Nancy interrogó a Godfrey con una mirada dolorosa; pero los ojos de éste estaban fijos en el suelo, en el sitio en que agitaba la punta de su bastón, como si estuviera ocupado distraídamente en algo. Entonces pensó que había una frase que sentaría mejor en sus labios que en los de su marido.
—Lo que decís es natural, querida criatura; es natural que tengáis cariño a aquellos que os han criado—dijo con dulzura—; sin embargo, tenéis un deber que llenar para con vuestro padre legítimo. Quizá no sólo no tengáis que resignaros a hacer un sacrificio. Desde que vuestro padre os abre su casa, me parece que no es razonable que vos la huyáis.
—Yo no puedo figurarme que tengo otro padre que el mío—dijo Eppie con impetuosidad, saltándosele las lágrimas de los ojos—. Mi sueño ha sido siempre tener un pequeño hogar en el que él estaría sentado junto al fuego, mientras que yo trabajaría y haría todo lo necesario por él. No puedo imaginarme otra casa más que la nuestra. No he sido criada para ser una dama y no puedo acostumbrarme a esta idea. Amo a los obreros, su alimento y sus costumbres—y terminó con acento vehemente, mientras que sus lágrimas caían—: Soy la novia de un obrero que vivirá junto con mi padre y que me ayudará a cuidarle.
Godfrey fijó la vista en Nancy; tenía el rostro encendido y sus ojos dilatados le ardían. Aquel fracaso de un proyecto que había acariciado con la alta idea de que iba en cierto modo a rescatar la gran falta de su vida, le hizo encontrar sofocante el aire de la pieza.
—Vámonos, Nancy—dijo en voz baja.
—No hablaremos más de esto por hoy—dijo Nancy poniéndose de pie—. Os tenemos mucho cariño a vos, mi querida, y a vos también, Marner. Volveremos a veros, ahora se hace tarde.
De este modo justificó la brusca partida de su marido, porque Godfrey se había dirigido derecho hacia la puerta, incapaz de decir una palabra más.
XX
Nancy y Godfrey se volvieron a su casa en silencio, bajo la luz de las estrellas. Cuando entraron al salón artesonado de encina, Godfrey se dejó caer en su sillón, mientras que Nancy, después de haberse quitado su sombrero y su chal, fue a colocarse a su lado junto a la estufa porque no quería separarse de él ni aun algunos minutos. Sin embargo, temía proferir alguna palabra que pudiera rozar los sentimientos de su esposo. Por último, Godfrey volvió la cabeza hacia Nancy y sus ojos se encontraron y quedaron fijos sin que el uno ni la otra hicieran ningún movimiento. Aquella mirada tranquila y recíproca del marido y de la esposa que tienen confianza mutua, era como el primer momento de reposo o de seguridad después de una gran fatiga o de un gran peligro. No debía ser turbado ni por palabra ni por ademanes que impidieran sentir los primeros goces del apaciguamiento.
Pero muy luego Godfrey le tendió la mano, y al entregarle Nancy la suya, atrajo a su mujer hacia sí, y dijo: