas por Silas. Pero, aun fuera de estos sentimientos, la doble corriente de las reflexiones de la joven hizo nacer en ella una repulsión por la suerte que se le ofreció y por aquel padre que se acababa de revelar.