—No ha sido Jacobo Rodney quien ha hecho eso, maese Marner—dijo el tabernero—. No hay por qué sospechar del pobre Jacobo. Quizá hubiera que arreglar una cuentecita con él a propósito de una lucha o dos, si uno hubiera de estar siempre con los ojos bien abiertos y no cerrarlos nunca. Pero Jacobo ha estado toda la tarde bebiendo aquí su jarro de cerveza, como la persona más honorable de la parroquia. Ya estaba aquí antes de la hora en que, según vuestra declaración, salisteis de vuestra casa, maese Marner.

—Sí, sí—prosiguió el señor Macey—; no acusemos al inocente. Eso es contrario a la ley. Es preciso que haya personas que juren que un hombre es culpable, antes que pueda ser detenido. No acusemos al inocente, maese Marner.

La memoria de Silas no estaba tan dormida, que no fuera capaz de despertar al oír aquellas palabras. Bajo la influencia de un movimiento de arrepentimiento, tan nuevo y extraño para él como lo hubiera sido cualquiera otra cosa en la hora en que acababa de transcurrir, se alzó de su silla y se acercó a Jacobo para ver claramente la expresión de su fisonomía.

—He hecho mal—le dijo—, sí, sí... debí reflexionar. No hay ninguna prueba contra vos, Jacobo. Pero vos sois la persona que más ha entrado en mi casa. Por eso fue que os recordé. No os acuso. No quiero acusar a nadie. Solamente—agregó con su ofuscación desesperada, tomándose la cabeza entre las manos y volviéndose a mirar a los presentes—me esfuerzo... me esfuerzo por imaginar dónde están mis guineas.

—¡Ah, ah! han ido a donde hace bastante calor para fundirlas, creo—dijo el señor Macey.

—¡Vamos!—repuso el herrador.

Y preguntó entonces con el aire de un juez que le hace al testigo preguntas capciosas:

—¿Cuánto dinero podía haber en los talegos, maese Marner?

—Doscientas setenta y dos libras esterlinas, doce chelines y medio chelín, había ayer noche cuando las conté—dijo Silas exhalando un suspiro y volviéndose a sentar.

—¡Bah! No era tan pesado de cargar. Entró el vagabundo, y se las llevó. En cuanto a la ausencia de pasos, y a los ladrillos y la arena que no habían sido removidos, vuestros ojos son bastante parecidos a los de un insecto, maese Marner; estáis obligado a mirar de tan cerca, que no podéis ver muchas cosas a la vez. Me parece que si hubiese estado en vuestro lugar, o vos en el mío—pues viene a ser lo mismo—, no os habríais imaginado que todo estaba como lo habíais dejado. He aquí lo que propongo: que dos hombres de los más sensatos aquí presentes vayan con vos a casa del señor Kench, el constable—está enfermo en cama, según he oído—, para pedirle que nombre a uno de nosotros su suplente; porque esa es la ley, y no creo que nadie piense en contradecirme sobre este punto. No queda muy lejos de aquí lo del señor Kench. Entonces, si soy yo el nombrado suplente, iré con vos, maese Marner, y examinaré el sitio. En caso de que alguien quiera contradecir esto, le agradeceré que se ponga de pie y lo diga con franqueza.