Vista a cierta distancia, en el momento en que caminaba a través del cementerio y descendía a la aldea, Eppie parecía vestida de blanco inmaculado, y sus cabellos producían el efecto de esos reflejos de oro que se ve en las azucenas. Una de sus manos se apoyaba en el brazo de su marido y con la otra oprimía la de su padre Silas.
—¡Vos no vais a darme a otro, padre mío!—había dicho antes de que partieran para la iglesia—; no haréis más que adoptar a Aarón como hijo.
Dolly Winthrop seguía detrás con su marido, y ése era todo el cortejo nupcial. Había muchos ojos que los miraban y la señorita Priscila estaba muy contenta de que ella y su padre se hubieran encontrado, al llegar en coche a la puerta de la Casa Roja, a tiempo precisamente para ver aquel lindo espectáculo. Habían ido a acompañar a Nancy ese día, porque el señor Cass se había visto obligado, por razones particulares, a ir a Lytherley. Esto parecía ser una gran lástima, porque de otro modo hubiera podido ir, como el señor Crackenthorp y el señor Osgood no dejarían de hacerlo, a ver la comida de bodas que había sido encargada en la taberna del Arco Iris, en razón del gran interés que le inspiraba naturalmente el tejedor, perjudicado por un miembro de su familia.
—Yo hubiera deseado mucho que Nancy hubiera tenido la suerte de encontrar una niña como ésa para criarla—dijo Priscila a su padre, estando sentados en el cabriolé—. Yo hubiera podido pensar entonces en algo joven, además de los corderos y los terneros.
—Sí, querida, sí—dijo el señor Lammeter—; se siente eso cuando se entra en años. La vida les parece triste a los ancianos. Necesitarían tener algunos rostros jóvenes a su alrededor para estar seguros de que el mundo siempre es como antes.
Nancy se asomó entonces para recibir a su padre y a su hermana; pero el cortejo ya había pasado frente a la Casa Roja y se dirigía hacia la parte más humilde de la aldea.
Dolly Winthrop fue la primera en adivinar que el anciano señor Macey, cuyo sillón había sido colocado delante de la puerta, esperaba que se tendría con él alguna atención particular, puesto que era demasiado viejo para asistir a la comida de bodas.
—El señor Macey espera alguna palabra de nuestra parte—dijo Dolly—; se ofendería de que pasáramos sin decirle nada... a él, que está tan mortificado por el reumatismo.
Se aproximaron, pues, para darle un apretón de manos al anciano. Había contado con esta circunstancia y premeditado su discurso.
—¿Qué tal, maese Marner?—dijo con voz que temblaba un poco—; he vivido para ver mis palabras realizarse. Fui yo el primero que dijo que erais inofensivo, bien que vuestra mirada no os fuese favorable, y fui yo también el primero que os dijo que encontraríais vuestro dinero y sólo es justicia que os haya vuelto. Yo hubiera respondido de buena gana los amén en el santo oficio del casamiento; pero hace ya mucho tiempo que Tookey me reemplaza; espero que las cosas no saldrán peor por eso.