—¿Habéis oído, viejo?—continuó el herrador, que comenzó a darse cuenta de que no se había portado de una manera digna de él y a la altura de la situación—. No sigáis mirando fijamente a las personas y no gritéis más, porque, si no, vamos a haceros maniatar como a un insensato. Por eso fue que no hablé en seguida, diciéndome: este buen hombre está loco.

—Sí, sí, hacedlo sentar—dijeron en coro varios de los asistentes, muy contentos con que la existencia de los aparecidos quedara sin resolver.

El tabernero le obligó a Marner a quitarse el saco, y después a sentarse en una silla en medio de un círculo de modo que, apartado de las personas, recibiera directamente el calor de la chimenea.

El tejedor, demasiado abatido para tener más propósito claro que el de conseguir auxilio, a fin de recuperar su dinero, se sometió sin resistencias. Los temores pasajeros de la reunión habían desaparecido, sucediéndoles un vivo sentimiento de curiosidad, y todas las fisonomías estaban hacia Silas, cuando el tabernero, después de volverse a sentar, habló de nuevo.

—Bueno, veamos, maese Marner, qué es lo que tenéis que decir... decís que os han robado. Explicaos claramente.

—¡Haría bien en no volver a decir que soy yo quien lo ha robado!—exclamó Jacobo Rodney con energía—. ¿Qué habría hecho con su dinero? También hubiera podido robar la sobrepelliz del pastor y ponerla encima.

—Contened vuestra legua, Jacobo, y escuchemos lo que tiene que decir—prosiguió el tabernero—. Vamos, hablad, maese Marner.

Entonces Silas contó lo que le pasaba, y fue frecuentemente interrumpido por las preguntas a medida que el carácter misterioso del robo se volvía evidente.

Aquella situación extraña y nueva para él de tener que exponer sus cuitas a los vecinos de Raveloe, de estar sentado al calor de un hogar que no era el suyo, y de sentirse en presencia de fisonomías y de voces que hacían nacer en él las primeras esperanzas de socorro, ejerció sin duda alguna cierta influencia sobre Marner, a pesar de la viva preocupación que le causaba el infortunio. Nuestra conciencia no percibe el principio de un desarrollo moral, como no percibe un desarrollo de la naturaleza; la savia ha circulado ya muchas veces antes de que descubramos el menor signo de un brote.

La ligera sospecha con que sus oyentes le habían escuchado al principio, se disipó gradualmente ante la sencillez convincente de su desgracia. Les era imposible a aquellos vecinos dudar de la veracidad de Marner. No podían, a decir verdad, basándose en la naturaleza de los hechos relatados por él, afirmar inmediatamente que no tenía motivos para exponerlos con fealdad; pero, como lo hizo observar el señor Macey, no es probable que personas que tienen al diablo en su favor, se abatieran tanto como el pobre Silas. Más bien, dada la circunstancia extraña de que el ladrón no había dejado rastro y había sabido el momento oportuno en que Silas había salido sin cerrar la puerta, momentos que un oyente mortal no hubiera podido calcular de ningún modo, la conclusión más natural que podía sacar parecía ser que la intimidad poco honorable del tejedor con el diablo, si es que había existido nunca, debía estar destruida. Por lo tanto, aquel mal golpe le había sido hecho a Marner por alguien a quien en balde perseguiría el constable. Qué motivo habría tenido el ladrón sobrenatural para verse obligado necesariamente a esperar que Silas se olvidara de cerrar la puerta con llave, no se le ocurrió a nadie.