Con este discurso importante, el herrador había recuperado su propia estima, y esperaba que se le designara como uno de los hombres más sensatos.

—Veamos, entretanto, qué tiempo hace—dijo el tabernero, que se consideraba como personalmente interesado en aquella proposición—. ¡Pero si, sigue lloviendo a cántaros!—agregó en seguida de abrir la puerta.

—Pues bien, yo no soy hombre que le tenga miedo a la lluvia—dijo el herrador—. Hará mal efecto cuando el juez Malam sepa que se nos ha hecho una denuncia a gentes honorables como nosotros, y que no hicimos nada para atenderla.

El tabernero fue de la misma opinión, y después de haber pedido el asentimiento de los presentes y de haber repetido debidamente una pequeña ceremonia conocida en el alto clero con el nombre de «Nolo episcopari» (no quiero ser obispo), consintió en aceptar el refrigerante honor de ir a casa del señor Kench. Pero, con gran espanto del herrador, la proposición que él hiciera de ser suplente de constable levantó una objeción de parte del señor Macey. Aquel viejo oráculo, que pretendía conocer la ley, declaró que ningún médico podía ser constable, que ese hecho le había sido transmitido por su padre.

—Y usted es médico, me parece, aunque no sea usted más que médico veterinario; porque una mosca es una mosca, aun cuando sea un tábano—dijo para terminar el señor Macey, algo maravillado por su sagacidad.

Un violento debate se produjo con este motivo. El herrador, por supuesto, no quería renunciar a su título de médico, pero sostenía que un médico podía ser constable si quería, que el sentido de la ley era sencillamente que no se le podía obligar a ser constable si no lo deseaba. El señor Macey consideró esta interpretación como un absurdo, visto que la ley no podía tener más diferencias con los médicos que con las demás personas. Agregó que si estaba en la naturaleza de los médicos el desear menos que los demás mortales el ser constable, ¿cómo era que el señor Dowlas deseaba tanto proceder en aquella calidad?

—Yo no deseo desempeñar el papel de constable—replicó el herrador, dominado por aquel razonamiento implacable—. Nadie puede decir que eso me importa, si se ha de hablar sinceramente. Pero si ha de haber celosos y envidiosos a propósito de esta diligencia acerca del señor Kench con un tiempo semejante, que vaya el que quiera, no me haréis ir a mí, yo os lo aseguro.

Sin embargo, mediante la intervención del tabernero, todo se arregló. Así es que el pobre Silas, escoltado por sus dos compañeros y provisto con unas ropas viejas, salió de nuevo bajo la lluvia, pensando en las largas noches que aun faltaban por transcurrir, no como aquellos que ansían descansar, sino como los que veían esperando la mañana.

VIII

Cuando Godfrey Cass volvió de la fiesta de la señora Osgood, a media noche, no lo sorprendió mucho el saber que Dunsey no había vuelto a la casa. Quizá no habría vendido a Relámpago esperando otra ocasión; quizá, a causa de la niebla de la tarde, había preferido refugiarse en la posada del León Rojo de Batterley, para pasar allí la noche, si la cacería lo había retenido en las cercanías, porque no era muy probable que se sintiera muy contrariado por dejar a su hermano en la incertidumbre. El espíritu de Godfrey estaba muy absorbido por los atractivos y maneras de Nancy para con él, demasiado lleno de exasperación contra sí mismo y contra su suerte—exasperación que no dejaba nunca de producirse en él, a la vista de aquella joven—, para que pensara mucho en Relámpago y en la conducta probable de Dunstan.