La conciencia de Silas, por otra parte, se sentía de nuevo atormentada. Lo embargaba el temor de que la acusación de Godfrey fuera cierta y que su propia voluntad se elevara como un obstáculo ante la felicidad de Eppie. Durante algunos instantes permaneció silencioso, luchando consigo mismo, porque quería dominarse antes de hablar. Por fin, las palabras salieron trémulas de su boca:
—No diré nada más. Será como queráis. Habladle a la niña. Yo no quiero impedir nada.
La propia Nancy, a pesar de toda la sensibilidad delicada de su corazón, compartía la opinión de su marido de que el deseo de Marner de guardar a Eppie no era justificado, después que el verdadero padre de ésta se había hecho reconocer. Comprendía que la prueba era muy dura para el tejedor, pero sus principios personales no le permitían dudar que un padre legítimo no tuviera derechos superiores a los de un padre adoptivo, sea quienquiera. Por otra parte, Nancy, que había sido acostumbrada a no carecer de nada y a gozar de los privilegios de una posición honorable, no podía apreciar los placeres que la primera educación y los primeros hábitos asocian con todos los fines y todos los esfuerzos de los pobres de nacimiento. Ante sus ojos, Eppie, al recobrar los derechos de la sangre, entraba en posesión de un bienestar incontestable, del que había estado privada demasiado tiempo. Por esto oyó las últimas palabras de Silas con alivio y había pensado, como Godfrey, que su deseo iba a quedar satisfecho.
—Eppie, mi querida—dijo Godfrey, mirando a su hija, no sin cierta confusión al pensar que tenía bastante edad para juzgarla—, nosotros desearíamos que siempre demostrarais afectos y gratitud a un hombre que os ha servido de padre durante tantos años, y nos esforzaremos en ayudaros a hacerle feliz. Pero esperamos que llegaréis a amarnos como le amáis, y bien que yo no haya sido lo que un padre debiera ser para vos desde mucho tiempo, quiero hacer todo lo que pueda por vos hasta mi muerte, y dotaros como a mi hija única. Tendréis en mi mujer la mejor de las madres; es ésa una felicidad que no habéis conocido desde que estáis en edad de poder apreciarla.
—Mi querida, seréis un tesoro para mí—dijo Nancy con su voz suave—. No nos faltará nada cuando tengamos a nuestra hija.
Eppie no volvió a adelantarse para inclinarse otra vez ante el señor Cass y su señora. Tenía la mano de Silas en la suya, oprimiéndola con fuerza; era una mano de tejedor, cuya palma y la yema de los dedos eran sensibles a tal presión. Al mismo tiempo, la joven habló con tono más decidido y más frío que antes.
—Gracias, señora; gracias, señor, por vuestros ofrecimientos; son muy hermosos y muy por encima de mis deseos; pero no podría tener un momento de alegría en la vida si me viera obligada a separarme de mi padre y si lo supiera sentado en nuestra casa pensando en mí y sufriendo en la soledad. Hemos, estado acostumbrados a ser felices juntos todos los días, y no puedo concebir ninguna felicidad sin él. El dice que no tenía a nadie en el mundo antes de que yo le fuese enviada, y que no tendría a nadie si yo lo dejara. Cuidó de mí y me quiso desde el principio; yo le quedaré adicta mientras viva, y nadie se interpondrá entre él y yo.
—Pero es preciso que estéis segura, Eppie—dijo Silas en voz baja—, es preciso que estéis segura de que jamás os arrepentiréis de haber preferido quedaros entre pobres gentes que no poseen más que malas ropas y cosas mediocres, cuando de vos dependía el obtener todo lo que hay de mejor.
Su susceptibilidad a este respecto había aumentado, mientras escuchaba las palabras sinceras y afectuosas de Eppie.
—Nunca podré arrepentirme, padre mío—dijo la joven—. No sabría en qué pensar ni qué desear viéndome rodeada de bellas cosas a que no he estado acostumbrada. Y sería para mí una triste tarea el vestir hermosas ropas, ir en cabriolé y sentarme en un sitio reservado en la iglesia, si todo eso hiciera pensar a aquellos a quienes amo, que mi compañía no les conviene. ¿En qué podría entonces interesarme?