En el patio, al aire libre, delante de la taberna del Arco Iris, ya estaba reunido el grupo de los invitados, aunque todavía faltara una hora para el momento en que se daría comienzo a la comida. Pero de ese modo, cada cual podía esperar agradablemente la llegada de su placer. Así se podía además hablar con calma de la extraña historia de Silas Marner, y de llegar poco a poco a la justa conclusión de que se había atraído una bendición, conduciéndose como un padre con una criatura que había quedado sin madre y abandonada. El propio herrador no rechazaba esta opinión; por el contrario, la consideraba como particularmente suya, e invitó a toda persona valiente entre los que estaban presentes a combatirla. Pero no encontró ningún contradictor, y todas las disidencias de los concurrentes desaparecieron en la aceptación unánime del señor Snell, de que cuando un hombre había merecido su buena suerte, era un deber de todos sus vecinos felicitarlo.

Al aproximarse el cortejo nupcial una aclamación cordial se elevó en el patio de la taberna, y Ben Winthrop, cuyas bromas habían conservado su sabor agradable, opinó que era conveniente entrar para recibir las felicitaciones. No sentía la necesidad de entrar a descansar un momento en las Canteras, como le habían propuesto, antes de reunirse a los invitados.

Eppie tenía ahora un jardín mucho más grande de lo que nunca había esperado poseer, y el propietario, señor Cass, había hecho muchas mejoras para responder a las necesidades de la familia Silas, vuelta más grande. Porque tanto ésta como Eppie habían declarado que preferían seguir viviendo en las Canteras a ir a ocupar otra casa. El jardín había sido cercado con piedras por ambos costados; pero al frente había una verja, a través de la cual las flores brillaban con alegría para contribuir a la felicidad de las cuatro personas unidas que discurrían frente a ellas.

—Padre mío—dijo Eppie—, ¡qué linda casita tenemos! No creo que se pueda ser más feliz que nosotros.

FIN