—Maese Marner—dijo con tono conciliador—, ¿qué queréis? ¿qué venís a traer aquí?

—¡Robado!—respondió Silas, jadeante—. ¡He sido robado! Busco al constable... y al juez... y al squire Cass... y al señor Crackenthorp.

—Sujetadlo, Jacobo Rodney—prosiguió el tabernero, en quien se disipaba la idea del fantasma—. Me parece que ha perdido la cabeza; está empapado hasta los huesos.

Jacobo Rodney, sentado muy cerca de la entrada de la pieza, estaba al alcance del sitio en que Marner seguía de pie; pero negó sus servicios.

—Venid a sujetarlo vos mismo, señor Snell, si se os ocurre—respondió Jacobo con bastante mal humor—. Ha sido robado y asesinado también a lo que parece—agregó en voz baja.

—¡Jacobo Rodney!—dijo Silas, volviéndose hacia él y clavando sus ojos extraños en el hombre que sospechaba.

—¿Qué hay, maese Marner, qué me queréis?—replicó Jacobo, temblando un poco y asiendo su jarro a manera de arma defensiva.

—Si sois vos quien me ha robado mi dinero—dijo juntando sus manos suplicantes, y alzando la voz hasta gritar—, devolvédmelo y os... daré una guinea.

—¡Yo... robado su dinero!—replicó Jacobo, colérico—; os voy a tirar este jarro a las narices si decís que soy... yo, el que ha robado vuestro dinero.

—Vamos, vamos, maese Marner—dijo el tabernero, poniéndose de pie entonces con aire resuelto y tomando a Marner por un hombro—; si tenéis que hacer alguna denuncia, hacedla de un modo razonable y demostrad que estáis en vuestro buen sentido; de otro modo nadie os escuchará. Estáis empapado como una rata ahogada. Sentaos, secad vuestra ropa y hablad con franqueza.