—¿La apuesta no sería leal?—replicó el señor Dowlas con cólera—. Quisiera, que se presentara alguien que dijese que quiero apostar deslealmente. Vamos, vamos, maese Lundy, quisiera oíros decir eso.
—Muy probablemente lo querríais—dijo el carnicero—. Eso no es cuenta mía. No tengo que hacer tratos con vos, y no voy a tratar de que me hagáis una rebaja. Si alguien desea haceros una oferta igual a vuestra estimación, que lo haga. Yo estoy por la paz y la tranquilidad, eso es.
—Sí, eso es lo que desea todo, perro que ladra así que se le amenaza con el palo—dijo el herrador—. Pero yo no tengo miedo ni de un hombre ni de un fantasma, y estoy pronto a apostar lealmente. Yo no soy un gozquijo que dispara.
—Sí, pero ved lo que sucede, Dowlas—dijo el tabernero con una voz llena de candor y de tolerancia—. Hay gentes, a mi entender, que no pueden ver un fantasma, aunque éstos se los pongan por delante como un poste. Y esto tiene su razón de ser. Por ejemplo, ahí tenéis a mi mujer que no huele nada, aunque le pongáis bajo las narices el queso más fuerte. Yo nunca he visto fantasmas; pero entonces me digo: «Muy probablemente tú no tienes el olfato necesario.» Es decir, que pongo el fantasma en lugar de un olor y viceversa. Por eso es que estoy por las dos opiniones. Como siempre digo, la verdad está entre los dos. Si Dowlas fuese a pasar la noche delante de las caballerizas y viniese a decirnos que no ha visto el menor rastro de la licencia de Cliff, yo estaría con él; pero si alguien me dijese que, a pesar de ello, la licencia de Cliff existe realmente, yo también estaría con él, porque el olfato es lo que me guía.
El argumento analógico del tabernero no fue bien aceptado por el herrador, que era un hombre fundamentalmente opuesto a los términos medios.
—¡Bah! ¡bah! ¡bah!—dijo con nueva irritación, dejando el vaso—, ¿qué tiene que ver aquí el olfato? ¿Un fantasma le ha puesto nunca a nadie negro el ojo? Eso es lo que desearía saber. Si los fantasmas quieren que crea en ellos, que se dejen de deslizarse furtivamente en los sitios obscuros y solitarios; que vengan a donde hay gente y luz.
—¡Como si a los aparecidos les importara que crea en ellos un hombre tan ignorante como vos!—dijo el señor Macey, profundamente desalentado de ver en el herrador aquella grosera incapacidad para comprender la naturaleza de los fenómenos concercientes a los fantasmas.
VII
Un momento después, sin embargo, pareció que los fantasmas fueran de naturaleza más condescendiente que lo que pretendía el señor Macey, porque de pronto se vio la figura pálida y flaca de Silas Marner. De pie entre la luz cálida de la pieza, no profería palabra, pero giraba por la asamblea la mirada de sus ojos extraños y sobrenaturales. Las largas pipas hicieron un movimiento simultáneo, como el de las arterias de insectos asustados. Todos los presentes, sin exceptuar al escéptico herrador, tuvieron la impresión de que veían a un aparecido y no a Silas Marner en carne y hueso. En efecto, la puerta por que había entrado Silas estaba oculta por los bancos de alto respaldar, y nadie había advertido su llegada.
Se podría suponer que el señor Macey, sentado muy lejos del aparecido, gozaba con el triunfo de sus argumentos, triunfos que debían tender a neutralizar su parte en la alarma general. ¿No había dicho siempre que cada vez que Silas Marner tenía un extraño éxtasis, su alma se libraba de su cuerpo? La prueba estaba allí. Sin embargo, todo bien considerado, no hubiera estado menos satisfecho sin la aparición. Durante algunos instantes reinó un silencio de muerte: el cansancio y el jadeo no le dejaban hablar a Marner. El tabernero, impulsado por el sentimiento que constantemente le animaba, que era su deber de tener casa abierta para todos y confiando en la protección de su inconmovible neutralidad, tomó al fin sobre sí la tarea de conjurar el espíritu.