A la mañana siguiente toda la aldea fue sorprendida por la historia del robo.

Godfrey, como todos los demás, pasó el tiempo en recoger y discutir las noticias y en ir a visitar las canteras. La lluvia había hecho desaparecer toda probabilidad de distinguir los pasos; pero un examen minucioso del sitio había hecho descubrir, en dirección opuesta a la aldea, una caja de yesca medio enterrada en el lodo y que contenía un eslabón y un pedernal.

No era la caja de yesca de Silas, porque la única que hubiera poseído nunca estaba aún, sobre un estante, en su casa. La opinión generalmente aceptada, fue que la caja encontrada en el foso tenía alguna relación con el robo. Una pequeña minoría sacudía la cabeza y daba a entender que aquél no era un robo respecto del cual pudieran arrojar mucha luz las cajas de yesca.

En cuanto al de maese Marner parecía singular, y se habían conocido casos en que un hombre, después de haberse causado a sí mismo algún daño, había después requerido al juez para buscar al autor. Pero cuando se asediaba a esas gentes preguntándoles los motivos de su opinión y el provecho que tales falsos pretextos podían proporcionarle a maese Marner, se contentaban con menear la cabeza como antes y hacían observar que no siempre se estaba en aptitud de saber qué es lo que algunas personas consideran un beneficio; además, todo el mundo tenía el derecho de tener su opinión motivada o no, y el tejedor, como nadie lo ignoraba, no tenía el cerebro muy sano.

El señor Macey, bien que tomara la defensa de Marner contra toda sospecha de superchería, ponía también en ridículo la idea de la caja de yesca. En verdad, la reputaba como una sugestión bastante impía, tendiente a insinuar que todo debía de ser obra de manos humanas y que no había ningún poder sobrenatural capaz de hacer desaparecer las guineas sin tocar los ladrillos. Sin embargo, se volvió contra el señor Tookey con bastante violencia cuando aquel suplente adicto, viendo que aquella interpretación de los hechos sentaba particularmente a un chantre de parroquia la llevó más lejos aún, preguntándose si era razonable hacer una encuesta sobre un robo cuyas circunstancias eran tan misteriosas.

—Como si no hubiera nada más—terminó diciendo el señor Tookey—que aquellas cosas que los jueces y los constables están en aptitud de descubrir.

—No vayáis ahora, Tookey, más allá de donde se debe—repuso el señor Macey, inclinando la cabeza hacia un costado, en señal de reprobación. Así es cómo procedéis siempre: si yo arrojo una piedra y doy en el blanco, pensáis que hay algo mejor que hacer y tratáis de tirar otra vez más allá de la mía. Lo que he dicho iba contra la caja de yesca; no he dicho nada contra los jueces y los constables; porque han sido nombrados por el rey Jorge y le sentaría mal a un funcionario parroquial estallar en invectivas contra el soberano.

Mientras estas discusiones tenían lugar en el grupo que se encontraba frente a la taberna del Arco Iris, una deliberación más importante tenía lugar en el interior bajo la presidencia del señor Crackenthorp, el pastor, asistido por el squire Cass y otras personalidades de la parroquia. Se le acababa de ocurrir al señor Snell—que era, como lo hizo observar, un hombre habituado a coordinar los hechos—el relacionar con la caja de yesca, que en calidad de suplente del constable había tenido él mismo la honrosa distinción de encontrar, con ciertos recuerdos de un buhonero. Este había entrado en su taberna para beber algo haría cosa de un mes, y había declarado positivamente que llevaba una caja de yesca que le servía para encender su pipa. Había en aquello, sin duda, una pista para seguir. Y como la memoria, cuando está debidamente impregnada en los hechos comprobados, es algunas veces de una fecundidad sorprendente, el señor Snell recobró gradualmente la viva impresión del efecto que la fisonomía y la conversación del buhonero habían producido en él. La mirada de aquel hombre estaba llena de una cierta expresión que había chocado de un modo desagradable al sensible organismo del señor Snell. Seguramente que nada de particular había salido de su boca—no, nada, excepto la frase relativa a la caja de yesca—; pero lo que un hombre dice, no es lo que vale, lo importante es cómo lo dice. Además tenía un color moreno exótico que anunciaba su poca honradez.

—¿Llevaba aros en las orejas?—preguntó el señor Crackenthorp, que tenia algún conocimiento de las costumbres extranjeras.

—Bueno... esperad... veremos—respondió el señor Snell como un somnámbulo dócil que quisiera realmente no equivocarse, si fuera posible.