Después de haber distendido los ángulos de su boca y contraído los ojos—se hubiera dicho que trataba de ver los aros—, pareció renunciar al esfuerzo y dijo:

—Recuerdo que llevaba en su caja aros para vender; es, pues, natural suponer que también los usara. Pero como recorrió casi todas las casas de la aldea, quizá alguna persona se los haya visto en las orejas, bien que yo no pueda afirmar eso.

El señor Snell tenía razón al suponer que alguna otra persona se acordaría de los aros en las orejas; porque, prosiguiendo la pesquisa en la parroquia, se hizo saber, con una energía cada vez más viva, que el pastor deseaba ser informado si el buhonero usaba aros, y se estableció una corriente de opinión de que era muy importante que el hecho fuera dilucidado. Naturalmente que todos los que oyeron la pregunta y que no se habían formado ninguna imagen exacta del buhonero «sin aros», se lo representaron inmediatamente «con aros» en las orejas, más o menos grandes, según el caso. La imagen fue muy pronto tomada por un recuerdo vivo. En consecuencia, la esposa del vidriero, mujer de buenas intenciones y que no era aficionada a mentir y cuya casa era una de las más ordenadas de la aldea, se mostró dispuesta a declarar que, tan cierto como que había de comulgar para la próxima Navidad, que había visto unos grandes aros, de la forma del creciente de la luna nueva, en las dos orejas del buhonero. Al mismo tiempo Juana Oates, la hija del zapatero—niña dotada de una imaginación muy viva—, afirmaba no sólo que los había visto, sino que se había estremecido de horror, como se estremecía todavía al hablar de eso.

Por otra parte, a fin de arrojar más luz sobre esta pista de la caja de yesca, se recogió en las diferentes casas todos los artículos comprados al buhonero y se los llevó a la taberna del Arco Iris para ser expuestos allí públicamente. En fin, la convicción general en la aldea fue que, a fin de poner en claro la cuestión del robo, era preciso hacer muchas cosas en el Arco Iris. Además, ningún marido tenía necesidad de excusarse con su esposa para ir a aquella taberna, a tal punto se había convertido aquel sitio en la escena de rigurosos deberes públicos.

Qué decepción—y quizás también qué indignación—se manifestó al saber que Silas Marner, interrogado por el squire y el pastor, había respondido que no había conservado ningún recuerdo del buhonero, salvo que éste se había allegado a su choza, pero sin entrar en ella. Se había alejado inmediatamente, cuando Silas, entreabriendo la puerta, le dijo que no necesitaba nada. Tal había sido la declaración del tejedor.

Sin embargo, Silas se aferraba fuertemente a la idea de que el buhonero era el culpable probablemente por la única razón que ésta le presentaba la imagen clara de un sitio en que podía estar su oro, después de haber sido quitado del escondite: le parecía verlo ahora en la caja del buhonero.

Todas las gentes de la aldea hicieron notar con cierta irritación que todo el mundo, salvo una criatura ciega como Marner, hubiera visto al hombre merodeando por allí. En efecto, ¿cómo explicaría que hubiese dejado su caja de yesca en el foso, al lado de la choza, si no hubiese andado vagando por allí? Sin duda alguna, había hecho sus observaciones al ver a Marner en la puerta. Todo el mundo podía darse cuenta—con sólo verlo—que el tejedor era un avaro medio loco. Era sorprendente que el buhonero no lo hubiese asesinado. Muchas y muchas veces se había descubierto que la gente de esa especie, con aros en las orejas, eran asesinas. No hacía tanto tiempo que uno de esos individuos había sido juzgado, para que no hubiera gentes que lo recordaran.

Es cierto que habiendo entrado Godfrey Cass en la taberna del Arco Iris durante una de las frecuentes repeticiones que daba el señor Snell de su deposición, hizo poco caso del testimonio del tabernero. Declaró que él mismo le había confiado un cortaplumas al buhonero, y que éste le había parecido ser un tipo alegre, a quien le gustaba chancear. Según él, todo lo que decían de la mirada atravesada de aquel hombre no tenía sentido. Pero en la aldea aquellas palabras fueron consideradas como el habladero irreflexivo de un joven, pues no era sólo el señor Snell quien había encontrado que había algo de raro en la persona del buhonero. Por el contrario, había por lo menos media docena de testigos que estaban prontos para dirigirse al juez Malam para llevarle pruebas mucho más convincentes que ninguna de las que el tabernero podía dar. Era de desear que el señor Godfrey no fuera a Tarley a fin de echar agua fría sobre lo que el señor Snell había dicho delante del juez de esa aldea, e impedir de ese modo que el magistrado librara una orden de arresto. Se le sospechaba que tenía esta intención cuando se le vio partir por la tarde a caballo y en la dirección de Tarley.

Pero en aquel momento el interés que a Godfrey le inspiraba el robo se había desvanecido en presencia de su ansiedad creciente respecto de Dunstan y de Relámpago. No se iba a Tarley sino a Batterley, porque se sentía incapaz de permanecer más tiempo en esta incertidumbre a ese respecto. La posibilidad de que Dunstan le hubiese hecho la mala pasada de marcharse con Relámpago, para volver al cabo de un mes, después de haber perdido su precio en el juego o de haberlo disipado, de otra manera, era un temor que lo importunaba todavía más que la idea de un accidente desgraciado. Ahora que el baile de la señora Osgood había pasado; estaba furioso por haberle confiado su caballo a Dunstan. En lugar de tratar de calmar sus temores, los alentaba con esta idea supersticiosa e inherente a cada uno de nosotros de que cuando más se espera el mal resueltamente, menos probable es que suceda; así fue que cuando oyó que se acercaba un caballo al trote y vio que un sombrero sobrepasaba la cerca más allá del codo del sendero, le pareció que su conjuro había tenido éxito. Sin embargo, no bien estuvo el animal a la vista, su corazón se oprimió de nuevo, porque no era Relámpago. Y momentos después se dio cuenta de que el caballero no era Dunstan, sino Bryce, que detuvo su montura para conversar con él. La fisonomía de aquél no anunciaba nada de nuevo.

—¿Qué trae, señor Godfrey, qué suerte la de su hermano, maese Duncey, verdad?